Quizás por su controvertido y cada vez más activamente puesto en cuestión pasado colonial, las exposiciones sobre arte virreinal e hispanoamericano no son particularmente abundantes en España. A pesar del enorme –en cantidad y en calidad– patrimonio conservado al respecto, las diversas expresiones artísticas procedentes de los diferentes territorios americanos otrora bajo dominio español, rara vez encuentran su lugar en los dispositivos museísticos españoles, con la salvedad del Museo de América y algunos lugares selectos de nuestra geografía. Por este motivo, la exposición “Visiones de América. Arte desde el confín del Mundo”, que entre el 24 de mayo y el 2 de septiembre se expone en el Cultural Cordón de Burgos (sala de exposiciones perteneciente a la Fundación Caja de Burgos), resulta especialmente valiosa, pues permite poner en valor un arte a menudo olvidado, y en muchas ocasiones, custodiado en colecciones privadas, como la de Francisco Marcos, que constituye el grueso de esta muestra.
Estructurada en dos ambientes desiguales –en tamaño, pero no en calidad –, la muestra exhibe piezas procedentes de diferentes lugares de América Latina (a saber, actuales México, Guatemala, Colombia, Brasil, Bolivia, Perú y Ecuador), pero la visión orgánica sobre las artes virreinales y coloniales se complementa con una interesante y sobresaliente colección de marfiles hispanofilipinos. En total, se exhiben 158 piezas a caballo entre las Bellas Artes y las artes decorativas, destacando entre ellas pinturas, tallas en madera y marfil, cerámica, platería y objetos muebles, realizadas entre los siglos XVI y XVIII, pero especialmente en este último, cuando se consolidan las manifestaciones de arte locales.
Aunque la exposición está organizada en torno a cuatro temáticas principales (a saber, Desvelar el Nuevo Mundo, Mestizaje e identidad, Orden y estatus y Exotismo y orientalismo), la mayoría de estos temas se repiten a lo largo de otros ámbitos, combinados en mayor o menor medida, para presentarnos unas piezas tremendamente singulares, que, más que sobre jerarquía y organización de poder (de hecho, de pinturas de castas, una de las tipologías más representativas del arte virreinal, apenas se muestra un ejemplar), o sobre adaptación y asunción de modelos europeos, hablan plenamente sobre la integración de las corrientes artísticas europeas y americanas e, incluso, en algunos casos, asiáticas, siendo las mejores piezas de la exposición las producidas por aquel mestizaje.
La exposición cuenta no solo con las habituales–y muy numerosas– piezas de carácter religioso y devocional en las que calaron los modelos iconográficos europeos (mención especial merece la sección dedicada a la novohispana Virgen de Guadalupe, o las chaparras vírgenes peruanas diseminadas a lo largo de la exposición), sino también con toda una serie de objetos de carácter secular -muebles y piezas utilitarias- verdaderamente singulares, como una muy poco habitual mesa de realización italiana decorada con un mapa de la región caribeña y con instrumentos de navegación pero también con elementos de la fauna local como las guacamayas, una colección de platería civil que perteneció a la familia imperial de los Iturbide, o una serie de retratos de los incas, completada con el del conquistador Francisco Pizarro. Tampoco faltan entre las piezas expuestas las realizadas por algunos de los grandes nombres del barroco hispanoamericano, como Melchor Pérez de Holguín, Nicolás Enríquez de Vargas, José de Páez, Cristóbal de Villalpando, Miguel Cabrera e incluso del Aleijandinho, el más célebre artista brasileño del periodo colonial. La manifiesta dependencia de los modelos europeos (españoles, italianos, flamencos…) se pierde, no obstante, en muchas de las piezas más artesanales, verdaderas muestras de la hibridación de las artes producida en el Nuevo Mundo. Así, en la exposición encontraremos piezas difícilmente imaginables en otros contextos, como costureros con decoración amazónica, cajas barnizadas en forma de venera para guardar hojas de coca, una Virgen del Pilar brasileña o un San Juan realizado con un mosaico de plumas de colibríes.
Esta idea del exotismo, que, en realidad, actúa como elemento vertebral de la exposición, cobra un especial protagonismo en la última sección, en la que se disponen objetos procedentes del intercambio con el Extremo Oriente llevado a cabo a través de la Ruta Comercial del Galeón de Manila, así como muchos otros surgidos para rentabilizar este gusto por el lujo asiático, especialmente relevante entre las clases altas de virreinatos y capitanías. En lo que se refiere a las piezas de influencia asiática, estás se concentran (aunque no se limitan) en la parte final de la exposición, y no se limitan únicamente a piezas directamente realizadas fuera del continente americano (caso de los impresionistas marfiles religiosos de escuela hispano-filipina), sino por muchos ejemplares que combinan técnicas e influencias de tres continentes, como los biombos (formato directamente exportado de Japón) decorados con escenas de la alta sociedad o con refranes moralizantes), marcos, cajas y altares con incrustaciones de madreperla que imitan lacas namban niponas del momento, o la excelente colección de objetos con barniz de Pasto colombiano, muestra del gusto por las lacas rojizas extremo-orientales. Igualmente impactantes son las bruñidas e imponentes cerámicas de Tonalá, herederas locales de los tibores chinos e igualmente hiperdecoradas; incluso una de ellas, se presenta con una peana china en madera de finales del siglo XIX.
En un momento de nacionalismo y negacionismo histórico tan acusados como el presente, resulta imposible no atribuir cierta lectura política a la realización de esta exposición, aunque la misma provenga –esencialmente- de una colección particular forjada a lo largo de los años y promueva –en palabras de sus organizadores- la idea de este arte como profundamente mestizo e integrador; no deja de resultar controvertido el lugar elegido para la muestra: la popular Casa del Cordón, en la que los Reyes Católicos recibieron a Cristóbal Colón tras su segundo viaje a América. No obstante, les instamos a que por un momento se olviden de las polémicas coyunturales y se permitan la libertad de disfrutar del exuberante y complejo arte producido por y para una sociedad que, afortunada o desafortunadamente, no nos queda tan lejana.