Una oportuna reivindicación de Muñoz Degrain y el género paisajista a fines del XIX.











He leído con mucho interés este libro, que recoge los textos y catálogo de una exposición que no pude visitar, lamentándolo mucho, pues Antonio Muñoz Degrain es uno de mis pintores favoritos. Este artista decimonónico se hizo conocido por impresionantes cuadros de Historia como Los Amantes de Teruel o La conversión de Recaredo; pero fue también excelente paisajista, y a esa interesante faceta de su producción está dedicado este estudio de Teresa Sauret, directora del Museo del Patrimonio Municipal de Málaga.

Aunque valenciano de nacimiento y finalmente establecido en Madrid, donde sucedió a Carlos de Haes al frente de la cátedra de paisaje de la Escuela de Bellas Artes, Muñoz Degrain residió un tiempo en Málaga, ciudad de la que era originaria su esposa, y en la que nació su único hijo, así que fueron muy intensos los lazos personales y profesionales que le unieron con esa ciudad andaluza. Darlos a conocer es el principal objetivo de la profesora Sauret, que en su primer texto aporta muchas informaciones documentales sobre su inserción social en la ciudad, en cuya Escuela de Bellas Artes fue admitido como profesor tras una pugna con otro candidato José Ruiz Blasco —el padre de Picasso—, siendo también miembro de la Asociación de Escritores y Artistas de Málaga, y mereciendo por parte del Ayuntamiento importantes encargos y un monumento, que el artista no llegó a ver, pues se inauguró al poco de su fallecimiento.

El segundo texto, y el corpus del catálogo, versan sobre el paisajismo en Málaga, como contexto de comparación con los cuadros de este género del propio Muñoz Degrain. Llama la atención la alta calidad de la escuela local, aunque es cierto que se trataba sobre todo de refinados marinistas clasiquizantes, y Muñoz Degrain aportó un pathos dramtático, un toque empastado y una predilección por orografías escarpadas más vinculados a la tradición realista. Pero, a decir verdad, incluso en esa misma línea estética hay obras de otros artistas que aguantan muy bien el pulso con las suyas, como el también valenciano pero malagueño de adopción Enrique Simonet, cuyo vista del Desfiladero de los Gaitanes es incluso más moderna que la versión del mismo tema pintada por Muñoz Degrain. Eso sí, en esta última, fechada en 1913, están presentes los entreverados largos toques de colores tornasolados propios del último estilo de nuestro protagonista, que se acercó mucho a la estética del simbolismo en sus últimos paisajes.

A mí me parece esta fase la más interesante de su producción, pues son visiones mágicas comparables a los bucólicos espejismos costeros firmados por Adophe Monticelli, o a las alucinantes vistas de Mallorca que pintó al final de su vida Joaquín Mir. Pero mientras estas últimas se han convertido en un paradigma de modernidad, las temáticas de Tierra Santa –o de asuntos mitológicos- que evocó Muñoz Degrain en esos paisajes de delirio, los han relegado un poco al olvido generalizado que ha sufrido el arte tardodecimonónico de principios del siglo XX. Lo irónico del caso es que, como explica Teresa Sauret, él se declaró ateo y masón, a pesar de lo cual se adscribió a la moda cristológica finisecular. Lástima que apenas haya ejemplos de esto en el libro aquí reseñado; pero ojalá ello sirva de aliciente para montar otra exposición monográfica, con su consiguiente catálogo.