El CDAN de Huesca presenta, del 20 de julio al 4 de noviembre de 2007, la exposición “Paisajes Esenciales: Benjamín Palencia, Godofredo Ortega Muñoz, Juan Manuel Díaz-Caneja, José Beulas”. Son fechas muy apropiadas para disfrutar de la poética esteparia de estas visiones caniculares y otoñales del paisaje ibérico, pero en un recinto climatizado, al resguardo de posibles insolaciones. Los muros ondulantes magistralmente maclados por Moneo en un espacio cúbico, se han revelado como un contenedor ideal para estos cuadros que, de la misma manera, imbrican rectos horizontes con sinuosas colinas redondeadas por el viento. Esos paisajes se parecen todos mucho entre sí, cosa que evidentemente es lo que buscaba demostrar esta selección, pero sin caer en el peligro de producir cansancio visual en el espectador por la repetición de una misma fórmula, como ocurrió con la exposición de Díaz Caneja organizada por el Museo Reina Sofía en 2005, con motivo del centenario de su nacimiento; en cambio, aquí esta reiteración no llega a saturar, dado el tamaño relativamente pequeño del CDAN. Como en la exposición inaugural del edificio con el legado Beulas —que por cierto ha vuelto a incrementarse con nuevas donaciones también expuestas en Huesca estos días—, ahora se ha optado igualmente por una presentación de las obras que, ni en las salas ni en el catálogo, sigue un orden cronológico: las fechas parecen importar poco —a veces ni figuran en las cartelas, incluso en algún caso en que la obra va firmada y fechada— más bien se han agrupado los cuadros de acuerdo a afinidades cromáticas y estéticas, como para señalar lazos de parentesco entre los diversos autores.
En efecto, esta temática y estilo correspondía a un gusto generalizado bajo el franquismo, que luego ha caído un poco en consideración; aunque los nombres de artistas aquí seleccionados serán bien conocidos por el público de hoy día asiduo a exposiciones y museos, pues todos ellos han sido objeto de grandes retrospectivas. Ojalá tan escogida compañía sirva para consagrar definitivamente a Beulas, cuyos cuadros siempre han disfrutado de gran aprecio comercial, y ahora aún más, pero todavía sigue algo postergado en la estima crítica e histórico-artística: quizá eso cambie a partir de esta exquisita exposición, con una nómina tan ilustre de pintores, con cuadros traídos de grandes museos y colecciones, y a cargo de una comisaria famosa y prestigiosa, María Dolores Jiménez-Blanco, profesora de Historia del Arte en la Universidad Complutense.
Tal como ella explica en el excelente ensayo histórico-artístico que ha escrito para el catálogo —precedido por otro de Antoni Marí, catedrático de Teoría del Arte en la Universidad Pompeu Fabra— lo que estos cuadros nos reflejan no es tanto un tipo de paisaje, sino una forma de mirar a la naturaleza, que unas veces está contaminada por cuestiones políticas, sociales o históricas, y otras se relaciona con nuestras emociones y sentimientos individuales. Empezando, muy apropiadamente, con una cita de Kenneth Clark y su clásico Landscape into Art, la profesora Jiménez-Blanco hace un brillante recorrido por la historia de la pintura paisajística y su interpretación, donde sitúa a España como un caso excepcional por nuestra tardía industrialización, por la dialéctica entre la búsqueda de la “esencia” española de la generación del 98 y de la mitificación identitaria del terruño en los nacionalismos periféricos, por el efecto retardatario y distorsionador del régimen instaurado tras nuestra Guerra Civil. Fruto de toda esta acumulación de condicionantes históricos fue el tipo de paisajes “esenciales” que ella ha seleccionado, donde unos verán esa cualidad en el escapismo roussoniano hacia un “arquetipo” platónico y simplificado del campo por parte de observadores urbanos, otros percibirán un reflejo del “ensimismamiento” político de entonces y ahora en cuestiones de identidad, y otros buscarán el carácter esencial en el hecho de ser casi una “abstracción” formal del paisaje, a base de franjas de color muy cercana a la colour-field painting de Rothko.
Confieso que ésta última es la tendencia interpretativa que a mí más me interesa, por lo que he agradecido la reproducción a toda página en el catálogo de uno de los cuadros del artista americano en la Tate Gallery; pero yo quizá hubiera ahorrado el dineral que habrán costado esos derechos de reproducción, para incluir más bien alguna ilustración de Vaquero Palacios o de nuestro Virgilio Albiac, ya que las fotos del libro no se ciñen a los cuatro autores protagonistas de la exposición. También he echado de menos en el texto algunas referencias a Gaya Nuño respecto a los colores “fauves” de la Segunda Escuela de Vallecas y, sobre todo, a Camón Aznar, el gran padrino de la llamada Escuela de Madrid y autor de una famosa monografía, El arte desde su esencia, que quizá haya inspirado el título de la exposición.
Aunque, bien pensado, lo que Camón propugnaba era un neohumanismo muy existencialista, que concedía un gran protagonismo a la figura humana; mientras que, en cambio, la comisaria de esta exposición ha escogido cuidadosamente paisajes atemporales donde apenas haya vida o movimiento: pastos, rastrojos, viñedos, árboles y arbustos casi siempre desnudos, sin presencia animal ni humana —salvo unas perdices que no vuelan, en un cuadro de Benjamín Palencia, y un hombre en burro rodeado de ovejitas en otro cuadro del mismo autor— . Es algo que llama la atención si se conoce la obra de Beulas, donde otras veces aparecen referencias al cambio de las estaciones y al paso de algún hombre con una caballería tirando de un carro, y sobre todo contrasta con la exposición de la entrada, donde bajo el título de “Bichos”, el poeta Manuel Vilas ha seleccionado fondos de la Fundación protagonizados por humanoides y animales u otros seres. En cambio, la profesora Jiménez-Blanco ha escogido unos paisajes radicalmente opuestos a la feraz naturaleza, generadora de vida, que bajo el lema de Natura naturans se predicaba en la segunda mitad del siglo XIX; más bien se trata de un regreso a la consigna opuesta, Natura naturata, pero sustituyendo la interpretación religiosa que en tiempos pretéritos se hacía de esas palabras latinas —con las cuales se referían a la naturaleza como signo del Creador—, por una acepción moderna y aconfesional: todos estos parajes son de autoría humana, pues por muy agrestes que parezcan no son naturaleza virgen, sino que tienen surcos, cercas, caminos, casas u otros elementos que, elípticamente, aluden a la presencia humana, que sin embargo no vemos. En realidad, no lo olvidemos, todos estos “paisajes”, son elaboraciones creadas por Benjamín Palencia, Godofredo Ortega Muñoz, Juan Manuel Díaz Caneja y José Beulas: su modernidad radica precisamente en hacernos bien conscientes de ello, a través de su factura, de su composición, de sus coloridos artificiales, de su experimentación con las texturas y, como bien ha sabido mostrarnos esta exposición, de una mirada que busca la esencia.
