Hay nombres mágicos, en el mundo del arte. Nombres que con sólo nombrarlos, llenan museos de visitantes, deseando ver sus obras. Joaquín Sorolla, es uno de esos nombres. Sorolla cuenta con una copiosa bibliografía, y ha sido estudiado y analizado desde distintos puntos de vista, en libros y exposiciones. Uno de esos puntos de vista, a través de esta exposición, es Sorolla. El color del mar, producida por la Fundación-Museo Sorolla, en colaboración con la Obra Social “La Caixa”, con motivo del 150 aniversario del nacimiento del pintor valenciano, en el año 2013, la muestra formada por sesenta obras, ha recorrido diversas localidades españolas, hasta recaer en este Caixaforum Zaragoza. El tratamiento de la luz, de Sorolla, parece irradiar desde sus cuadros, el mismo calor vital que transmite el sol. El pintor calibra magistralmente la sensación térmica del cuadro, con la relación entre los colores y la lógica propia de la pintura misma.
Dejando a un lado las obras de gran tamaño expuestas, como esa Marina, pintada con diecisiete años, que ganó el Premio Nacional de Pintura, del año 1881, quiero destacar El balandrito (1909), uno de sus cuadros más populares, realizado en el mejor momento de su carrera, Nadadores, Jávea (1905), representación asombrosa, del efecto de la descomposición de la luz, en los cuerpos de los nadadores bajo el agua en movimiento, Pescadora con su hijo (1908), cuadro de contrastes y volúmenes rotundos, donde los objetos desaparecen y las sombras, de las protagonistas, suplantan a sus dueñas, llenando el cuadro. En algunos momentos de la muestra, a pesar de quién es el autor de las obras, a pesar de la calidad, a pesar de diferenciar la luz del levante, la de Andalucía o la del norte de España, vibrando cada escena, con una intensidad peculiar, y mostrando colores diferentes con mayor o menor saturación, no deja de parecernos excesiva reiteración de un mismo tema. A nuestro juicio, los organizadores de la muestra, deberían haber ideado otro Sorolla, menos conocido, más personal. Afortunadamente la muestra ofrece un discurso paralelo, con los pequeños estudios al óleo, que él llamaba “notas de color”, y que registran impresiones muy espontáneas que luego aplicará a los cuadros de grandes dimensiones. Materia y color, que roban protagonismo a la pintura, que a lo largo de los años, han sido atesorados por el artista, y que en síntesis, representan un continuo ejercicio de observación ya que a menudo parecen cuadros independientes y perfectamente terminados. Junto a estas notas de color, que por sí solas podrían formar una exposición, la muestra se completa con grandes paneles, que reproducen fotografías del pintor, en la playa con sus útiles de trabajo.


