Tal como explica Estrella de Diego en la introducción, este es un libro que ha llevado muchos años de preparación, pues le fue encargado a Carmen Bernárdez, profesora de Historia del Arte en la Universidad Complutense, quien le dedicó mucha ilusión y esfuerzo a pesar de su fatal enfermedad; pero por desgracia murió sin tenerlo escrito, así que le tomó el relevo su colega de la Universidad Autónoma de Madrid Jesusa Vega, con la colaboración de Azucena Hernández y Pedro Marín. Esta labor de equipo habrá sido sin duda la clave del éxito para poder llevar a buen término un proyecto tan ambicioso, que desbordaría a cualquier autor individual, incluso tratándose de personas con la capacidad de trabajo de las dos protagonistas. Pero la ventaja del planteamiento inicial, tan personal, es que el resultado es un ensayo muy unitario, en el que es imposible distinguir la aportación de cada quien, así que se puede leer de cabo a rabo, siguiendo el hilo de un idiosincrásico flujo argumental, aunque en el futuro volvamos a releerlo a trozos, cuando tengamos que consultar cuestiones relativas a alguna de las técnicas artísticas. Que éstas se estudien desde la historia cultural resulta lógico, tratándose de un libro escrito por especialistas en Historia del Arte, aunque con profundos conocimientos teórico-prácticos y un vocabulario propio de profesionales de afinada especialización. Cada capítulo se abre con el comentario de una obra de arte que se presenta como relevante caso de estudio, sirviendo de aperitivo antes del sustancioso menú dedicado a la metalurgia, el color, los textiles, la pintura, el dibujo, la estampa, las nuevas tecnologías, la fotografía, el collage u otras formas recientes de expresión artística. Así pues, la estructura está ordenada por técnicas, no por periodos históricos, aunque al hablar de cada una el punto de vista se revele predominantemente histórico-artístico, no porque el relato sea cronológico sino porque se hacen continuas alusiones a ejemplos de artistas y obras artísticas de diferentes épocas, así como abundan las citas de la producción científica española e internacional de ilustres historiadores del arte u otras disciplinas académicas afines. Son muchos los tratados o manuales sobre técnicas artísticas ya existentes, y a ellos se hace referencia debidamente, como no podía ser de otra manera; pero los guiños eruditos apuntan también a otros estudios de lo más variopinto. Incluso se propone una relectura del famoso libro La cultura del Renacimiento en Italia, de Jakob Burckhardt (p. 189), pues el benemérito profesor suizo se dejó fascinar por el autobombo con que habían celebrado los renacentistas italianos “sus” avances técnicos en un retorno a la Antigüedad que, en realidad, había sido un camino compartido con otros europeos. También el invento de los tubos de color y de las telas preparadas en su bastidor a tamaños estandarizados fue un avance técnico y comercial que surgió a la vez en Inglaterra y Francia con inmediatos ecos en otros países (p. 319, 329), al igual que otros descubrimientos como la fotografía. Por cierto, el capítulo dedicado a las fotos es espléndido y muy didáctico, sin desmerecer el mérito de otros, como el del tapiz o la estampa, no menos doctos pero que quizá nos pueden resultar más arduos a los no iniciados. En lo que a mi propio campo de especialización respecta, quiero destacar que he valorado mucho las abundantes referencias a los museos u otras instancias del sistema artístico: tanto en lo relativo a las colecciones de personajes retratados en cera y vestidos con ropas realistas, que ahora nos parecen una diversión turística pero en el siglo XVIII se consideraban parte de la cultura científica ilustrada (p. 344), como el protagonismo que se da a las galerías y museos u otros espacios para el arte al explicar el desarrollo de los happenings, intervenciones e instalaciones site specific a mediados del siglo XX (p. 453-458); o la novedad que, frente al moderno white cube, ha supuesto el posmoderno black box, es decir, los cubículos oscuros donde entramos a contemplar vídeos (p. 472). Obviamente, cada cual disfrutará diversamente las diferentes partes de este libro en función de su respectivo campo de interés; pero en sus más de 500 páginas hay alimento espiritual para todos los gustos.