Resulta admirable la eficiencia de Inmaculada Real para conseguir organizar en julio de 2021 un curso extraordinario de la Universidad de Zaragoza dedicado a Arte, memoria y museos e inmediatamente publicar en diciembre del mismo año este libro en el que se recogen los escritos producidos por la mayoría de los participantes durante aquel evento. Da idea del vertiginoso ritmo de trabajo de esta investigadora, que últimamente acumula tantas publicaciones sobre esta línea patrimonial que a uno casi resulta imposible seguirles la pista. Pero leer este libro no me ha llevado mucho esfuerzo, por la variedad y atractivo de sus contenidos, incluyendo lujosos encartes de láminas a todo color: la colaboración financiera del Gobierno de Aragón ha permitido estos lucimientos, más raros en otras publicaciones académicas. Ésta lo es, por su rigor; aunque no sea literatura universitaria, pues se evita la jerga que hace tan indigestos algunos ensayos sobre estos temas, pero además se ha sabido combinar aquí puntos de vista muy diversos, tanto por el contrapunto discursivo entre profesores/teóricos y curadores de museos/exposiciones, como por la variopinta representación geográfica. Ya resultaban territorio conocido para mí los artículos firmados por profesores de la Universidad de Zaragoza; pero he redescubierto informaciones nuevas. El libro comienza con un pormenorizado recuento que ofrece José Prieto sobre los estudios colectivos que ha ido editando bajo el título de Arte y Memoria, que ya suman cinco volúmenes y ojalá sigan aumentando. Por su parte, Inmaculada Real sintetiza en las páginas finales del libro una revisión histórica sobre el desarrollo de los museos de la memoria, con particular énfasis en los de artistas del exilio, que fue el tema de su tesis doctoral, aunque a partir de él está expandiéndose a otros campos. El más afín a la que ha sido hasta ahora su línea investigadora sería el escrito de José Miguel Gastón y César Layana sobre el retorno del legado del artista navarro Gerardo Lizarraga, que ha sido objeto de una exposición en el Museo de Navarra y ha encabezado las iniciativas de recuperación digital del Instituto Navarro de la Memoria. Cataluña está doblemente representada, por un artículo sobre la Red de Espacios de Memoria Democrática de Cataluña y otro sobre el Museo Memorial del Exilio en La Junquera. Son ejemplos donde el arte tiene un papel menos cardinal, pero con la novedad de que además de musealizar patrimonios artísticos como testimonio histórico también se ha llegado a encargar una intervención artística a creadores contemporáneos: La performance W.W. Walking with Walter de la artista afgana Kubra Khademi, quien en octubre de 2015 caminó de espaldas desde Banyuls-sur Mer a Portbou, donde murió Walter Benjamin y está el monumento a su memoria levantado por el escultor Dani Karavan. Otra cosa que me ha llamado la atención en esos casos de estudio catalanes es que sus analistas, Jordi Font Agulló y Alfons Quera, critican tanto la “parquetematización” como la mistificación nostálgica y la sacralización acrítica de la víctima, aspirando a actividades socio-educativas críticas. Su referente son los ejemplos franceses, que por lo visto van a la vanguardia en esto, a juzgar por los dos artículos incluidos en las páginas centrales de este libro, tanto el dedicado por Emmanuelle Hospital y Gregory Tuban al memorial del Campo de Argelès-sur.Mer como a la panorámica personal que nos ofrece David González Vázquez sobre el turismo como activador de la memoria. ¡Qué adelantados están! Nos queda mucho camino por recorrer a este lado de los Pirineos.