Luis Calvo Díez expone en Zaragoza, en mayo, en la Caja Rural de Teruel (Paseo Pamplona), para recordarnos el efímero paso del tiempo al sufrir el parangón con la perdurable esencia de las obras de arte.
Me gusta dejar constancia de que Luis Calvo es aragonés, y por mucho que intentemos soslayar tópicos, los paisajes y el impacto endémico de las propias raíces, se deja vislumbrar en la manifestación artística, como último recurso de la conciencia. Y lo apunto porque conocí su obra fuera de Aragón, en casa de importantes coleccionistas.
Las recientes obras de Calvo, se cimentan en el bodegón —la naturaleza muerta—, que en este caso, cobra extraordinaria vida en los jarrones con flores; sus "retratos" florales presentan, en apariencia, una gran sencillez compositiva, copia dal vero que prepara en su estudio, cuidando con esmero y exquisitez la luz que incide sea en la frescura de los pétalos de vibrantes colores, que en la calidad plástica de los jarrones. Del mismo modo, Luis Calvo consigue extraer y revelar la textura matérica de los objetos que dispone con espontánea premeditación (aunque parezca un contrasentido) sobre la claridad de fondos neutros. Apreciamos, pues, de forma casi táctil, la lograda transparencia del vidrio y sus difíciles reflejos líquidos, el brillo de las piezas de cerámica, y la opacidad de rústicas aceiteras.
Su pintura se desarrolla desde la base de la perfección buscada en el dibujo, y supera la dificultad técnica con meticulosa elaboración; el resultado es un realismo, cuya sobria sencillez y austera sinceridad, se desborda de sentimientos contenidos, de la modesta personalidad del verdadero artista, que nunca satisfecho con sus criaturas, gesta en su mente el proceso de nuevas creaciones con renovado entusiasmo.
Solo conociendo personalmente a Luis Calvo, descubrimos la cálida afabilidad de quien, con el paso de los años y la riqueza de su sensibilidad, reconoce que cuanto más pinta, más le queda por aprender.
Su excelente capacidad pictórica le fue reconocida en la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza, lo cual no satisfizo el ansia natural del joven Luis por el aprendizaje técnico de los secretos de antiguos talleres. Decidió empezar de cero: la perfección del dibujo, la sublime repetitividad de la línea y la disciplina del clasicismo, le abrieron el camino de su libertad artística.
Ahora, se permite revelar el genius loci de su tierra, en la magnífica gama cromática de cielos que dominan horizontes bajos, paisajes resecos de tanto viento y labranza, un Aragón que sublima en la naturaleza universal de las emociones.
Los temas inmediatos —membrillos, gardenias, cerámica popular—, elementos que trascienden la temporalidad, conquistan con aparente simplicidad la mirada, pero detrás se cela un complejo trazo, una pincelada experta y segura, preciosista, que no mengua en frescura y lírica nobleza. La delicadeza de las sombras leves, carentes de dramatismo, se convierten en espléndidos juegos lumínicos, recreando sobre el lienzo el importante concepto del claroscuro. No obstante, bajo esa premeditada precisión, se intuye el silencio del que hacía mención al principio, como una respiración estéticamente entrecortada, una opera non finita, que es el preludio y la invitación a seguir admirando, en su viaje hacia la perfección, la pintura sincera de Luis Calvo.
Con él, lleva la expresión de sus deseos, la realidad de sus pinturas, el paisaje agreste y los cielos inolvidables de Aragón.
Me niego, por esta vez, a caer en los postulados de la crítica de arte. Quiero que la pintura de Luis Calvo trascienda por sí sola, porque, en realidad, las palabras sobran, donde sólo tienen cabida los sentimientos y su silencio.
La hermosura de las flores frescas, con sus jarrones de vidrio y agua , son la sublimación de tantos páramos olvidados en el secano.
Las cerámicas, los frutos, son la memoria permanente, la eternidad del tiempo, a pesar nuestro. La vida de la materia iluminada por un atardecer fugaz.
Luis Calvo expone su obra como el que desnuda su alma, y consigue deshacerse de lo superfluo para quedarse sólo con la esencia.
Así veo yo su pintura. Un reflejo de constancia, una madurada fascinación, una imborrable tenacidad que, en las tierras del Ebro aviva, tortura, depura y afina cualquier pensamiento.
De las cumbres a las vegas, el "Circius" (así llamaban al Cierzo los romanos), noble viento, en la pintura de Luis Calvo, la sinceridad de sus lienzos y el inequívoco e innegable recuerdo de los maestros.
Paisajes henchidos de alba, cielos enamorados de un sol que se escapa, para renacer en otro cuadro, en otro día. Horizontes perdidos con la mirada en el amparo de unas montañas que arropan aunque se esté lejos -grises azulados, destellos de blanco de plomo-. Perderse en esos paisajes, significa elegir la fuga de un mundo ilusorio, porque la realidad está en esas prodigiosas nubes y esas luces, frutos de un cielo privilegiado, donde el viento rige, ordena y fluye por los cauces de agua imaginarios, los que no se muestran, porque si los viéramos estaríamos ya en los dominios de Leteo, abducidos en el olvido.
Sigo, pues, el viento imperator que, en los cuadros de Luis, se manifiesta tanto en su presencia como en su ausencia, entre los horizontes fustigados o en la quietud lírica de unas flores.
El tiempo pasa, y para la pintura de Luis Calvo Díez, eso es una apariencia variable, una categoría filosófica de la que se puede prescindir, pues sus cuadros son bellos, bellos en la armonía del tiempo.
En la historia de la pintura aragonesa, está Luis Calvo. Pero no se prodiga en fiestas, vernissages, ni está en esa efímera pléyade de artistas fugaces -lo que dura una moda-, a menos que tenga que recoger algún galardón o reconocimiento. He visto sus cuadros en casas donde el lujo es reflejo maridaje de buen gusto, en colecciones donde la calidad anega la inversión. Pero Luis Calvo es modesto, perseverante en la pureza; y, con templanza y austeridad, exige más de sus manos (él no sabe que sus pinceles ya son caricia y sentimiento). Una y otra vez, la persistencia de los bodegones, de las flores, el estudio minucioso, los matices, nuances de la luz, hacen que ni un solo pétalo se repita, que ni un aroma se pierda.
Permítanme concluir citando, una vez más, a mi maestro de estética: "lo más importante es disfrutar de la belleza, no explicarla".


