Van Gogh, viaje de ida y vuelta al infierno

 

    A finales del siglo XIX, el mundo del arte había empezado a relacionar la biografía de los artistas con sus obras. Sería Émile Zola quién escribiría. “Lo que yo busco ante todo es a la persona”, pero sería Van Gogh, quién como nadie entendería esa afirmación, nadie se interesaba tanto por las biografías de los artistas, como él. Las coleccionaba todas, en todos los formatos posibles.  “Es muy bello lo que dice Zola sobre el arte. Lo que busco en una obra de arte, lo que amo, es la persona… al artista”, escribiría en 1885. La historia de Vincent arrojaba un árbol genealógico de enfermedades mentales. Probablemente, su madre Anna, heredará al pequeño, la idea de que la vida era oscura y temible. Su personalidad tempestuosa, trágica  directa y abrumadora, su actitud solitaria y obsesiva, lo llevará a sentirse como El prisionero del pintor Jean-Léon Gérôme, entregándose  a una espiral de autodestrucción y soledad, llegando a poner en peligro su salud, física y moral. Los continuos reproches y amenazas se sucedían sin tregua en una correspondencia epistolar amplísima y constante en la que únicamente Theo, su hermano pequeño, pudo llegar a comprender y a justificar. «Cuando pienso que hay tantos ojos puestos en mí que sabrán donde residen mis fallos si no triunfo, que me reprocharán… el miedo al fracaso a la desgracia, lo único que anhelo es alejarme de todo».

   Vicent Van Gogh, es el único artista al que se ha dedicado un instituto de investigación comparable a la Biblioteca Presidencial de los Estados Unidos. Los escritores estadounidenses Steven Naifeh y Gregory White Smith han reescrito la biografía del genio holandés. Puede pensarse a estas alturas, que se conoce al completo la vida y obra del artista, este libro difiere de otros anteriores  no sólo por la publicación de fotografías inéditas, sino por dos hechos muy concretos. El primero, el  no haber considerado las cartas de Vicent, como un registro directo y fiable de los sucesos de su vida o sus ideales en un momento dado, pues en sus cartas, no plasman ideas para sí, sino que están escritas para familia y amigos. El segundo, se encuentra en el apéndice Nota sobre la herida mortal de Vincent descartando la hipótesis tan extendida de suicidio como un hecho improbable debido, entre otras cosas,  a la  confirmación del  testimonio de un joven de 16 años explicando lo mismo que los nuevos biógrafos, sobre dos muchachos que accidentalmente, habían causado la muerte del artista, y que  ya apareció en 1890, salvo que entonces, nadie hizo caso.  

    Este libro, que han tardado en gestarse más de diez años, huele a Premio Pulitzer, galardón que conocen muy bien los autores, pues ya recibieron uno en 1991, por la biografía de Jackson Pollock. La publicación transcurre a caballo entre una novela trágica, y el más académico de los escritos de la Harvard Law School, de la que ambos son graduados. Un riquísimo tapiz de conocimiento se extiende a través de las novecientas sesenta y ocho páginas narrando desde la oscuridad de sus primeros años en Holanda, al extraño fin en el luminoso sur de Francia. Para entonces, el hombre había muerto, pero el genio había nacido

Steven Naifeh y Gregory White Smith

Van Gogh, la vida.

Editorial Taurus, Madrid, 2012. 968 páginas