Caballos frente al mar, contemplando el territorio imposible con la luz cegadora de la poesía, desde Homero a Hesíodo, para leer una carta náutica infinita donde los mitos viajan sin cesar y, a veces, regresan.
Casi como esos enigmáticos caballos, mémores de antiguas historias, ”approdo”, derivo, me sitúo en un punto geodésico, buscando el horizonte hacia el noroeste, origen de ese dios-viento, el Cierzo, y también del Flumen, en el que suelo encontrar el eco de los diálogos del silencio. El silencio del tiempo, pues como concebía Heráclito, y me lo ha recordado una carta de Giorgio de Chirico escrita a su amigo Apollinaire, “el tiempo no existe”.
Ese tiempo que en sus innumerables y cíclicas concesiones, me trae a tierras de Aragón. El viaje solitario, el eterno retorno, “retornar” a lugares desconocidos, para llegar a recordar una realidad aletargada.
Desemboco, como el fluir líquido del río-tiempo, en CaixaForum Zaragoza para ver la retrospectiva “El mundo de Giorgio de Chirico- Sueño o realidad”. La exposición ha sido organizada por la Obra Social “la Caixa” en colaboración con la Fondazione Giorgio e Isa de Chirico.
Da capo, desde el principio. Giorgio de Chirico nació en Volos, Grecia. Tessalia, un territorio patria de los Argonautas, de Jasón, de los centauros… El 10 de julio de 1888, como él mismo describirá en sus Memorias “in una torridagiornata di luglio, mentre soffiava sulla città un vento infuocato”. Su padre, Evaristo, era ingeniero de la Compañía de los Ferrocarriles. En los avatares de la vida, siguiendo enseñanzas en varias Academias, Giorgio vivirá en diversas ciudades, Atenas, Múnich, Milán, Florencia, París, Ferrara, New York y finalmente pasará sus últimos treinta años en Roma (de 1947 al 20 de noviembre de 1978, día de su muerte), en el Palazzetto dei Borgognoni, un precioso ático que se asoma a Piazza di Spagna, y que es actual sede de la casa-museo; dicho museo fue abierto al público en 1998, años después de la muerte de su viuda, Isabella Pakszwer; allí se conservan unas 550 obras.
En un brevísimo repaso, podemos recordar que en su pintura, tras unos inicios influidos por el romanticismo alemán, en su estancia en Múnich (1906-1910), y como referente el pintor suizo Arnold Böcklin, hará un viaje a Roma y Florencia en 1909 que también será determinante para sus arquitecturas clásicas. Pero en este punto ya tengo que hablar de “revelación”, palabra muy próxima a De Chirico en sus estadios filosóficos y estéticos. Fuertemente influido por los escritos de Nietzsche, “il poeta più profondo” (quien sufrirá sus primeras manifestaciones de locura en Turín), cuenta De Chirico que tuvo la inspiración que generó su pintura Metafísica en Florencia, dando lugar a su primer cuadro verdaderamente metafísico de 1910 : L’énigme d’un après-midi d’automne (El enigma de una tarde de otoño). Nos dice que a raíz de estar convaleciente de una enfermedad intestinal, y seguramente inmerso en las “pequeñas nieblas” de melancólicas lecturas nietzscheanas que nutrían su joven ánimo, se encontraba en Piazza Santa Croce de Florencia, y fue allí precisamente donde sintió la gran revelación artística, y la consiguiente y definitiva iluminación de su pensamiento al penetrar en la doctrina del eterno retorno de Nietzsche; pero no sólo, todo acaba remitiendo, en ese tiempo circular, a su mímesis con Heráclito, el instante, el vacío cósmico, la Nada. Así lo dice en una de sus cartas al amigo Guillaume Apollinaire, estableciendo que el tiempo no existe y, por tanto, en la curva de la eternidad se reencontrarán, pues el pasado es igual al futuro.
Desde ese momento, ya estamos ante la figura de un pintor que, aún coincidiendo temporalmente con los principales movimientos de vanguardia en el arte, fue el gran anticipador, el creador de escuela Metafísica de arte, más allá de la realidad, inconformista, precursor del Surrealismo (diez años antes!), aunque siempre manifestara su distancia de “esa gente cretina y hostil” (como le dice a su hermano Andrea –quien adoptó el nombre de Alberto Savinio-). A partir de aquí, podremos establecer y saborear lo que se convirtió en su ideario e iconografía, en los personajes que encontraremos en su pintura, motivos recurrentes que retoma hasta el final, pero nunca iguales –como el tiempo heraclíteo-, transformando sea los interiores y ambientes irreales, que los colores, más claros y luminosos hacia sus años finales en Roma.
En esta exposición de CaixaForum se han dispuesto las obras en seis ámbitos, no cronológicos, a través de una sugestiva instalación a modo de arcos y perspectivas visualmente atractivas para el visitante. Casi un alarde de “romanità”, a la que ha hecho enfática mención Lorenzo Canova, miembro del Consejo Científico y de la Junta Administrativa de la Fondazione Giorgio e Isa de Chirico, en la presentación de la retrospectiva, junto a Elisa Durán, directora general de la Fundación Bancaria “la Caixa”, Ricardo Alfós, director de CaixaForum Zaragoza, y la comisaria de la muestra, Katherine Robinson, miembro del Consejo Directivo de la Fondazione Giorgio e Isa de Chirico. El señor Canova ha querido, en medio de otros elogios, hacer con entusiasmo un sincero cumplido a la ciudad anfitriona, esta emocionante Caesar Augusta.
Me han hecho notar que han pasado diez años desde que se vio la última exposición sobre De Chirico en España – en el IVAM de Valencia, diciembre 2007-. He querido ir más allá, y constatar si anteriormente se habían hecho más muestras; sí, me consta precisamente en Zaragoza, Museo Pablo Gargallo entre octubre y diciembre de 1988 (un retorno a la ciudad, tras treinta años!). Me ha parecido algo insólito, probablemente en oposición a mi iconografía infantil, puesto que De Chirico fue uno de mis referentes en las incipientes peripecias de mi furor graphicus (entonces eran acuarelas, más bien pastosas, nada gráciles). En mis recuerdos guardo la curiosa impresión y el impacto que me hacía Giorgio de Chirico, cuando veía en televisión documentales y entrevistas que habían sido realizadas casi todas en su casa de Roma. Algunos de mis profesores, así como familiares de amigos en Italia, habían tenido la ocasión de conocer al genial pintor. Para quienes no le conocían, o sólo por superficiales referencias, se les antojaba un personaje hosco, casi intratable, y en algunas entrevistas exasperado y exasperante. Me decían que en verdad era, sí un personaje famoso, pero poco conocido en el fondo, ya que era hombre cultísimo, de gran humanidad, y con un enorme sentido del humor, que salpimentaba con tremenda ironía y un punto de autoprotección.
De sus cuadros me quedan grabados sus personajes oniropompos. Los títulos, que son el aspecto fonético de sueños. Las estatuas con largas sombras y bajos pedestales, las plazas melancólicas de Torino en otoño, los arcos de los edificios (que más tarde he podido aplicar a una arquitectura metafísica italiana, como era inevitable al ver en Roma el Palazzo della Civiltà Italiana –sede ahora de Fendi, si me permiten la nota frívola-), ruinas arqueológicas, maniquíes enigmáticos con cabezas ovoides sin rostro, vestales, autorretratos, gladiadores, sombras de figuras fugaces que sólo intuimos… Todo en una atmósfera cargada de pathos, sea en las plazas de Italia, que son inventadas pero reconocibles, con cielos verdes y perspectivas imposibles, como en los interiores invadidos por ese mismo ánimo inquietante, das Unheimliche, como si en cualquier momento fuese a acontecer algo inesperado en el escenario paralizado. Es un mundo silencioso, de soledad trascendente.
Mis impresiones sobre su pintura metafísica, sus constantes retornos a la cultura clásica, el periodo de la Neometafísica, que sería como una especie de Giorgio-Odisseo regresando a las antiguas costas de sus propios símbolos, la temprana lectura de su libro Hebdomeros, las anécdotas que me han contado de su vida en Roma, y los interesantes comentarios con la comisaria de esta exposición Katherine Robinson, y con Lorenzo Canova, piden espacio para otros artículos, para seguir escribiendo sobre Giorgio de Chirico, hombre libre, desconcertante, vulnerable y profundo, firme contra toda tendencia que no pocas antipatías le costó, criticando a los mercaderes de arte, y con aspereza a los especuladores, sin quedar exentos los críticos de arte. Probablemente, una vez traspasado el reto de Kant, sapere aude, atrévete a saber, se quedó con el lema de Nietsche, dimensionado en la sincronía de “atrévete a ser libre para crear”.
Enigma, revelación, eterno presente, tiempo circular, horizontes imposibles, son palabras amadas por el artista, casi llaves mágicas en su universo intempestivo. Seguramente, asentiría con una disimulada sonrisa, al escuchar, también hoy las palabras de Nietzsche: “Tenemos el arte para no perecer a manos de la verdad”.
Tal como empezaba, veo esos caballos que contemplan el océano de un enigma cuyo eterno oráculo es el Tiempo. Y les invito a que no pierdan esta maravillosa ocasión para contemplar la obra de Giorgio de Chirico, que retorna, en cierto modo, pero diferente, a la Ciudad, a Zaragoza. Y termino compartiendo una sorprendente coincidencia: al empezar a escribir este texto, al remover viejos carboncillos –estaba dibujando-, en el fondo de una de las cajas, he encontrado un pequeño papel, con una frase escrita –quien sabe cuando?-, : “el presente no existe, es un punto entre la ilusión y la añoranza”.


