Tras las dos exposiciones retrospectivas que pudieron verse en este año 2023 en el claustro y la cocina del Monasterio de Veruela (Zaragoza), y en el 4º Espacio de la Diputación Provincial de Zaragoza, de la obra del escultor taustano Zacarías Pellicer (1943-2011). El Ayuntamiento de Tauste (Zaragoza), decidió editar un libro coral que sirva de reconocimiento a la figura y a la obra de este escultor fuertemente ligado a su tierra y que se encuentra entre los grandes de la escultura en Aragón. Este libro titulado Zacarías Pellicer, la pasión por la forma, trata de recoger la trayectoria artística de forma cronológica, desde las primeras obras, fuertemente influenciado por la escultura vasca, su orientación hacia formas más estilizadas y ligadas a la naturaleza, donde impera el boj y el roble, hasta las últimas aportaciones, en las que regresa a la simplicidad en la geometría. Se incluyen escritos de Rosa Barasoain, Santos Lora, Javier Saura y Cristina Giménez. En los dos primeros textos, se conjugan las aportaciones técnicas con las referencias más afectivas que les unieron con él artista. En cambio, los dos últimos escritos, sin abandonar el cariño que profesan al autor, centran sus textos en la ubicación y justificación de la obra dentro de los movimientos artísticos de este periodo.
Zacarías A. Pellicer nació en Tauste (Zaragoza) en 1943, en los difíciles años de la posguerra, donde el horizonte de formación, más allá de la escuela primaria está en Zaragoza o en otras capitales, entonces por encima de las posibilidades de la familia. En su juventud mira a Pamplona, donde puede encontrar más oportunidades de trabajo y de formación, y ahí se traslada con poco más de veinte años. En 1973 se casa con Teresa Monguillán, taustana también, y viven en Pamplona, donde nacen sus tres hijos. Y es en esa ciudad donde al mismo tiempo que trabaja, asiste a clases de dibujo y modelado y consolida sus inquietudes artísticas.
En 1984, cuando decide dedicarse íntegramente a la escultura, vuelve con su familia a Tauste, donde además de algunos trabajos ocasionales, se entrega por completo a su pasión creadora. Es en esta década, en la que empezaron a llegar los primeros premios: San Jorge de Aragón; Medalla de Oro en Almería; Premio Numancia. En Soria, varios años consecutivos (1983-1989). Sus obras viajaron también a cantones suizos y se adentraron incluso en la Moncloa madrileña y en la selva de Arco, que por entonces comenzaba. Luego extendió sus alas: su obra viajó por varios países europeos, como la colectiva Escultura Contemporánea Aragonesa a la Escuela, que inició su ruta en 1990, y buscó exponer en lugares emblemáticos, desde la Serón en Zaragoza al castillo de Larrés (Huesca), el Monasterio de Poblet, ya de camino a Barcelona, y la Casa museo de Sabiñánigo que Ángel Orensanz eligió para crear un certamen internacional de escultura
El mundo interior de Zacarías Pellicer
Aunque Pellicer no tuvo formación académica, ni estudios superiores, estaba dotado de una sensibilidad artística y de una capacidad manual con la que alcanzó un importante renombre en Aragón y en Navarra, lugares donde vivió, trabajó y se formó, dejando una obra extensa, francamente lograda y merecedora de todo el interés y admiración.
Hay en su obra dos constantes fundamentales: La primera es el carácter poético de sus esculturas. La segunda es la recuperación y la transformación de materiales y objetos de desecho. Para conseguir esa combinación equilibrada en sus esculturas, el artista, le infunde a la materia una nueva significatividad, lo que suscita con ello la posibilidad de darle un nuevo sentido a la vida. Al fin y al cabo, el arte desvela y transforma, pero no sólo al objeto, sino también al hombre.
La elección de su producción escultórica no es ni mucho menos aleatoria, va pareja al desarrollo que ha experimentado la escultura en las últimas décadas del siglo XX; téngase en cuenta que , sus inicios, primeros tanteos escultóricos y expositivos, se sitúan en los años setenta del siglo pasado coincidiendo con la última etapa de la dictadura del General Franco, el inicio de la transición y, por fin, la plena democracia, cuando el vacío de infraestructuras artísticas y la ausencia de una política de artes plásticas debió acometerse ex novo y con urgencias. Sin embargo, se contaba con una cantera de artistas amplia que desarrollaba su trabajo en diferentes disciplinas. Surgieron en esta época dos movimientos fundamentales para la abstracción: el informalismo y el formalismo. A la vez, el arte figurativo y realista sufrió un desprecio general. Los nuevos artistas plásticos de renombre militaban en el bando de la abstracción. Barcelona y Madrid fueron los focos principales, pero en numerosas provincias, e incluso en el medio rural, la huella ardiente de estos movimientos también surgió y, a veces, de forma notable pese al aislamiento y la niebla postbélica. Valencia, Sevilla, Toledo, Jaén, País Vasco, Galicia y Zaragoza son lugares en los que aparecen de súbito manifestaciones de esa inquietud estética que, ni la incomprensión, ni la censura lograron quebrar los discursos de un arte comprometido con las libertades democráticas; más bien todo lo contrario.
Aragón debía un reconocimiento definitivo al escultor taustano Zacarías Pellicer, que ha tenido lugar en forma de exposición retrospectiva y de un libro coral, en el que se repasan treinta años de su intensa actividad y de una potente labor creativa.