Le tengo mucho cariño al pueblo turolense de Molinos, cuya oferta museística incluye un importante legado del artista Eleuterio Blasco Ferrer, que fue dejando allí entre 1986 y 1993, poco antes de morir, las pocas esculturas, pinturas y dibujos que había conservado tras muchos años de privaciones y apuros. La Guerra Civil había truncado su carrera escultórica cuando estaba en Barcelona en pleno florecimiento, y fue en el exilio francés donde llegó a la madurez como artista, conociendo algunos triunfos importantes hasta los años cincuenta, tras lo cual entró en reiterativa decadencia y fue cayendo poco a poco en el olvido. Nos lo cuenta muy bien Rubén Pérez Moreno en este denso relato por etapas, que se cierra con un variopinto apéndice gráfico, una estructura muy académica, no por casualidad, pues esto un resumen de su tesis doctoral, basada en muchos años de rigurosa investigación sobre este y otros artistas que en la posguerra fueron pasando en su producción desde las militancias anarquistas a la poética clasicista y surrealista típica de la Escuela de París. Son muy acertados sus paralelismos con Manolo Hugué o Julio González y, sobre todo, los comentarios sobre los parecidos o diferencias con otros escultores aragoneses como Pablo Gargallo, Ramón Acín u Honorio García Condoy. Con todos ellos está muy emparentada la obra de Blasco Ferrer, muchos de cuyos mejores trabajos están en paradero desconocido, como su Cabeza de Belier (Cabeza de carnero, no sé por qué Rubén deja el título a medio traducir) que no llegó a comprarle la Diputación de Teruel, o el gallo que fue portada en un disco de canciones francesas, reproducido en el colofón del libro. Gracias a esta publicación su autor será a partir de ahora el referente a quien acudirá todo el que tenga obras de este artista, de manera que estoy seguro de que, con la perseverancia que caracteriza a este joven investigador y profesor, irá ampliando poco a poco el catálogo y documentación sobre Blasco Ferrer, así que dentro de unos años es de esperar que publique otro volumen monográfico más breve de carácter divulgativo y selectivo, con quizá solo unas cuantas fotos pero insertadas en el texto, para que sirvan de ilustración didáctica. Porque a los artistas que no son grandes genios conviene darlos a conocer por sus obras mejores, dejando piadosamente de lado las menos inspiradas: interesan especialmente en este caso sus obras más gargallescas o surrealistas y, sobre todo, su faceta de “poeta del pueblo”, un Miguel Hernández aragonés de las artes plásticas.