Un excelente libro sobre una excelente persona y maestro del arte de Japón.

Elena Barlés es Profesora Titular de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza y Académica Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría, de Sevilla. Fernando García Gutiérrez fue Numerario de esta misma Academia hasta su fallecimiento, en 2018. Había ingresado en ella en 1989, después de haber pasado catorce años como misionero en Japón, dedicado fundamentalmente a trabajos docentes en la Universidad Sophia, durante los cuales fue su intención integrarse por completo en aquella sociedad que tan generosamente le había acogido y a la que él, con no menos generosidad, se había entregado, hasta llegar a identificarse con ella. Fruto de estas relaciones fue, entre otros, un profundo conocimiento del arte de aquel país, como dejó magistralmente expuesto en el tomo de la Summa Artis que en su día le encargó la Editorial Espasa y de la que han llegado a realizarse numerosas ediciones; un libro, por tanto, que, aunque escrito hace más de medio siglo, no ha perdido vigencia, lo que explica que aún siga siendo recomendado por los profesores en las cátedras universitarias como una de las fuentes fundamentales para conocer el arte del Japón, y que los discípulos realmente interesados en él reconozcan que deben mucho al libro de Fernando García Gutiérrez.
Entre esos discípulos se halla la hoy Profesora de la Universidad de Zaragoza e investigadora principal de diversos proyectos I+D enfocados al estudio de las relaciones entre Japón y España a través el Arte, Elena Barlés Báguena, la cual, con motivo del fallecimiento del P. Fernando, como familiarmente le llamamos, ha querido exponer lo que fue su vida, la religiosa y la docente e investigadora, la interior y la exterior, pero tanto una como otra, una vida íntegramente vocacional, de entrega a los demás, con una palabra siempre amable, un consejo acertado y una sonrisa imborrable, que hacía que cuando teníamos que acudir a él, desde lejos supiéramos, por su acogedora mirada, que íbamos a ser siempre bien recibidos.
A él acudió en su momento, como era inevitable, la Prof. Barlés, cuando quiso hacer del arte japonés su especialidad universitaria, y más tarde cuando, ya introducida en la docencia, quedó integrada en el claustro de profesores de la Universidad de Zaragoza. Y el P. Fernando no solo atendió sus demandas respondiendo a sus preguntas en todo este proceso, sino que no tuvo inconveniente en acudir a Zaragoza para tener un contacto directo con ella y con el departamento que acabaría dirigiendo, en el que se hallaba otro alumno predilecto, el Dr. David Almazán. Y en Zaragoza estuvo siempre que le llamaron, para dar una conferencia (18 Semanas Culturales Japonesas), participar en un congreso, formar parte de una mesa redonda o con cualquier otro motivo que aconsejara su presencia, pues era garantía de éxito, por sus conocimientos y por la capacidad de atracción que ejercía.
Y con la misma facilidad con que se desplazaba a Zaragoza por motivos docentes para enseñar el arte del Japón, lo hacía a Madrid cuando le pidieron que se hiciera cargo del Secretariado de Misiones Jesuíticas, o a cualquier ciudad de España a la que le llamaran para dirigir un retiro o una tanda de ejercicios espirituales de su maestro, Ignacio de Loyola, cuya disciplina siguió escrupulosamente a lo largo de su vida, recomendando a todos sus principios de conducta básicos: “vivid el momento presente”, “no hagáis mudanza en tiempos de desolación”, o cualquier otra de las “reglas de discreción”, como las llamara el fundador de la Compañía.
El P. Fernando pasó sus últimos años estrechamente vinculado a la ciudad de Sevilla, tanto a la Orden a la que pertenecía, como superior de la monumental casa de la Calle Jesús del Gran Poder, como a su pequeño despacho del arzobispado, cuando el cardenal Amigo Vallejo le llamó para que cuidara el patrimonio artístico de la Iglesia en la archidiócesis, o en la Real Academia de Bellas Artes, a cuya Junta de Gobierno perteneció mientras sus fuerzas se lo permitieron. Y es que Fernando nunca supo decir que no cuando se trataba de prestar un servicio, a la sociedad o a la Iglesia, sin acepción ni de instituciones ni de personas. Todas tenían acogida en su corazón y en su mente. Con una sola línea roja, que todo pudiera encajarse dentro de lo que él consideraba que era la voluntad de Dios, siguiendo el principio ignaciano.
Todos estos rasgos personales, enriquecidos con las propias experiencias y con noticias recogidas de numerosas entrevistas realizadas a personas que le trataron y de múltiples fuentes de hemeroteca, son los que expone de manera magistral la profesora Barlés Báguena en el libro que reseñamos, dejando traslucir la gran admiración que sentía por el sensei y el agradecimiento que le profesaba, confesando que guarda en su interior, “como un auténtico tesoro, el recuerdo de sus charlas, de los encuentros y de los momentos con él compartidos”.
Es un libro muy bien estructurado y documentado, que se lee con suma facilidad, y que resulta muy ameno por los numerosos testimonios que aporta, tanto de familiares como de amigos y compañeros jesuitas o de colegas Académicos, todos los cuales vienen a coincidir en una misma idea: el enorme caudal de riqueza humana, espiritual y científica que acumuló este jesuita ejemplar que hizo del estudio y la difusión del arte del Japón, algo que hasta entonces no había preocupado nunca a los historiadores del arte españoles, uno de los medios de evangelización y proyección hacia los demás, y que a él le empezó a preocupar cuando, llegado allí, siguiendo los caminos de Francisco Javier, conoció el alma de este pueblo admirable y de tan rica sensibilidad, y le cautivó. No fue al Japón para estudiar su arte. Fue para entregarse a aquella sociedad en lo que pudiera ser útil. Pero, estando allí, conoció su arte, lo admiró, lo asimiló y nos trajo a nosotros los conocimientos que había adquirido. Fue con una misión espiritual y, cumplida ésta hasta donde sus superiores lo creyeron conveniente, volvió con un rico bagaje intelectual. Y con el mismo espíritu de servicio con que había llevado allí sus ideas evangelizadoras, volvió trayéndonos lo que allí había adquirido, y con generosidad lo puso a nuestra disposición, por lo que la Prof. Barlés puede considerarle en el título de su libro, con todo merecimiento, como “maestro y pionero del estudio del arte japonés en España” y dedicarlo a “todos aquellos misioneros que fueron al País del Sol Naciente y lograron crear un sutil puente de unión entre dos pueblos, lejanos en la distancia, pero cercanos en el corazón”. Durante mucho tiempo sus libros fueron prácticamente los únicos sobre la materia en español y todavía hoy son obras clave para alcanzar una auténtica comprensión del arte del Japón.
La Prof. Barlés nos narra con detalle las peripecias de su viaje inicial con algunos compañeros jesuitas, un viaje en trasatlántico que duró más de un mes y en el que hubo de todo, grandes alegrías en la visita a ciudades emblemáticas de todos conocidas, y emblemáticos mareos, sobre todo en su etapa final, hasta llegar al puerto de Yokohama, en la bahía de Tokio. Un viaje más parecido al que hace casi 500 años realizara Francisco Javier que a los que podemos realizar en nuestros días en unas cuantas horas.
Dirigía entonces aquella misión, continuando la tarea del santo navarro, otro español excepcional, Pedro Arrupe, de quien Fernando García llegará a ser gran colaborador y amigo durante muchos años, del que admiraba su optimismo vital y su claridad de corazón, y del que aprendió, sobre todo, que uno debe hacerse como aquellos a los que pretende evangelizar, que quien va a un país a evangelizar no debe tratar solo de enseñar, sino que también debe saber escuchar y reflexionar e integrarse, pues no se trata de cambiar ni de destruir lo autóctono, sino de complementarlo y enriquecerlo, principios que Fernando hará suyos, y que le llevaban a decir, escribe la Prof. Barlés, que “el descubrimiento personal de Japón fue algo imborrable en mi memoria y en lo más hondo de mi corazón…, lo que más me ha enriquecido humanamente”.
En un capítulo especialmente dedicado a García Gutiérrez como estudioso, profesor y divulgador del arte de Japón en España, afirma Barlés que el jesuita reunía todas las cualidades necesarias para ser un gran investigador, inteligencia, curiosidad, capacidad de análisis y de síntesis, rigurosidad y facilidad tanto para escribir, tarea que le entusiasmaba, como para hablar, lo que hacía con profundidad y sencillez, de manera que podía hacerse entender por todos con facilidad, tanto en castellano como en japonés, idioma que llegó a hablar con corrección y fluidez, y en el que le gustaba comunicarse con los nativos siempre que tenía ocasión de hacerlo. Y en ambos idiomas sabía transmitir, con pocas palabras, la esencia de lo que quería enseñar.
Sus trabajos de investigación, relacionados y analizados en el libro con exhaustividad, pueden considerarse hitos historiográficos en el estudio del arte del País del Sol Naciente en España, del cual le asombraba sobre todo, dice la Prof. Barlés, su minimalismo, su capacidad para expresar mucho con el mínimo de elementos y para encontrar belleza en los aspectos más cotidianos y aparentemente vulgares de la vida, así como su estrecha relación con la Naturaleza.
Elena Barlés dedica un capítulo especial a García Gutiérrez como coleccionista de arte oriental. Y es que, durante sus años de misionero, había conseguido reunir, fruto de regalos y donaciones por servicios prestados de manera altruista, una valiosa colección de arte chino y japonés, que acabaría donando, en nombre de la Compañía de Jesús, a la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla. La había expuesto por primera vez y dado a conocer, pocos años después de su regreso a España, en el Museo Arqueológico de Sevilla, cuando nosotros éramos su director. El mismo, personalmente, se había hecho cargo del montaje de aquella exposición inicial, como personalmente se haría cargo unos años después, de su montaje definitivo en la Real Academia de Bellas Artes. Y tal como él la montó, permanece expuesta, haciendo Elena Barlés, que conoce profundamente tanto el arte japonés como el chino, un pormenorizado análisis de su rico contenido, con unas piezas que pueden considerarse únicas, y otras más conocidas, como las relacionadas con la ceremonia del té, que tan bien representa, nos dice la profesora de la Universidad de Zaragoza, el espíritu del zen y sus principios estéticos, austeridad, soledad, naturalidad, un auténtico deleite estético, intelectual y sensorial, que hace que los participantes en la ceremonia se olviden de sí mismos y entren en un profundo estado de paz interior y de unión y armonía con sus semejantes y con la naturaleza exterior.
Los dos últimos capítulos del libro los dedica la autora a dejar constancia, por un lado, de los reconocimientos y galardones que en vida recibió el biografiado, de los que él nunca presumió, y ni siquiera quiso exhibir públicamente, y, por otro, del agradecimiento que cuantos tuvimos el privilegio de tratarle, le debemos, pues a todos nos enriqueció, bajo el punto de vista espiritual, humano y científico, ya que fue, como dice la autora en las páginas finales, “un ejemplo de vida hasta su último adiós”, “un regalo de Dios para toda la humanidad”, puntualiza Mitsue Takahara en la entrevista que la autora le hace. Y nosotros, que estamos entre esos privilegiados, dejamos también constancia de ello. Y no solo queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento al buen sensei, que tanto nos enseñó, sino también a la autora de este completo libro, la Prof. Elena Barlés, por habernos sabido transmitir de manera tan clara y tan cercana los rasgos de su rica personalidad.
Y nuestro agradecimiento también a la Asociación de Amistad Hispano Japonesa Hasekura Tsunenega, de la que el prologuista, el que fuera Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía y Rector de la Universidad Internacional de Úbeda, el Prof. Juan Manuel Suárez Japón, cuyo elocuente apellido en este contexto lo dice todo, es Vicepresidente Ejecutivo. Y han tenido el acierto de incluir esta obra dentro de sus publicaciones para dar a conocer las seculares relaciones que unen aquel lejano y bello país del Pacífico con la pequeña localidad sevillana de Coria del Río, a orillas del Guadalquivir, hasta la que llegaron, en misión diplomática, algunos de sus hombres, y en ella se quedaron, dejando para siempre testimonio de su presencia. Para esta Asociación, por tanto, y para el Ayuntamiento de la ciudad, que lo ha patrocinado, también nuestra felicitación y nuestro agradecimiento.
Desde el cielo, en el que se halla, Fernando García Gutiérrez nos mirará complacido a todos con su ya eterna sonrisa.