Un artista figurativo con muchas figuraciones

Es toda una señal de poderío que Daniel Quintero haya desembarcado en Zaragoza con dos exposiciones seguidas y superpuestas, en la Lonja y en el Museo Pablo Gargallo. No ha traído demasiados retratos de grandes personalidades –el propio Juan Alberto Belloch ha posado para él– gracias a los que ha obtenido fama, dinero y la aclamación del público; pero sí hay los suficientes, incluido el de Almodóvar, como para atraer grandes masas de zaragozanos, que quizá se habrán quedado un poco más perplejos ante sus cuadros de personajes judíos o vistas de Israel, o ante sus curiosos bodegones y divertidos paisajes de contradictorias perspectivas. Algunos de ellos son divertidísimos, a la vez que muy eruditos, con referencias a Mantegna o a la pintura surrealista y metafísica. Hay siempre en él un dechado de buen oficio, tanto por su maestría en el dibujo como por su habilidad con los colores, pero ya está de vuelta de todo eso, así que para no ser reiterativo añade pizcas de ironía aquí y allá. Así, los elegantes hermanitos Quintero lucen sombreros de copa como el que Goya colocó en el retrato de su nieto Marianito, pero no están concentrados en aprender música, sino jugando como personajes de Chardin, aunque no con naipes sino con billetes de quinientos euros… Los paisajes naturales son serios, sobre todo los más antiguos, de una cualidad panorámica digna de Aureliano Beruete, pero conforme pasan los años se pueblan de casas o construcciones y dan paso a una mirada surrealista de ciudades imposibles, erizadas de torres retorcidas en varias direcciones, cuyas calles están a menudo habitadas por un ser solitario, o por personajillos que apenas divisamos desde lo alto. En realidad, esta estética fantasiosa es como una vuelta a los orígenes, pues en la exposición del Museo Pablo Gargallo podemos comprobar que su trayectoria comenzó a caballo entre el realismo mágico y el hiperrealismo, que practicó con maestría en planchas al aguafuerte casi siempre de pequeño tamaño: aquí la exposición se remonta hasta 1969, y curiosamente hay en cambio una laguna entre 1982, fecha en la que parece terminar su trayectoria de acuafortista, y su grabado al barniz blando fechado en 2002 titulado Honore, que por lo visto es una rareza. Aparece expuesto junto a algunos autoretratos, de la misma forma que en la Lonja se entrevé una búsqueda de afinidades entre el aparente juego aleatorio de un ordenamiento que no es estrictamente cronológico ni por géneros. Parece ser que es el propio artista quien lo ha propuesto, lo cual le da un valor añadido, como lectura de la exposición.

Daniel Quintero en la Lonja y el Museo Pablo Gargallo, Zaragoza

Número 14

Marzo 2011
Jesús Pedro LORENTE
Director de AACADigital
Fecha de recepción: 15/3/11
Fecha de aceptación: 15/3/11
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