María Luisa Grau Tello, Democracia y pintura mural en Zaragoza, 1984-1995. Cuadernos de Cultura Aragonesa de Rolde de Estudios Aragoneses, Zaragoza, 2014, 158 pp. y 87 ilustraciones, la mayoría a color,de la autora, de José Antonio Melendo, de otros autores y de archivos institucionales.
Se refiere esta joven investigadora y ahora autora a un tiempo bien reciente de nuestra historia, a unos edificios de nuevos usos culturales, deportivos y de gobierno de la democracia en Zaragoza y a unos espacios urbanos deteriorados por la dejadez de sus propietarios, como los muros medianiles en solares de barrios del centro de la ciudad, abandonados durante años
Un título certero el que ha elegido María Luisa para un libro vistoso y práctico, que a modo de una guía artística urbana conduce nuestra memoria visual por estos catorce ejemplos de pinturas existentes en espacios públicos.
En un principio, como se remonta la autora para mostrar una perspectiva de conjunto, los impulsores de aquellas manifestaciones pictóricas -de protesta o reivindicación- fueron asociaciones ciudadanas y políticas: Asociación de Vecinos Lanuza-Casco Viejo, Asociación de Cabezas de Familia, Colectivo Plástico de Zaragoza (1975-1979), Brigada chilena Pablo Neruda, Partido de los Trabajadores de Aragón, Joven Guardia Roja, etc. Nombres que a los más jóvenes seguramente no les sonarán, pero que hicieron historia social o política y son ahora parte de la historia de los movimientos vecinales de Zaragoza.
Luego entrarán en juego, y lo dieron muy bueno, las principales instituciones políticas como el nuevo gobierno de la Diputación General de Aragón, el ayuntamiento y la Delegación del Gobierno del Estado. Los resultados, en estos casos, han perdurado en su mayoría en sus lugares, o preservados en los documentos visuales de las fotografías, como las pinturas murales del programa Arte en la calle, promovido por el Departamento de Cultura de la D. G. A. en la primavera de 1986.
Fueron muchos los jóvenes artistas y respondieron de inmediato, se fueron incorporando otros, que por aquellos años estaban formándose fuera, en París o Roma, y algunos, como Jorge Gay, José Luis Cano o José Manuel Broto, han mantenido una progresión ascendente. Pero junto a estos y otros pintores recogidos en el libro, hay que recordar a los arquitectos que los eligieron para decorar con renovados aires estéticos los nuevos edificios que estaban rehabilitando, que también trae a cita sus nombres la autora.
Seguimos recordando ahora aquellas pinturas como una invasión de colores al aire libre tras los nubarrones de los estertores crueles de la dictadura de Franco, que morirá en la cama, pero matando. (Hagan triste memoria por un instante de los cinco fusilamientos, a finales de septiembre de 1974, dos meses antes de finar el dictador). También un año antes, la dictadura de Pinochet había hecho desaparecer en Chile a Allende, Neruda o Víctor Jara, entre otros muchos notables políticos y ciudadanos. Colores nuevos y refrescantes para formas clásicas de cuerpos desnudos como si los artistas hubieran querido buscar en los orígenes del arte mediterráneo una nueva representación del ser humano, protagonista en libertad de una nueva historia que no estuviera marcada por aquellas dolorosas formas de ejercer la política.
Las pinturas, en la secuencia cronológica en que las presenta la autora son la parte más vistosa y popular de la biografía artística de los años de la Transición a la Democracia, plagada de zozobras, pero rebosante de vitalidad de la nueva savia de la juventud, en este caso de los artistas. Un arte urbano con una vieja tradición, pues la pintura mural en exteriores ha sido en el siglo XX la expresión por antonomasia de la revolución (México o la URSS), de epopeyas nacionales (los murales colombinos en la Rábida) y de anhelos sociales, o de la transición a la democracia, en España.
Para recordárnoslo y refrescarnos la retina, María Luisa Grau da testimonio de todo ello con estas pinturas que hay que volver a mirar desde estos contextos históricos que nos marcaron una época de nuestra juventud o madurez, precedentes por ejemplo del actual Festival Asalto de Arte Urbano de Zaragoza, financiado por el ayuntamiento (este tan reciente aún de 2014, ya en su novena edición), que ha dejado más de medio centenar de pinturas murales por los barrios del casco antiguo, todavía conservadas y bien visibles.
Empieza el libro este recorrido cronológico por la nueva pintura mural de Zaragoza con la que en 1984 realizó José Luis Cano para decorar, siguiendo la disposición de un friso, la parte superior del salón principal del antiguo palacio renacentista, que iba a convertirse de inmediato en museo monográfico de Pablo Gargallo. Eran varias las circunstancias que concurrían para que arquitecto y pintor se decidieran por una representación clásica y, aunque pueda parecernos extraño, se inspiró el pintor en pasajes de la Eneida. Nada tiene que ver la epopeya virgiliana con Zaragoza, pero sí ésta con un pasado fundacional romano, como había hecho Eneas viajando desde Troya entre múltiples peripecias para fundar Roma. ¿Acaso no se le llamó a Sevilla en el Renacimiento la Nueva Roma? También el clasicismo fue el patrón estético para la decoración de la antigua cafetería del Torreón Fortea, una suerte de harén o tentación carnal con un deje de humor, encarnada en sus personales Musas del Parnaso.
Esa permanente referencia al clasicismo es la que va a seguir Jorge Gay en diferentes edificios como en el Centro Deportivo Municipal Ramiro Solans en el barrio Oliver. El título Olimpia que le puso a su mural también iba al hilo del uso del edificio y su interpretación, era igualmente clásica, pero con unos efectos de claroscuros misteriosos y envolventes. En esa línea concebirá el mural para la delegación del Gobierno en Aragón, que titulará La ciudad de la Paz (Iustitia, Libertas, Aequalitas), para la zona de camerinos del Teatro Principal: Pintura para una arquitectura o la inquietante e innecesaria mano, de sugestivas evocaciones de la pintura mural veneciana a través de una ambientación onírica, en el umbral de una nueva pintura metafísica, para el acceso a la zona de presidencia de la sede de la DGA.
Coinciden Cano y Gay, como Pascual Blanco (en la cúpula de una de las salas del edificio de la Diputación General) en ser exquisitos dibujantes y en el vocabulario clásico; pero sus estilos son bien diferentes si comparamos el hermético de Gay con las luminosas formas de los desnudos de las pinturas de estos dos o las de Eduardo Salavera en su poéticoParaíso terrenal, inspirado en un poema de Vicente Aleixandre, y Pedro Giralt en Mediterránea, también en las respectivas cúpulas que les encargaron para la sede de la DGA.
Otras variantes estilísticas que pueden contemplarse en este libro de María Luisa Grau son las de La Hermandad Pictórica Aragonesa, también para el techo y cúpula de otra sala de esta sede, que se repartieron la decoración con sus inconfundibles paisajes de ensoñadoras evocaciones orientales, que para la autora, de entre las cuatro propuestas decorativas de estas cúpulas, fue una de las más interesantes “por la originalidad y el acierto de la solución planteada”.
También las referencias clásicas están bien presentes en las figuras de Santiago Arranz, estilizadas como signos en sus pinturas de La ciudad soñada, para la Gerencia de Urbanismo. Un tema que ha dirigido buena parte de su trayectoria pictórica, desde sus interpretaciones de las Ciudades Invisibles de Italo Calvino, hasta sus cuadros, sensuales de color y pasta, elaborados durante sus años en París.
También la pintura abstracta de José Manuel Broto tuvo buen acomodo en el vestíbulo del Teatro Principal en una simbólica alegoría de Zaragoza, con un río Ebro serpenteante como un relámpago rojo que atraviesa paisajes y arquitecturas de esta ciudad –la suya también- que en aquellos años recuperó una de las épocas más vitales y hermosas de su pintura del siglo XX, en adecuado maridaje con la arquitectura para ensalzarla. Así nos lo ha hecho ver María Luisa Grau desde estas páginas.