Ramón Isidoro: excavación del “yo” en el espacio

¿Acaso es posible que el arte pueda convertirse en agente creador? ¿Puede el arte ser capaz de hacer que la mirada se vuelva hacia el mirado y que la propia existencia se vuelva objeto artístico?

Intervención”, de Ramón Isidoro responde a estas cuestiones como un ejercicio que fuerza la exploración de los límites en el arte más actual, a través de un proceso en el que no se exponen obras, si no que se excava el espacio para que el espectador se diluya y se rehaga dentro de él.

Ramón Isidoro (1964), natural de León, y afincado en Luanco (Asturias), es un artista multidisciplinar cuya obsesión bebe del intento de acercarse a un estado de quietud espacial a través de sus obras. Su carrera artística destaca por el rastreo del silencio, el rozamiento de sus huellas para que el espectador sienta su presencia, aunque su materia sea caduca. Su motor es la invocación de ese proceso, nombrarlo, aunque se disuelva en el camino.

“Intervención”, visitable del 20 de marzo al 17 de mayo de 2026, es una exposición instalada en la cúpula del Centro Niemeyer de la Villa de Avilés, una muestra donde el artista raja el propio paisaje de la ciudad para mostrarnos a nosotros mismos. Como si fuera un cirujano, trabaja sobre lo ya existente para ofrecer a todo aquel que la visite una experiencia sensorial, un hiato vital.

Ramón Isidoro articula a través de once paradas existenciales, lugares (neutros) de reposo, un recorrido simulado (si bien es cierto que se ofrece un caminar de izquierda a derecha, su ruptura no interfiere en su significado), donde lo experimentado es el verdadero objeto artístico. El trazado sugerido combina obras pictóricas (pinturas habitables, verdaderos satélites de color en órbita), obras lumínicas (focos iridiscentes), cortinajes y espacios donde la materia se vuelve verbo y su crudeza rasga los límites del ser. Es ahí donde el proceso de habitar se convierte en espacio.

Hay estaciones que hacen referencia a la temperatura, aquellas que buscan la negritud que obliga al abrazo hasta su disolución. En cambio, otras emplean los dorados y ofrecen una sensación de calidez, ternura y hogar. Las luces artificiales dispuestas al límite del marco generan un lugar ingrávido y transforman al visitante en un ser etéreo, sin volumen ni pensamiento. El contraste entre blancos y negros, grises y pardos, renegocian constantemente el espacio, hasta una deslocalización que produce vértigo. La saturación lumínica, la exploración de los límites físicos y ontológicos, el vacío como sujeto activo, la esfera, o directamente el Sol, son temas que se anclan en la atmósfera de la cúpula.

Caminar se vuelve para conformar la idea de guarida, un refugio en la actualidad, donde la introspección se vuelve obsesión. Andar es aquello que se hace desde uno mismo, abrazar la cúpula como nuestra propia piel y recorrer nuestro interior. Es un ritual sensorial, a través de una mística atmosférica laica.

La inclusión de elementos artísticos (pinturas doradas, la presencia de la negritud), y aquellos incluso que nacen desde la anécdota: una sombra, el reflejo en un espejo, el vaivén de las cortinas que sugiere (pero se le niega) la posibilidad de mostrar, o el sonido de los pasos ayudan a tejer un universo habitado, donde se dialoga con la propia cúpula, y se gesta una traslación matérica y espiritual con la propia arquitectura que ya no es contenedora, pues se convierte en contenido. Se genera una introspección artística, la Cúpula como agente creador de arte, en el que la idea del círculo (el real y el sugerido), que se eleva y flota, obliga a mirar hacia el cielo en una sociedad que no está acostumbrada a mirar, mucho menos a elevarse. Como visión general, es necesario ser consciente de lo que uno ocupa en ese momento (y aquello que ocupa lo observado) para poder vislumbrar la obra en su totalidad. No hay un único punto de vista, pues el punto de vista es el espectador, que se transforma en cocreador de su propia existencia.

La exposición se completa con la instalación sonora de Juanjo Palacios (1966), artista y compositor de origen navarro, cuyo interés se refleja en la captación del entorno a través del sonido. En esta ocasión, ofrece los ritmos “biológicos” internos de la cúpula como parte indispensable del conjunto expositivo. Es ese chirriar, el movimiento del acero o del hormigón, el rozamiento con los vientos reinantes, y cómo todo ello tiene presencia por sí mismo: es una declaración existencial de la cúpula como organismo “vivo”, y que se comunica directamente con el espacio visual que configura Ramón Isidoro.

En conjunto, se presencia una disolución de las formas, el límite como no-límite. El espectador se envuelve en su propia observación (visual y sonora), en la conciencia de su propia existencia. En definitiva, Ramón Isidoro excava el “yo” en el espacio, un “yo” que puede ser entendido de maneras diversas, pero que todas convergen en una idea central: la confirmación del espectador como ser poliédrico.

Centro Niemeyer, Avilés, del 20 de marzo al 17 de mayo de 2026

Número 74

Marzo 2026
Lorenzo PANTIGA LIÉBANAS
Estudiante del Grado en Historia del Arte de la Universidad de Oviedo
Fecha de recepción: 30/03/2026
Fecha de aceptación: 31/03/2026
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