Al poco de ser Ricardo Calerogalardonado con el Gran Premio al Mejor Artista Aragonés Contemporáneo por la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte a raíz de su exposición “Espacios del sentir” en la Lonja de Zaragozaen 2021(y el VII Premio Artes y Letras de Heraldo de Aragón, en el apartado de Artes Plásticas), el CDAN le programó esta gran exposición retrospectiva, que acoge una selección de sus trabajos relacionados con el paisaje desde 1989 hasta la actualidad. Era lo más lógico que un museo especializado en arte y naturaleza quisiera poner en valor la trayectoria de este artista aragonés (aunque nacido en 1955 en Villanueva del Arzobispo, Jaén), al que ya dedicó en 2017 la pequeña exposición “Memoria de Sueños” en la sala Colección en Contexto, mostrandolos trabajos realizados por Calero entre los años 2001 y 2012 dentro de su proyecto Sueños en el Mar: una caja-libro-escultura-objeto diseñada por Isidro Ferrer con dos vídeos, una publicación con pensamientos y poemas de 16 autores y una escultura en forma de lágrima, más fotografías u otros documentos, entre ellos algunos de los 3.650 pasaportes lanzados al Mediterráneo para un “viaje” que los fue destrozando. Si el agua tenía gran protagonismo en aquel proyecto, y en la muestra “Sueños azules”, que pudimos ver en el Pabellón de Aragón de la Expo 2008, ahora en cambio son los parques urbanos y los terrenos campestres los escenarios con los que interactúa este “poeta visual”, siendo el paso del tiempo el tercer agente de este triángulo relacional, pues sus intervenciones en la naturaleza se desarrollan a lo largo de días, meses e incluso años. También, como venía diciendo, se suceden entre sí los proyectos a lo largo de los años, marcando etapas en una carrera en la que, permaneciendo siempre fiel a sí mismo, ha ido evolucionando tanto en los medios como en los procedimientos. Por eso es muy oportuno poder ver, a través de exposiciones retrospectivas como esta, los hitos biográficos de este progreso en su carrera, que en gran medida se ha desarrollado en el extranjero, por lo cual apenas se conocían en España. Así, sus admiradores tenemos ahora la posibilidad de ver objetos encontrados en el terreno que ha guardado como “Memorias de Canadá” a raíz de su estancia de 1989 en Montreal, testimonios de “Pulsiones de luz”, el proyecto desarrollado de 1994 a 1995 en la Casa de Velázquez de Madrid, “Memorias del Taunus” 2001-2007, junto a las cordilleras que limitan con el valle del Rin en Bad Homburg, “Natural de Fuendetodos” realizado en 2005 en la villa natal de Goya, “Le Temps et la Lumière” que llevó a cabo en 2005-2006 en la Alta Saboya francesa, concretamente en Quincy, “Memorias de Albarracín” que surgió en esa localidad turolense en 2008, “Espacios de futuro” cuando en Hesse entre 2017-2019 empezó a usar rocas como soporte de letras y palabras, idea que desarrolló luego en el centro de Italiacon el proyecto“Memoria della Natura” de 2015-2018 en la Piantagione Paradise de Bolognano, seguido de la intervención 2021 “Natural de Riglos” en la localidad oscense, y “Diálogos del Natural-Jardín de Parque Florido” que entre 2019 y 2020 ha llevado a cabo en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid. Como culminación, ese repaso se complementa con intervenciones realizadas ex profeso, durante meses, en los jardines del CDAN y en la vecina finca de Beulas (que se puede visitar el segundo y tercer domingo de cada mes). Son papeles que han sido colocados en la tierra bajo una piedra y sometidos a los agentes naturales. “Natura” es la palabra clásica que le gusta más a Ricardo, pues en latín es un término etimológicamente ligado a nacimiento y pulsión vital (casi lo opuesto al concepto histórico-artístico de “naturaleza muerta”). Frente a la poética mortuoria de los cuadros de vanitas hay un aliento positivo en la conceptualización natural de Ricardo Calero. Si se toman la molestia de leer las letras que ha ido sembrando por sus proyectos, verán que son siempre vocablos y frases optimistas, cosa que también se puede constatar en las 32 palabras escogidas para su instalación escultóricas en el jardín del Hospital Royo Villanova de Zaragoza en el año 2009, o en la instalación en torno a un asiento para la Bienal Internacional Blickachsen 9, en el Kurpark de Bad Homburg, Alemania, evocadas en fotos y en el vídeo con el que culmina la exposición. Por su positividad, a mí me recuerdan la instalación de Yoko en el techo de la Indica Gallery de London en 1966, donde la descubrió John Lennon, encantado de trepar por una empinada escalera para leer, con ayuda de una lupa, un tímido letrero que decía: “Y E S.” Como prueba, adjunto para ilustrar esta reseña una foto de una escultura hecha a base de cestas que se acoplan para evocar la forma de caracola, en la que asoma una cerámica con un rótulo: “SÍ”.