Una silenciosa poética a la que puede resultar adictivo asomarse.

Carlos Buró, santanderino de origen aragonés pero formado y establecido en Cataluña, donde ha transcurrido casi toda su carrera artística, es un hombre de cultura internacional, a quien siempre le ha gustado fundir los homenajes eruditos a escuelas pictóricas dispares, especialmente los primitivos flamencos y la pintura renacentista italiana; pero en su larga trayectoria ha creado un universo propio de personajes enigmáticos, bodegones exquisitos, fantasiosas arquitecturas y límpidos paisajes. Maneja con parsimonia el pincel para no dejar ni rastro de su pincelada, con finos toques que se superponen sin relieve, lo que confiere mayor protagonismo a su excelente dibujo, aunque por otro lado es también un gran maestro del color, pues le gustan los cromatismos intensos, buscando a menudo llamativos contrastes de complementarios. Por todos estos referentes técnicos e iconográficos se le podría emparentar con la pittura colta que preconizaba el crítico Italo Mussa en los años ochenta, en pleno apogeo de la moda postmoderna y su gusto manierista por las citas histórico-artísticas. Pero lo suyo no fue flor de un día, pues ya venía de antes y ha seguido fiel a ese lenguaje poético cargado de metáforas con las que cautiva nuestra imaginación a base de silentes argumentos simbolistas, más evocativos que narrativos. Una estética entre historicista y surrealista que a veces parece emparentada con la de nuestro Natalio Bayo, quien es también artista de esta galería, pero en lugar de su triunfante tono épico en este caso se percibe una inspiración freudiana, donde no faltan ciertos pormenores escabrosos que traslucen angustias y pulsiones psicológicas por las que afloran atisbos de crueldad, sexo y violencia. A del Arte nos ha traído una selección muy representativa de lo mejor de Buró, sobre todo cuadros e incluso algún dibujo y grabado. Algunos están por lo demás primorosamente enmarcados. Merece la pena admirar todo detenidamente y, por qué no decirlo, comprar, pues me han llamado la atención sus precios nada excesivos para un artista consagrado y de tan laboriosa técnica. Quizá en ello esté también el peligro latente, pues si yo tuviera una obra de Buróen mi casa podría pasarme horas muertas escrutando cada pequeño detalle… ¡Ars longa, vita brevis!