En 1974 adquiría en Zurich Heinrich Thyssen Bornemisza la obra Feny (luz en húngaro) de Victor Vasarely. El verano pasado dicha pintura servía como clausura de la exposición Un mundo ideal. De Van Gogh a Gauguin y Vasarely en el Espacio Carmen Thyssen de Sant Feliu de Gixols. Ahora el Museo Thyssen de Madrid dedica una de sus dos grandes muestras estivales a la obra del padre del Op Art.
Por alejada que parezca en el tiempo y en lo estilístico, la obra de Vasarely no se entiende sin los antecedentes del Impresionismo ni de Cézanne. Su formación artística transcurrió en la escuela de Sándor Bortnyik, llamada Mühely (taller en húngaro), uno de los centros de diseño más potentes de la Europa oriental, donde recibió e interiorizó las enseñanzas de la Bauhaus. En 1930 se asentó en la capital francesa para dedicarse primero al diseño gráfico (labor que no abandonaría hasta los últimos años de su vida) y posteriormente a las artes plásticas, contando con el apoyo de la galerista Dénise René. Sus fluidas relaciones con las élites políticas francesas no impidieron que cuando tuviese la oportunidad buscase un clima menos agobiante que el de París. Por ello, tras múltiples viajes al sur de Francia decidió crear en 1971 su Centro Arquitectónico en Aix-en-Provence, ciudad natal de Cézanne. El lugar escogido para la creación de esta Fundación fue un terreno con magníficas vistas a la montaña de Sainte Victoire, un espacio en el que Cézanne realizó algunos de sus cuadros más célebres muy cerca de una de las residencias familiares, la Bastide de Jas de Bouffan. La geometrización con la que Cézanne representaba la realidad también fue utilizada por Vasarely, representante de la abstracción geométrica tan en boga en Europa a partir de la Segunda Guerra Mundial. Pero por encima de todo, su refugio en la tierra de los impresionistas responde a su espíritu optimista. Quizás fuese un teórico preocupado por la mejora de vida en los entornos urbanos, por la configuración del universo en la época de la carrera espacial, pero ante todo Vasarely buscó la comercialización de su arte, el sol que ofrecía el sur de Francia y el vivir rodeado de sus familiares y amigos. Y lo consiguió.
La muestra del Museo Thyssen recoge a la perfección las diferentes etapas de la producción de Vasarely. A través de las secciones en que la exposición queda articulada, el espectador comprende perfectamente la evolución desde los primeros diseños gráficos que el pintor húngaro realizó a su llegada a Francia, hacia las incursiones en el arte cinético, para posteriormente pasar a etapas como Folclore Planetario, en la que Vasarely investigó a partir de las formas del universo.
Otro de los intereses de la exposición es su acierto al presentar no solamente los cuadros del artista, sino también las tapicerías, esculturas, estudios arquitectónicos, etc. Vasarely soñaba con la creación de una utópica ville polychrome du bonheur, en la que los talleres artesanales fueran recuperados. Así, a la hora de ejecutar sus obras, contactó con las manufacturas de tapicería de Aubusson o con los talleres de cerámica de Delft. En este sentido, y como muchos otros herederos de la Bauhaus, los intereses de Vasarely se relacionan con lo preconizado por William Morris en el movimiento de las Arts & Crafts. Vasarely denominó a multiplicité a esta idea de reutilización de los mismos diseños a través de distintas técnicas artísticas, con el objetivo de llevar su arte a todos los niveles de la sociedad.
Guillermo Solana en la inauguración de la exposición recordaba cómo durante los años 70 Vasarely estaba en todas partes, desde los despachos de las oficinas, hasta las minifaldas. Sus diseños fueron reproducidos hasta la saciedad, inundando la cultura visual europea de varias generaciones. Sus serigrafías, impresas por las mejores maisons d’édition de los 70 y 80, reproducían los diseños de sus cuadros. Las obras de Vasarely aparecieron en el cine de su época, en películas como La prisionera (1968) de Georges Henri Clouzot. Quizás hubiese sido interesante que la exposición plantease algo más sobre esta faceta más popular de Vasarely, pues respondía a su deseo de llevar el arte a la vida cotidiana.
Vasarely conecta con el público desde la entrada a la exposición, donde un gran panel reproduce uno de sus diseños geométricos animando a los visitantes a hacerse fotografías con la obra de fondo. Otro de los preceptos de sus creaciones fue llevar el arte a todos. Su capacidad de conexión con el espectador está plenamente conseguida al utilizar como principal motivo artístico las ilusiones ópticas, fenómenos que pueden ser experimentados por cualquier persona sin necesidad de un bagaje cultural previo. Es por ello que la muestra se presta a la realización de talleres artísticos con niños y adolescentes. De forma paralela, como es habitual en las exposiciones del Thyssen, el museo ha programado varias conferencias y un curso sobre los lenguajes de la abstracción, así como el encargo al periodista musical Rafa Cervera la creación en Spotify de una lista de reproducción inspirada por la exposición. Si Vasarely hubiese vivido dos décadas más, estaría siendo el primero en servirse de las Redes Sociales y de las plataformas online para la difusión de su arte. Así lo quiso en su día cuando afirmó: L'art de demain sera trésor commun ou ne sera pas (el arte del mañana será un tesoro de todos, o no existirá).


