Una coral pero muy intimista celebración del Estudio Cañada y de su fundador

Con motivo del 75 aniversario de la fundación del Estudio Cañada –la academia privada de formación artística más conocida en Zaragoza y la más longeva, pues todavía sigue activa hoy– se inauguró el pasado 3 de noviembre la exposición “Estudio Cañada. Cuna de artistas desde 1945”, que es un homenaje a su fundador, don Alejandro Cañada, pero también una celebración de su perenne influencia en nuestro ecosistema artístico, pues también se exponen muchas obras de sus discípulos y, por supuesto, de sus descendientes, que siguen hoy día impartiendo clases particulares de dibujo al natural, de retrato con modelo, y preparando para las pruebas de ingreso en Facultades de Bellas Artes o Escuelas de Arquitectura. La familia Cañada se ha involucrado de lleno, desde el préstamo de obras a la reconstrucción del espacio del estudio e incluso en las tareas curatoriales, pues ha actuado como comisario adjunto Carlos Carnicer, nieto del maestro de Oliete. Imagino que también habrán ayudado mucho aportando contactos con artistas, pues la comisaria, Ana Revilla, ha planteado como una obra coral tanto la exposición temporal como los dos productos que la sobrevivirán: un documental con testimonios personales de un buen elenco de entrevistados –Natalio Bayo, Mariángeles Cañada, Carlos Carnicer, Antón Castro, Julia Dorado, Jorge Gay, Arturo Gómez y Juan Tudela– y un catálogo profusamente ilustrado, que lleva breves textos de la propia Ana Revilla y de otros admiradores –Antón Castro, Fernando Sinaga, Julio Pablo, Jesús Sus, y Carlos Carnicer–. Sin duda el carácter de conmemoración colectiva de tan influyente centro de aprendizaje y socialización artística en nuestra ciudad es lo que justifica la ubicación de la exposición en la primera planta del Centro de Historias, pues ya hay otros muchos espacios expositivos en Zaragoza para retrospectivas monográficamente protagonizadas por algún creador individual; pero el intimismo de la esfera privada es, por otra parte, lo que da un toque especial que es otra clave del éxito de esta muestra. Es muy posible que cuando se cierre, el 10 de enero de 2021, haya batido un record de asistencia, porque son muchísimos los alumnos que han pasado por el Estudio Cañada o los admiradores de sus obras y las de tantos artistas como hay representados con pinturas, esculturas y dibujos; pero lo más fascinante es que los visitantes encuentran dentro una experiencia de privacidad, como si entrasen a fisgonear en casa de un ilustre anfitrión…

De alguna manera así es, ya que el corazón de la muestra es una muy evocadora reconstrucción escenográfica del Estudio Cañada, donde hay algunos cuadros colgados en la pared y presentados sobre caballetes, esculturas o fotografías en muebles, pero también mil objetos personales –desde un crucifijo a conchas, piedras encontradas, u objetos coleccionados– incluidas algunas batas manchadas de pintura, paletas, pinceles, espátulas, botes de vidrio, e intenso olor a trementina y aceite de linaza, así que la experiencia sensorial es también olfativa. También las otras dos secciones de la exposición tienen no pocos íntimos repliegues personales, dado que hasta la celebrativa sección final, donde se recogen las obras de discípulos y allegados, tiene mucho de regalo particular, pues a menudo no se trata de obras típicas del respectivo estilo de cada artista, sino que en la medida de lo posible se ha escogido en cada caso alguna que por su tema o factura esté relacionada con el Estudio Cañada. Y especialmente íntima resulta la primera sección, donde se ofrece un antológica selección de obras representativas de la trayectoria de Alejandro Cañada (Oliete, 1908 – Zaragoza, 1999) presentándonos algunas de sus piezas más conocidas de dominio público, como El joven del violín (Ayuntamiento de Zaragoza) o el Retrato de Juan Ramón Jiménez (Museo de Teruel), pero sobre todo hay pequeños tesoros familiares, como una escultura juvenil, dibujos rápidos que hizo en el zoo de Madrid, bocetos a carbón y a color como los de los murales de la antigua terminal del aeropuerto de Zaragoza, etc. A mí particularmente me ha impactado como un impresionante descubrimiento el autorretrato reflejado en un espejo oval, un cuadro de 1933 que por lo visto siempre estuvo en el recibidor de su casa y luego en la entrada al Estudio Cañada. Para todos los alumnos que han pasado por allí será un rostro familiar, que Fernando Sinaga describe inspiradamente en el catálogo como “una especie de Johannes Itten aragonés renacido”, aludiendo a la vez a la calvicie total y a la concentrada seriedad del gesto tras las gafas redondas, pero quizá también al magnetismo personal que inspiraba en sus alumnos, como al parecer ocurría con aquel profesor de la Bauhaus. Yo no conocía esa serena mirada que ha reflejado tantas expectativas vitales: es lo primero que uno encuentra nada más entrar a la exposición, que yo confieso haber visitado muchas veces, pero en sentido inverso –como también he redactado esta reseña– para acabar llevándome en la memoria, al igual que sus alumnos antes de salir a la calle, ese rostro icónico que mira tranquilo al futuro.

Número 53

diciembre 2020
Jesús Pedro LORENTE
Director de AACADigital
Fecha de recepción: 28/12/20
Fecha de aceptación: 29/12/20
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