Una densa panorámica sobre Aragón y las artes en la segunda mitad del franquismo

Si era un reto difícil la exposición Aragón y las Artes 1937-1957, me parece mucho más complicada esta segunda parte del ambicioso proyecto expositivo abordado en sucesivas fases por el IAACC. Cuanto más cerca del momento presente mayores son las susceptibilidades y los riesgos, al no contar todavía con un poso historiográfico bien asentado. Habrá sido complicadísimo lidiar con los egos de protagonistas todavía en vida y conseguir su colaboración con informaciones, documentación e incluso préstamos de obras, gracias a los cuales esta muestra va mucho más allá de los acervos institucionales, complementándolos. Precisamente la revisión, restauración, ampliación y discusión de ese patrimonio relativamente reciente con motivo de esta gran exposición constituye su primer logro. La culminación del proyecto, ahora anunciada como “cuarta fase”, será una panorámica museográfica que conjugará piezas selectas de las tres muestras, para servir de complemento a las salas permanentemente dedicadas a Pablo Serrano. La institución cumplirá así, didácticamente, su papel como museo aragonés de arte contemporáneo. De cómo va a configurarse esa selección final ya nos podemos ir haciendo una idea en el comienzo de esta exposición, pues se inicia con una sección 0: “Cronología 1937-1957” en la que, a modo de línea del tiempo, se nos resumen los hitos históricos y artísticos de aquel periodo, ejemplificados con algunas obras escogidas de la colección del IAACC ya mostradas en la primera fase. Es una idea brillante, aunque con un notorio inconveniente: esa revisión preliminar le quita espacio al relato subsiguiente, ahora más densificado y casi constreñido, porque las plantas 3ª y 4ª del museo, casi se les han quedado cortas a las comisarias: Eva María Alquézar, Begoña Echegoyen y María Luisa Grau.

Si el planteamiento de la anterior exposición comenzaba con el final de la Guerra Civil en 1939, haciendo una revisión al contexto socio-institucional aragonés de la reconstrucción y la autarquía, ahora el punto final está marcado por otro decisivo jalón histórico y político: la muerte de Franco en 1975. Para contextualizar los cambios en ese punto de inflexión, en esta ocasión la perspectiva es más amplia y sociológica en las salas que sirven de colofón final. En contraste, el punto de inicio concentra el foco en el hito meramente artístico que delimitaba el cierre de la anterior exposición, cuyas piezas más estelares eran los cuadros del Grupo Pórtico, pionero de la abstracción española, que alcanzaría su apogeo el Grupo El Paso, constituido en 1957. Partiendo de esa fecha, la sección 1: “Los artistas aragoneses y la abstracción” comienza subrayando la importante presencia aragonesa en aquel colectivo, en el que estuvieron Pablo Serrano, Antonio Saura y Manuel Viola, excelentemente representados por piezas de gran enjundia; aunque también hay buenas obras de otros componentes del grupo como Rafael Canogar, Luis Feito, Manuel Millares, Manuel Rivera y Antonio Suárez, así como de Juana Francés, figura cardinal para este museo. El siguiente espacio está consagrado al grupo que Jean Cassou llamó Escuela de Zaragoza, para contrariedad de otros pintores de la capital aragonesa en los años sesenta. La denominación había querido ser un homenaje al linaje de la vanguardia abstracta zaragozana, personificado en Juan José Vera, a quien se unieron Ricardo Santamaría, Daniel Sahún y Julia Dorado en este nuevo colectivo abstracto zaragozano; luego se incorporaron en algunas actividades otros artistas de origen aragonés residentes en Barcelona, como Teo Asensio y Otelo Chueca. De todos ellos nos presentan un muy amplio muestrario las comisarias, que han tenido el mérito de evidenciarnos también las vinculaciones con los cineastas José Luis Pomarón y Luis Pellejero. No en vano han titulado la exposición “Aragón y las artes”, en plural, axioma al que en salas como esta le sacan mucho partido. Igualmente es muy inspirado el rótulo de la sala dedicada a la transición del informalismo a las líricas geometrías de José Orús y Salvador Victoria: “Otras abstracciones, del gesto al espacialismo y la búsqueda de la luz”; también hubieran podido escribir “París y nuestros artistas”, pues la Ville Lumière fue su tierra de promisión.

Aquí no tuvimos su mayo del 68, ni la politizada Nouvelle Figuration francesa promovida por el crítico Michel Ragon, ni mandarines de la “pintura española neofigurativa” (ningún artista aragonés aparece citado en el famoso libro con ese título publicado en 1968 por Manuel García-Viñó, a pesar de que le escribió el prólogo Camón Aznar), ni una militante agrupación de Estampa Popular como las que en los años sesenta estuvieron activas en otras regiones españolas, pero sí fue calando entre nuestros artistas una conciencia social cada vez más reivindicada por la historiografía artística reciente, rompiendo con el consagrado canon formalista de la concatenación de grupos abstractos, casi exclusivamente masculinos. Por eso no es casual que en la sección 2: El resurgimiento de la obra gráfica. La socialización del arte, la pared cabecera esté protagonizada por grabados de Julia Dorado y Maite Ubide. En consonancia con otra vertiente en los estudios de género complementaria al feminismo, han colocado a su lado la obra del malogrado Abel Martín Calvo, natural de Mosqueruela (Teruel), pareja vital del alicantino Eusebio Sempere, quien quizá por ello esté igualmente representado, sin ser aragonés, en uno de los muros laterales que, a ambos lados, conducen nuestro recorrido por la deriva entre la figuración, el surrealismo y la abstracción que desde 1958 a 1973 marcó el arte gráfico de nuestros paisanos Mariano Rubio, Manuel Lahoz, Alberto Duce, Jesús Fernández Barrio, Pascual Blanco, Antonio Saura, Juan José Vera, Ricardo Santamaría, Salvador Vicoria, José Luis Balagueró, y Pablo Serrano.

Del arte de la estampación pasamos a otra vertiente profesional colindante en la sección 3: El reconocimiento de la fotografía como arte, que se concentra en una pequeña sala repleta de tesoros visuales datados entre 1960 y 1975: los exquisitos hallazgos de la mirada de una generación renovadora en la Real Sociedad Fotográfica Aragonesa: Víctor Monreal, José Luis Pomarón, Ángel Duerto, Joaquín Alcón Pueyo, Víctor Orcástegui, Rafael Navarro, Pedro Avellaned, José Antonio Duce y Joaquín Gil Marraco. Aquí la diversidad estilística es aún mayor, pues entre las tendencias abstractas y surrealistas se nos cuelan ejemplos de realismo, más o menos mágico o esencialista, que hasta ahora había quedado relegado del discurso teleológico vanguardista. A partir de aquí los caminos podrían ramificarse, para rastrear no solo una mayor diversidad de estilos y gustos, sino también de cauces comerciales.

Un cóctel de todo ello se ofrece en la amplia sección 4: Aragón, cuna de cineastas, donde se evoca el florecimiento de los cineclubes y las tertulias cinematográficas, el auge de los festivales de cine amateur, la productora Moncayo Films fundada en 1962, las películas de nuestros autores locales como los ya citados Alcón y Pomarón, seguidos de José Antonio Maenza, Manuel Rotellar, Alberto Sánchez Millán…  En contraste, se recuerda la actividad de otros paisanos que llegaron a ser grandes cineastas fuera de Aragón como Luis Buñuel, José María Forqué, Fernando Palacios, Carlos Saura y José Luis Borau. Bien está que, también en esta sección, sean homenajeados quienes se fueron lejos de esta tierra, cuna de muchos grandes artistas que labraron su carrera triunfal en otros lugares: recuerden que la exposición se titula “Aragón y las artes”, no “Las artes en Aragón”.

Ahora bien, poco a poco se fue intensificando la vida artística en nuestra región, como se evidencia en el cuarto piso, que comienza con la sección 5: La promoción oficial del arte contemporáneo, donde las comisarias pasan revista al mecenazgo institucional, con piadosa mirada selectiva, pues no siempre han escogido las obras que ganaron primer premio en los concursos oficiales o los nuevos monumentos más aplaudidos en su día. Muy controvertidos fueron, en los años sesenta, el San Valero y el Ángel de Pablo Serrano e incluso su Venida de la Virgen del Pilar que, como era ineludible, figuran aquí en representación del arte público en Zaragoza, cuyo Ayuntamiento dio becas a jóvenes artistas, por ejemplo Pilar Moré, que me parece una excelente elección, y también lo son las obras de José Beulas, Alberto Pérez Piqueras, Francisco Rallo Lahoz, Salvador Victoria, José Luis Cano y José María Martínez Tendero para recordar lo más memorable de las Bienales organizadas desde 1958 a 1973 por la corporación municipal. En los años setenta la Diputación Provincial de Zaragoza organizó el Premio San Jorge, rememorado con cuadros de Natalio Bayo, José Baqué Ximénez, Antonio Alonso Fuembuena y José Ignacio Baqué. Lástima que no hayan traído algunas de las obras donadas por artistas contemporáneos para el museo abierto en 1968 a instancias de la Institución Fernando el Católico en Fuendetodos (donde imagino que todavía seguirán embaladas en un almacén, como cuando las catalogamos Elisa Picazo y yo hace veinte años). Por su parte el patrocinio artístico de la Diputación de Teruel está representado por sendas pinturas de Agustín Alegre y Virgilio Albiac, mientras que de la Diputación de Huesca han preferido conmemorar el extinto Museo de Arte Contemporáneo del Altoaragón, abierto en 1975 con, entre otras obras, los dos estupendos cuadros del testero, firmados por Julián Grau Santos y Emilio de Arce.

Ese icónico acrílico sobre tabla, protagonizado por figuras anónimas que corren al frente de una multitud, preludia muchos estilemas de la sección 6: Nuevos escenarios de creación, exposición y pensamiento, donde la contextualización sociológica reina suprema. Hasta el punto de que un código QR nos invita a acompañar la visita con la música contemporánea que inspiraba a nuestros artistas de los años setenta, pero en ningún lado se citan ya estilos artísticos. ¡Ni siquiera el que recibió su nombre de la cultura popular de aquella época! ¿Qué problema había en encabezar con el epígrafe de “arte pop frente a abstracción analítica” la sala que enfrenta las mordaces iconografías de Pascual Blanco, Natalio Bayo, Vicente Villarrocha, Mariano Viejo, José Luis Cano y Carmelo Caneiro con las geometrías de José Manuel Broto, José Luis Lasala, Vicente Dolader y Antonio Asensio? Ya sé que a los artistas no les gusta que les encasillen en un ismo artístico concreto y me consta que nuestros autores más pop, que fueron los hermanos Ángel y Pascual Rodrigo, dieron luego un viraje en sus carreras; pero yo creo que hubiera sido de ley dedicarles en este punto un momento de gloria, en lugar de presentarles, con la excusa de que se denominaron Hermandad Pictórica, como un eslabón más de la cadena de testosterónicos grupos que han protagonizado tantas veces el relato histórico-artístico de nuestra modernidad tardía: Trama, Azuda 40, Forma, LT, Algarada, todos muy bien representados con un espacio generoso y todo tipo de medios. Sin duda los intensos años setenta fueron para el arte en Aragón una época prodigiosa, cuando se incrementó considerablemente una más que notable red expositiva, que se nos sintetiza en una estrecha sala bajo el rótulo “De la galería al arte-bar”: la pequeña novedad de ese periodo fue la tipología de café-bar artístico, como La Taguara o Itxaso, complementando la labor de las galerías zaragozanas Baylo, Albiac, Kalós, Galdeano, Berdusán, Itxaso, Leonardo, o la oscense S’Art, además de otros espacios expositivos institucionales como la Facultad de Filosofía y Letras, o los de las cajas de ahorro. También data de entonces el mercadillo de la zaragozana plaza Santa Cruz que, junto a los murales reivindicativos en los barrios o los tubos metálicos de Ángel Orensanz en el londinense Holland Park son algunos de los ejemplos documentados en la sala titulada “La calle es nuestra”, donde además hay otros testimonios de iniciativas sociales, como el taller del Sanatorio Psiquiátrico o las serigrafías que pusieron en circulación a precios populares algunos artistas aragoneses, como las que empezó a producir Pepe Bofarull a partir de 1975, año en que también comenzaron los simposios de escultura al aire libre liderados por Pedro Tramullas. “De la artesanía al arte: cerámica y textil” es el epígrafe que preside la sala final de esta muestra, cuyo colofón ponen por un lado las coloridas producciones de los telares de Rubén Enciso y Ana Pérez Ruiz, y por otro lado las cerámicas de Dolores Gimeno, Teresa Jassá, Andrés Galdeano, Ángel Grávalos y Cuní. Zaragoza fue en los setenta un epicentro de la cerámica creativa aplicada a la construcción, por tanto en esta sección, como en el resto de la exposición, se echa de menos alguna alusión a la moderna arquitectura y el urbanismo del periodo. Eran los años del desarrollismo, de los proyectos brutalistas, del mobiliario y electrodomésticos con diseño pop… Decididamente, el espacio expositivo se les ha quedado pequeño a las comisarias, que han tenido que dejar otras cosas en el tintero, valga la expresión, que está muy bien traída para apuntar que el comic o la ilustración preludiaban entonces su actual apogeo. Ya tendrán ocasión de conjugar otras visiones complementarias en el libro-catálogo.

IAACC Pablo Serrano, Zaragoza

Número 65

Marzo 2024
Jesús Pedro LORENTE
Presidente de AACA
Fecha de recepción: 29/12/23
Fecha de aceptación: 30/12/23
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