La segunda edición del festival Zaragoza Luce, celebrada en febrero de 2026, regresó al casco histórico bajo una voluntad de expansión que, tras un análisis pormenorizado reveló importantes fisuras en su ejecución conceptual. Aunque la comunicación oficial anunciaba doce intervenciones, la realidad técnica se redujo a nueve propuestas tangibles, dado que la obra Les Voyageurs operó como una única instalación atomizada en distintos puntos. Pese a este incremento cuantitativo respecto a 2025, el festival ha vuelto a tropezar con un discurso curatorial endeble bajo la dirección de Curro Melero. En esta ocasión, la mediación textual resultó especialmente errática al centrarse en rasgos generales de las trayectorias de los autores en lugar de precisar la intención específica de cada obra, lo que terminó por desorientar al espectador y privar a las piezas de una clave de lectura clara.
Cualquier intervención artística en el entramado urbano supone, ante todo, un complejo desafío dialéctico con el vacío y la arquitectura preexistente, donde la gestión de la escala se convierte en el factor determinante para que una obra logre dialogar con el espacio o quede diluida en él. Esta sensibilidad hacia la proporción y el diálogo espacial se manifestó de forma muy desigual en Les Voyageurs de Cédric Le Borgne; mientras que en la calle del Cisne la integración fue un acierto al responder correctamente a la escala íntima del entorno, en emplazamientos de grandes dimensiones como la trasera de la Lonja o la Fuente de la Hispanidad, la inmensidad del espacio abierto resultó desproporcionada en relación con la tamaño de las piezas, lo que terminó por comprometer su ligereza y presencia visual. A pesar de estos desajustes, la instalación cumplió correctamente un papel narrativo, funcionando como un hilo conductor que, al fragmentarse por el casco histórico, logró cohesionar el tránsito del público entre las diferentes propuestas del festival. No obstante, hubo obras en las que se consiguió una excelente lectura de la escala urbana, como Earthtime 1.26, integrada magistralmente en el vacío de la plaza de San Juan de los Panetes, o Keyframes Games Stories del colectivo Groupe Laps en la fachada del Colegio de Arquitectos. Precisamente, Earthtime 1.26 destacó como la propuesta más sólida y equilibrada de esta edición, no sólo por su impecable resolución dimensional en el paisaje urbano, sino por ser capaz de articular un discurso conceptual profundo frente a la vacuidad formal de otras intervenciones presentes en el festival.
Esa superficialidad se hizo patente en propuestas como Flux, de Collectif Scale, o Antimateria, de Maxi Gilbert, donde el despliegue técnico no logró trascender hacia un discurso artístico sólido. En ambos casos, las piezas incurrieron en la reducción de la obra a un mero espectáculo de luz y sonido desprovisto de carga reflexiva, aproximándose más a una estética escenográfica de carácter ornamental propia de un entorno de ocio nocturno. Esta deriva evidencia el riesgo en este tipo de festivales de priorizar la espectacularidad tecnológica sobre el contenido, dejando al espectador ante un ejercicio visual efectista pero carente de poso intelectual. Esta fragilidad teórica se manifestó de manera evidente en Impulse, donde el desajuste entre su excesiva pretensión intelectual -que aludía a complejos conceptos del serialismo musical- y una realidad formal puramente lúdica quedó revelado, paradójicamente, por la propia audioguía. En una línea similar, la obra Interferencias, fruto de la colaboración de Néstor Lizalde con la Escuela de Artes de Zaragoza, supuso una decepción respecto a la pieza mostrada por el artista en la edición anterior; si bien en una propuesta de carácter académico es comprensible una menor espectacularidad técnica supeditada a un presupuesto limitado, es precisamente esa condición la que debería obligar a un andamiaje intelectual más sólido y coherente. Incluso intervenciones con una factura técnica solvente como Transitar, de Jou Serra, quedaron opacadas por la ausencia de un relato que las vertebrara; convirtiéndose en ejercicios formales aislados, víctimas de una deficiente mediación.
En definitiva, el comisariado no ha logrado subsanar las carencias estructurales ya apuntadas en 2025; la mediación ha operado más como un lastre que como un puente. Para que Zaragoza Luce se asiente como un referente de peso, es imperativo que las futuras ediciones apuesten por un rigor curatorial que garantice que el uso de la luz sea una verdadera herramienta de pensamiento contemporáneo y no un mero recurso lúdico-ornamental.


