Una recopilación de esculturas abstractas de Sauras que sabe a poco

Con obras que el propio artista había ido guardando a lo largo de los años, especialmente de tiempos recientes, Javier Sauras ha montado en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza una exposición retrospectiva que no pretende ser una revisión antológica de toda su carrera, pues también ha cultivado la figuración realista, particularmente en sus años de formación o para ciertos encargos, concursos, u otros protocolos;pero en su carrera lo más característico siempre ha sido la escultura abstracta, y la selección aquí presentada da prueba de ello. Aunque la impresión de conjunto es de gran uniformidad estilística, pues ha sido siempre un artista muy fiel a sí mismo, quien preste atención a las dataciones comprobará que paulatinamente ha ido introduciendo cambios; en esta muestra la pequeña novedad es que ha decorado algunas esculturas recientes con unos discretos toques de pintura cuyo cromatismo contrasta con las frías geometrías estructurales. Alguna vez ya he escrito que Sauras es nuestro equivalente del ascético escultor vasco Eduardo Chillida, pensando no sólo en su estilo, sino además en su personalidad tan afable y espiritual, que se trasluce igualmente en otros aspectos de su producción, como los sugerentes títulos que pone, cargados de referencias naturales, históricas, filosóficas, literarias o musicales, como en el caso de esta exposición, etiquetada con  el apelativo de un canto gregoriano: Sicut luna perfecta.  Hay no poco platonismo en este artista, intensificado en él con la crisis posmoderna y tras beber de otras fuentes de inspiración, como el arte conceptual. También había una mezcla de druida y geómetra en su admirado Oteiza, con quien trabó buena amistad Sauras en los años en que nuestro paisano fue profesor de escultura en la Universidad del País Vasco: la influencia de sus cajas ortogonales es bien patente en algunas obras de esta exposición, y también entre las de Sauras resultan particularmente atractivas tratándose de ensayos más experimentales en pequeño tamaño –como las encantadoras piezas dentro de una vitrina, algunas de ellas piezas de joyería o diseñadas como trofeos. No es la suya una abstracción en el sentido etimológico del término, consistente en buscar las esencias espirituales que trasciendan las formas del mundo natural en aquilatada síntesis, tal como argumentaba el ruso Kandinsky. Tampoco cae en el extremo opuesto, que defendían los suprematistas, para quienes había que renunciar a toda conexión con la vida exterior y ceñirse a las formas geométricas fundamentales: el cuadrado y el cubo. A aquellos pioneros rusos profesa Sauras espacial devoción, y también se le nota la influencia de la asociación Arte Concreto-Invención y del movimiento Madí argentinos, quienes por cierto ejercieron una influencia decisiva en la carrera escultórica de otro aragonés, Pablo Serrano, durante su etapa vital en Uruguay. Y como el escultor de Crivillén sentía tanto interés por esa veta analítica de raigambre cubista, no es de extrañar que tuviera en gran estima a Javier Sauras, declarándole el más prometedor entre los escultores aragoneses de la generación subsiguiente. Por eso mismo resulta chocante que no haya ninguna representación suya en las colecciones del Museo Pablo Serrano, y hago votos porque pronto le organicen allí una gran exposición retrospectiva, con la debida amplitud ­–incluyendo referencias a sus obras monumentales de arte público, que es la parte de su producción más conocida por el gran público–, de la que quede alguna pieza importante en las colecciones del Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos. 

Museo Pablo Gargallo de Zaragoza (imagen: Oscura sacralidad, 2016)

Número 38

Marzo 2017
Jesús Pedro LORENTE
Director de AACADigital
Fecha de recepción: 31/3/17
Fecha de aceptación: 31/3/17
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