La Neovanguardia supone uno de los momentos quizás más interesantes durante el pasado siglo XX desde el punto de la teoría del arte. Este viraje, que tuvo lugar en torno a los años sesenta y setenta supone el punto de apoyo sobre el que pivotan los planteamientos y reflexiones teórico-artísticas que conformaron los paradigmas artísticos de los últimos decenios hasta hoy. De esta forma, autores como Guy Debord, Peter Bürguer o Baudrillard pusieron las bases de una nueva forma de entender el arte que tenía lugar en el último tercio del pasado siglo XX, siglo que había albergado el nacimiento de las vanguardias y el horror de dos guerras mundiales.
A pesar de su cercanía en el tiempo, poseemos una cierta distancia desde la cual poder analizar y reflexionar desde un modo más científico y objetivo cuales fueron los principales aspectos que comprenden la neovanguardia. Y será en esta empresa en la que Victor del Río tome como compañero de viaje a Jeff Wall, fotógrafo y teórico a través del cual recorrerá y analizará los aspectos preeminenetes de su obra, desde las primeras prácticas conceptuales hasta la conformación de un lenguaje propio y diferenciable, condicionado por el devenir histórico-artístico que supuso la Neovanguardia.
Víctor del Río posee un amplio bagaje en teoría del arte y fotografía. Así lo atestiguan publicaciones como Fotografía objeto. La superación de la estética del documento (2008) o Factografía. Vanguardia y comunicación de masas (2010) que junto a sus numerosos artículos suponen un sólido soporte desde el cual llevar a cabo el presente ensayo.
El presente libro está compuesto por un ensayo inicial y tres entrevistas del autor con Jeff Wall a lo largo de las cuales irá abordando distintas facetas a sobre la percepción de su obra y el contexto artístico y teórico en el que desarrolló su obra.
Victor del Río comienza su recorrido en los inicios de Wall, más eminentemente conceptuales. Su estancia en Londres constituyó una pieza clave en su formación, compuesta por estudios, lecturas filosóficas y el contacto con lo experimental a través del nuevo cine alemán y francés. Este contacto insufló sus ansias por hacer cine, lo que conllevó su capacidad de crear escenas, imágenes, que al final no tomaron forma en el cine, pero que fueron decisivas en la creación de imágenes que posteriormente captará con la fotografía. Como vemos, Jeff Wall presenta el concepto de simulacro de Baudrillard, en el que la fotografía está conformada por protagonistas-actores que se prestan para reconstruir algo ya visto o anteriormente concebido en la mente de Wall, reelaborado y perfeccionado. Esta imagen por tanto no es tanto como el autor lo ha visto sino como piensa que mejor se podría ver. Esta elaboración de la imagen no impide que trabaje con la imagen directa, especialmente en el caso de paisajes y escenas urbanas, cuyo protagonismo serán los avatares propios del medio fotográfico como la luz del día o la caprichosa naturaleza. También es interesante la tensión que produce la incursión del montaje digital en la configuración de la obra y en la obtención de la composición general.
Jeff Wall poseía desde sus inicios, una sólida formación en Historia del Arte y en teoría del arte. Todo este aprendizaje no fue indeleble en su producción sino que es clave a la hora de analizar su obra ya que este amplio acervo de imágenes está presente de forma latente en sus fotografías.
Las imágenes de Wall se alejan de su consumo inmediato, de su fagocitación instantánea. Requieren un análisis, detenerse y lograr cierta tensión visual, obligando a ejercer una lectura, convirtiendo al espectador en lector. Se aleja por tanto del consumo de imágenes exacerbado que se ha producido desde la posmodernidad y alejado de la publicidad y el consumo de masas.
La relación entre obra y espectador es otro de los puntos hacía el que Victor del Río centra su atención durante la entrevista. Tema de gran interés pero que, sin embargo, no deja de plantear numerosas dudas y problemáticas. Dicha relación sufre de numerosas transformaciones tanto en cuanto está sujeta a los cambios que se producen en la propia fotografía de Jeff Wall.
Por ello, no nos sorprende la relación que existe entre la obra de Jeff Wall y la literatura. Wall toma fragmentos de autores alejados de la primera plana como Ellison (autor de referencia en la literatura negra norteamericana) y Mishima o Breton. En este punto, podemos diferir con Víctor del Río con respecto al conocimiento de estas obras por el público. Si bien es cierto que no han sido grandes best seller, han constituido obras presentes en el panorama cultural de los años sesenta y setenta.
Uno de los interrogantes que sirve como punto de reflexión será la necesidad o no de una temática en la imagen. Wall manifiesta que poco a poco se ha ido alejando de este imperativo que supone la temática y ha avanzado hacia la desaparición del tema. El resultado es una búsqueda intrigante de la belleza, que lleva a la imagen a un reto, a un paso más allá que consiste en apelar a su capacidad comunicadora. Wall deja entrever como el arte está en esta dirección. Por ello, no deja de ser curioso esta vuelta o retorno a la idea de la belleza como valor del contenido del cuadro en detrimento del tema (social o cultural) del mismo. Estamos por tanto ante una batalla teórica, con numerosas complejidades y en el que la obra basará su existencia en una oscilación entre ambos bandos, con numerosas referencias entre ellos.
A lo largo del libro, Wall también hace referencia a lo monocromo como fin del progreso occidental y el inicio de una nueva era del arte y la cultura, insistiendo en entender lo monócromo como bello. Esta concepción, en la que para Wall la belleza radica en lo monócromo, nos permite pensar sobre los distintos planteamientos de artistas que también siguieron esta senda tales como Yves Klein o Malevich.
De hecho, este interés por la vuelta al arte autónomo como modo de formar una imagen del mundo y especialmente del individuo radica en la relectura del libro de Thierry de Duve, Kant after Duchamp, cuya introspección le permitió reflexionar desde otras perspectivas minimalistas y conceptuales. No podemos olvidar que, desde el inicio de las vanguardias, uno de los principales interrogantes dentro de la teoría artística ha sido la autonomía del arte, siendo una de las más lúcidas aportaciones la de Peter Bürguer, sobre la cual debaten ampliamente ambos interlocutores en los planteamientos que concluyen el libro.
Pero quizás, una de las principales cuestiones que aborda el presente libro sea la discrepancia entre dos modos de entender la posmodernidad. Jeff Wall ejemplifica ese tránsito entre las cuestiones presentes en el contexto de los años sesenta hacia la idea de una posfotografia. Frente a este planteamiento, teóricos como Thomas Crow, consideran que Wall ha sido capaz de trascender los círculos autorreferenciales de la neovanguardia para reinsertarse en una relación crítica con la tradición artística moderna. Este apoyo teórico contrastará con la curiosa reacción de Rosalind Krauss. La que es una de las figuras más relevante de la Revista October se opone de forma visceral a la forma de entender la obra de Jeff Wall y a que ese trasgredir sea considerado como referente de la neovanguardia. En sentido contrario se manifiesta un autor clave como es el anteriormente mencionado Peter Bürguer, quien considera que la obra de Wall aúna esa unión entre arte y praxis vital que ha de adecuarse al nuevo contexto y las situaciones sociales posterior a la Segunda Guerra Mundial, sirviéndose de los Mass Medias como los medios propios de ese contexto en el que se producen y con los cuales se puede llegar a esta comunión entre arte y praxis vital defendida por Bürguer.
En definitiva, Víctor del Río nos presenta a través de un libro escueto (no llega a las cien páginas) pero conciso, las principales cuestiones que han supuesto la conformación de la neovanguardia y la consideración de la obra de Jeff Wall dentro de este interesante pero no menos complejo momento en la Historia del Arte del pasado siglo XX.