Siempre es agradable volver al antiguo Casino Mercantil, aunque los horarios de apertura no lo pongan fácil, pues su sala de exposiciones solo abre de lunes a viernes un par de horas cada tarde. Y con la dificultad añadida del confinamiento, por la pandemia de Covid19, muchos no habíamos tenido oportunidad de ver esta antológica que afortunadamente ha vuelto a abrir en septiembre. Menos mal, porque Ignacio Mayayo tiene muchos admiradores, que se han prodigado en buen número para aprovechar la oportunidad de visitar esta exposición donde ha habido una hermosa selección de sus obras de años, técnicas y temas diversos. Basta ver dónde se concentra más público para confirmar que la reputación del artista se vincula sobre todo al género del paisaje, así que no es de extrañar que a esos cuadros campestres, tema por otra parte muy apropiado para una Caja Rural, se haya dedicado la amplia sala principal, donde podemos encontrar desde sus típicas vistas de las riberas del Ebro en Zaragoza, a estupendos paisajes del Pirineo, u otros terrenos campestres en los que la mirada se pierde en la contemplación de los efectos atmosféricos o la perspectiva aérea, pero también llaman la atención algunos toques empastados, muy isioaincrásicos de este autor. En esta ocasión presenta paisajes en los que no suele haber personas, aunque sí maquinaria, maderos, construcciones, u otros elementos que son testimonio indirecto de la presencia humana. Son panorámicas en las que se evita cualquier anécdota o narrativa, para no despistar nuestra atención mirando al paisaje o, mejor dicho, a su representación pictórica. Lo curioso es que ocurre otro tanto con las pinturas de figuras, expuestas en la otra sala grande, donde hay retratos de amigos/as que posan como modelos, a menudo gente bohemia en actitudes solemnes, sin evocar tampoco ningún acontecimiento o circunstancia especial. Algunos son actores, pero Ignacio Mayayo nunca los representa en plena acción, sino agazapados en actitudes meditabundas antes de salir a escena, incluso durante los ensayos, como ciertas bailarinas pintadas por Degas, a quien igualmente parecen rendir homenaje las composiciones de punto de vista descentrado, muy propios también de la fotografía o del cine, con sus encuadres en contrapicado. Evidentemente, nada de eso es improvisado, hay muchas horas de investigación compositiva detrás, como también en las vistas de paisajes, que en absoluto hay que confundir con imágenes tomadas al azar, pues este artista es un trabajador paciente, a partir de apuntes, dibujos, bocetos u otros estudios preparatorios, a los que se dedica otra sala especialmente íntima y reconcentrada… Todo esto yo ya lo sabía previamente y ha sido estupendo corroborarlo; pero mi mayor sorpresa ha sido descubrir, en el sector que sirve de oportuna transición entre esos estudios, el espacio protagonizado por los cuadros de figuras introspectivas y la sala grande con los panoramas exteriores, una modesta superficie de pared con nada menos que tres magistrales naturalezas muertas o, mejor dicho, domesticadas, porque no son bodegones de frutas o seres inertes, sino que centran la atención en unas plantas domésticas de vivo cromatismo. Muchas mujeres artistas suelen tener una relación especial con las macetas, para cuidarlas y/o para pintarlas; pero también la demuestra Ignacio Mayayo, quien quizá sea jardinero aficionado, pues revela una gran sensibilidad poética para estos cuadritos tan estupendos. Bien merecerían ser el tema monográfico de su próxima exposición monográfica: ojalá que no se haga esperar tanto y, sobre todo, que no sea tan accidentada.


