Hace 100 años que nació Blasco Ferrer y para celebrarlo el Ayuntamiento de Molinos apoyado por el Gobierno de Aragón y la Comarca del Maestrazgo se propuso renovar la exposición de las obras que el artista donó al pueblo. Se trata de una colección de pinturas, dibujos, terracotas y esculturas en hierro y bronce que permiten hacer un recorrido por los aspectos más destacados de su trayectoria artística y que se encuentran expuestas en una de las salas que forman parte del Museo de Molinos.
Acompañando dicha renovación los días 28 y 29 de septiembre se celebró en Molinos un seminario con el título: “El regreso (museístico) de los emigrados. Escultores de la Escuela de París”. Este seminario, bajo la dirección científica de Jesús Pedro Lorente y la coordinación de Sonia Sánchez, en el que también presentaron ponencias los profesores Moisés Bazán, María Bolaños, Manuel García Guatas y Lucia Matos, tuvo como objetivo servir de impulso al conocimiento de la obra de Eleuterio Blasco Ferrer y de los escultores y museos que exponen sus obras en similares circunstancias como: Apel.les Fenosa, Mateo Hernández, Baltasar Lobo, Pablo Gargallo, Julio González o el portugués Diogo de Macedo, todos ellos emigrados que triunfaron en París, desarrollando allí gran parte de su producción artística y cuyas obras regresaron más tarde, para ser expuestas en sus ciudades y pueblos de origen.

El motivo de que hoy pueda verse la obra de Blasco Ferrer en el Museo de Molinos, entre otras causas, es por ser éste el pueblo de su madre con quien mantuvo siempre muy buena relación y por encontrar en él el apoyo que necesitó cuando, ya mayor, quiso acercarse a su tierra, tras una vida de éxitos y reconocimientos, de viajes y de importantes relaciones con lo más granado del mundo artístico parisino.
Eleuterio nació en 1907 en Foz de Calanda y es allí donde pasó su infancia y adolescencia hasta los 17 años. Sus padres se dedicaban a vender cántaros por los pueblos y el pequeño Eleuterio aprovechaba cualquier pedazo de barro sobrante o las viejas latas abandonadas para modelar y crear sus figuras.
Años después, la crítica gustó de referenciar ese temprano impulso creativo, mientras que el propio Blasco solía comenzar sus entrevistas hablando de sus humildes orígenes. En una entrevista en 1955 el artista resumía así los momentos iniciáticos en el arte de recortar, modelar y crear con el metal: “Recuerdo que en las afueras de mi pueblo vi, en un montón de cosas inservibles, un destello metálico que llamó mi atención. Era un bote de hojalata que el sol hacía brillar. Lo recogí. ¡No puedo explicar todavía la alegría que sentí al tenerlo entre mis manos! Fue la luz inspiradora. La idea había surgido. Lo llevé a casa. Cogí unos alicates y unas tijeras y comencé a recortar a doblar la lata, creando mis primeras figuras y flores en metal”.
Después de varios intentos frustrados, Blasco logra, abandonando a su familia, llegar a Barcelona. Allí trabaja en lo que puede para poder estudiar en la Escuela de Bellas Artes donde, según sus propias palabras: “acostumbrado yo a dibujar, pintar y modelar sin enseñanza ninguna, y ya un poco maduro, no hubo manera de poder someterme a las reglas de la academia”.
Y así, procurando no dejarse llevar por el arte más comercial, consigue reunir algunas pinturas de carácter expresionista para inaugurar su primera exposición en la sala Parés de Barcelona, logrando buena acogida del público y la crítica. La segunda exposición se celebra en las Galerías Layetanas y el catálogo es prologado por su amigo y tratadista José María Sucre. A esta exposición le siguen otras dos: en 1933 en el Casino de Teruel y en 1934 nuevamente en las Galerías Layetanas, siendo ésta la última exposición que realiza en España, debido al corte brusco de la Guerra Civil.
Al terminar la guerra Eleuterio Blasco se exilia a Francia pasando varios meses en el campo de concentración de Vernet de Ariège. Siempre muy sensible a los sufrimientos de la gente humilde y trabajadora y a las penurias de los más débiles, con los que convive diariamente, retrata numerosas escenas de prisioneros, obreros, madres abrazando a sus hijos, etc.., en apuntes rápidos y abocetados, aprovechando cualquier pedazo de papel que cae en sus manos.
Consigue salir del campo para trabajar en una fábrica de bombas en Burdeos. Allí intenta vender los dibujos que había realizado durante esos meses. Así va logrando sus primeros encargos con los que comprar lo necesario para continuar pintando, dibujando y lo que es más difícil creando sus esculturas en hierro, pero siempre con la mente puesta en París, donde intuía, podría convertirse en un artista reconocido.
Finalmente logra llegar a París en aquellos años convulsos anteriores a la 2ª Guerra Mundial y organiza su primera exposición individual en la ciudad, en la Galería Berri, gracias a la ayuda del pintor belga Van Monfort. Hay que decir que varias veces vio esta exposición irse al traste por que la GESTAPO le obligó a regresar a Burdeos.
Aunque la inauguración de la exposición no tuvo el alcance que se esperaba, debido a que en aquellos días se produjeron los primeros bombardeos de París, si que sirvió para que Eleuterio Blasco comenzase a ser conocido en el convulso mundo del arte en París. Presentó obras surrealistas y realistas y alguna escultura en hierro, entre ellas varias bailarinas y su “Cabeza de Cristo”.
Tras la guerra, en 1948, Blasco logra celebrar en la Galería Bosc, otra exposición individual que le aportará fama internacional. En ella, presenta nuevamente “Cabeza de Cristo” junto a alguna de las obras más representativas de su producción como “el Mártir”, “Caballo” y también tres de sus bailarinas.
Con estas dos exposiciones Blasco se consolida como escultor en hierro. Numerosos artículos lo incluyen en la línea de Pablo Gargallo y Julio González, pero aunque realiza algunas obras bastante cercanas a Gargallo, las esculturas más características de la producción de Blasco resultan más dibujísticas, menos preocupadas en lograr crear volúmenes que en forjar el hierro transponiendo valores pictóricos de lleno y vacío.

Respecto a la clasificación de su obra pictórica, el propio Blasco distingue tres periodos diferentes: de sombra, cromático y moderno. De estos tres periodos podemos ver ejemplos en la Sala del Museo de Molinos. Aunque más que en su faceta pictórica condicionada por lo comercial, destaca como dibujante. Por ello, la nueva renovación de la sala ha dedicado más espacio a mostrar algunos interesantes dibujos de entre los más de 400 que forman parte de la colección.
En París, Blasco tenía su taller en “rue du Chemin Vert” donde trabajaba sus planchas con la cizalla, el soplete, las tenazas, la lima, el martillo y el cincel. Su carácter y su estilo encajaban muy bien en el ambiente artístico de galerías, crítica y público y pronto empieza a exponer también fuera de París: La Haya, Marsella, Nimes, Nueva York.
En la década de los 50´ Blasco lleva a cabo una intensa labor artística. De entre todas las exposiciones que realizó en aquellos años, destaca una por la repercusión que tuvo en España. Blasco regresa a Barcelona en el año 1954 en busca de una galería donde exponer su obra. Finalmente en el año 1955 expone en la Galería Argos con una inauguración por todo lo alto que reune a numerosas personalidades del mundo de las artes de la ciudad. Luis Monreal, Marsá, Xifré (director artístico de las galerías Argos), Lina Font (crítica de arte de Radio Barcelona), los escultores Clará, Rebull, Llauradó y los pintores, Sebastián Junyer, E. Ochoa, Carmen Osés y muchos otros así como Cantavella y José Mª de Sucre (tratadistas de arte) [1]
Años más tarde, regresa definitivamente a España y se instala en Barcelona donde todavía organizará en 1980 una exposición individual. También expone en la Delegación Provincial de Cultura de Teruel y al mismo tiempo se empieza a plantear que su colección de obras pueda quedarse en Teruel, concretamente en Molinos, donde, como hemos dicho, encontró el apoyo que necesitaba.
Hoy la mayor parte de su obra se encuentra dispersa en colecciones particulares y en algunos museos Europeos. En Molinos pueden visitarse varias esculturas, entre ellas el Último suspiro de Don Quijote, obra considerada por el artista como su obra maestra. También guarda Molinos una interesante colección de dibujos reflejo de las diferentes fases de su trayectoria.