Anders Zorn (1860-1920) está considerado el pintor más internacional de Suecia. Ya en vida alcanzó los mayores reconocimientos a los que puede aspirar un artista y se relacionó con naturalidad con monarcas, presidentes de gobierno, banqueros y aristócratas. Sin embargo, nunca olvidó sus raíces: además de retratar la vida tradicional de su región natal, Mora, en la provincia de Dalecarlia, participó activamente en la preservación y conservación de sus costumbres y su patrimonio frente a la modernización del mundo.
La exposición que organiza la Fundación Mapfre en colaboración con la Hamburguer Kunsthalle, en su madrileña sala Recoletos —la primera que retrospectiva que se dedica a Zorn en España— recorre su trayectoria a través de 130 obras —entre acuarelas, pinturas, grabados y esculturas— procedentes de las más de cuarenta instituciones.
Desde muy joven, Zorn mostró una gran capacidad de adaptación. Con apeas doce años el artista abandona su Mora natal para estudiar en una escuela de secundaria de la ciudad de Enköping en 1872. Alí comenzó a integrarse en nuevos entornos, aprendiendo sueco y alejándose de la imagen campesina que se asociaba a su origen. La gran habilidad que ya entonces demostraba Zorn en la talla de madera hacía presagiar que su destino sería el de escultor. En 1875 consiguió ingresar primero en la Escuela de Artes y Oficios y posteriormente en la Real Academia de Bellas Artes. A partir de su idea inicial de formarse como escultor, pronto se decidió por la acuarela, y el artista sueco Egron Lundgren se convirtió en su principal referencia en esos años.
La acuarela
La acuarela le proporcionó sus primeros éxitos y en adelante caracterizaría no solo sus obras tempranas sino toda su creación artística. Su primer gran éxito artístico lo logró en 1880 con la acuarela De luto (Nationalmuseum, Estocolmo), en la exposición anual de la Academia. La obra muestra a una mujer joven de busto con vestido negro que baja melancólicamente la mirada tras un velo oscuro semitransparente. A este reconocimiento le siguió el encargo de una serie de variantes sobre el mismo asunto, así como una popularidad cada vez mayor como retratista. Estos encargos le proporcionaron la rentabilidad económica que necesitaba, que, sin embargo, no era bien vista por los profesores de la Academia. En el año 1881 conoció a Emma Lamm, que se convertirá en su futura esposa y tendrá un papel esencial en su vida.
Viaje por España
Tras romper con las limitaciones académicas, el artista decidió seguir ampliando horizontes y, tras un breve paso por Inglaterra y París, viajó a España con el pintor sueco Ernest Josephson, un destino que en la época se consideraba una puerta a Oriente, y por ello no es de extrañar que ya desde su primer viaje Zorn se interesara por la representación del carácter anecdótico de gitanos, mujeres con mantilla, mendigos o personajes de la vida cotidiana. Este será el primero de los nueve viajes que el artista realizó a España, un lugar en el que estableció unos lazos, tanto artísticos como personales, muy fuertes a lo largo de su vida. Entre sus obras más destacadas se encuentra Alegría maternal (colección particular), realizada en Cádiz a principios de 1882, en la que una mujer gitana mira con ternura a su hijo en una composición realizada a la acuarela, de aire sentimental. En Cádiz el sueco se relacionó con el pintor academicista Ramón Rodríguez Barcaza, cuyas hijas posaron para el artista en distintas composiciones. La más destacada es, sin duda, Las primas (colección particular), que representa a una de las hijas del pintor gaditano junto a su prima. En esta acuarela Zorn refleja la riqueza de los vestidos, del abanico o de la tela que cubre el fondo ante el que las dos jóvenes morenas de ojos negros miran coquetamente al espectador. Esta obra fue enviada por Zorn al Salón de París en 1882.
En 1884 Zorn regresa a España con el objetivo de retratar a algunos miembros de la sociedad madrileña y aprovecha para representar escenas populares como Café cantante en Madrid (Zornmusset, Mora). Durante esta estancia también muestra interés por otros motivos alejados del estereotipo de lo español, pero igualmente centrados en la captación de la vida cotidiana como Interior de una fábrica de tapices de Madrid (Zornmusset, Mora). Durante su tercer viaje a España en 1887 el artista sigue fascinado por la mujer española, y por la profusión de detalles, como sucede en la acuarela En los jardines de la Alhambra (Zornmusset, Mora). A finales de 1885, y dentro de la ruta de su viaje de novios, llega a Estambul, entonces Constantinopla, lugar que inspira a Zorn en la exploración de un asunto clave en su trabajo: la representación del movimiento de la luz reflejada en el agua. Doce años después, en 1900, Zorn realizó un nuevo y breve viaje a España. En una estancia de apenas una semana visitó Burgos, Zaragoza y Barcelona, pero sobre todo se sumergió en el Museo Nacional del Prado, donde los retratos de Velázquez —especialmente Las meninas— reavivaron su interés por la síntesis entre la precisión y la ligereza. Este viaje confirmó que España era un pilar fuerte en su imaginario artístico.
La consolidación de un artista internacional
Zorn se consolidó como uno de los retratistas más solicitados de su tiempo. Los primeros encargos no se hicieron esperar. Al principio le llegaban de la comunidad sueca; luego se sumaron los de clientes ingleses y después los de los estadounidenses. Desde sus inicios con la técnica de la acuarela, sus retratos se caracterizaron por la representación de los modelos en entornos que se convierten en un atributo más de la personalidad del retratado y que contribuyen a la construcción de su imagen pública. Y es que estos retratos de sociedad, lejos de dirigirse inmediatamente a la privacidad de los hogares de sus propietarios, eran presentados antes en el Salón de París o en exposiciones celebradas en galerías comerciales de Europa o Estados Unidos. Estos lugares funcionaron como verdaderos escaparates para captar la atención de una clientela dispuesta a desembolsar importantes cifras por representar sus efigies.
El prestigio que Zorn alcanzó en el género le llevó a cruzar el Atlántico en siete ocasiones con destino a Estados Unidos siguiendo la estela de los principales retratistas europeos del momento. Los lucrativos encargos de retratos que el londinense Enest Cassel le proporcionó a su amigo Zorn lo llevaron a instalarse en París a finales de febrero de 1888. Ya en la ciudad, entabló nuevos contactos en un círculo de influentes personalidades, de donde surgieron aún más encargos. En 1889 recibió el prestigioso encargo de los Uffizi de enriquecer con su propio autorretrato la legendaria colección de autorretratos de artistas de ambos sexos que se remonta hasta la época del Renacimiento. Su estilo, cercano al de artistas como John Singer Sargent, Giovanni Boldini o Joaquín Sorolla apostaba por la naturalidad y la captación psicológica del retratado.
Retorno a las raíces
En 1896, tras años de éxitos internacionales, Zorn y su esposa tomaron la decisión de trasladarse definitivamente a Mora, ciudad natal del pintor. Allí amplió el repertorio de escenas de la vida rural y paisajes íntimos a través de la técnica de la acuarela. Estas últimas muestran, por ejemplo, a personas vistiéndose de domingo en las pequeñas cabañas de madera para acudir a la iglesia o escenas de mercado. El óleo Pastora (Zornmusset, Mora) es una buena muestra de que Zorn era un maestro en el manejo de los tonos sosegados y de que poseía una sensibilidad especial para trasladar a su obra motivos cercanos a la naturaleza. En él vemos a una mujer joven en el claro de un bosque rodeada de pimpollos. Parece estar absorta en sus pensamientos e integrada en la naturaleza, pues la percibimos como parte de ella. Detrás de la protagonista se adivinan dos reses, y tras ellas, la composición se desvanece en la oscuridad del bosque de coníferas. Parece un instante accidental convertido en pintura. Zorn, en su lienzo, no nos relata ninguna historia en particular, pero en cambio, nos transmite mucho más de la vida rural en Dalecarlia que muchas pinturas de género de la época de composición bien organizada e intensa carga narrativa. La mera alusión es suficiente. Y solo quién ha prestado tanta atención a la naturaleza es capar de pintar así.
Además de su labor artística, Zorn desempeñó un papel activo en el desarrollo cultural de su ciudad natal, patrocinando numerosos proyectos educativos y apoyando la creación de una universidad popular. La vida disoluta y los excesos cometidos por Zorn a lo largo de su vida, le exigieron un gran tributo. El 22 de agosto de 1920 falleció, con tanto solo sesenta años, en el hospital de Mora. En su testamento conjunto, el matrimonio Zorn legó gran parte de su fortuna al Estado sueco. En 1939, cuando Emma aún vivía, se inauguró el Zornmuseet, núcleo del actual conjunto museístico dedicado a su legado.


