Treinta y seis formas de ver una obra maestra

Probablemente en nuestro país, uno de los historiadores del arte que más y mejor conozca el arte japonés y cómo han ido influyendo en uno u otro sentido, las relaciones culturales hispano-japonesas, sea David Almazán. Pocos días antes de que las campanadas cierren el año 2019, llega a las librerías un nuevo volumen editado por el profesor Almazán en el que recoge y estudia a fondo la serie completa de Treinta y seis vistas del monte Fuji, obra del más famoso de los artistas japoneses dentro y fuera de su país, Hatsushika Hokusai (1760-1849). El volumen es un auténtico deleite para los sentidos, editado en formato álbum, recoge toda una enciclopedia visual de la cultura japonesa de la primera mitad del siglo XIX. Por lo que esta obra se convierte en una referencia indispensable para todos los amantes del arte, de la cultura japonesa, e incluso, de los interesados por el manga.

Con el paso del tiempo, Hokusai se ha convertido casi en un artista legendario, a pesar de su modesto origen. ¿Quién no conoce La gran ola? Sin embargo, por mucha fama que hubiera alcanzado el artista, por nacimiento pertenecía al grupo de los artesanos -recordemos que en Edo, entonces capital del Japón, que tras 1869 pasó a llamarse Tokio, la ciudad que vio nacer a Hokusai, gobernaba el clan Tokugawa desde comienzos del siglo XVII con un férreo sistema de clases sociales muy centralizado dominado por los samuráis y compuesto por los agricultores, artesanos, comerciantes y finalmente los grupos marginales-. Hokusai era, por tanto, un artesano del ukiyo-e, un arte popular que representaba el mundo flotante, esto es, el mundo de las diversiones. Pero Hokusai quería ser artista, no artesano. Su sueño era realizar sus propios diseños y abandonar el oficio de grabador. Su oportunidad le llegó con dieciocho años, en 1778, cuando fue aceptado como aprendiz del pintor Katsukawa Shunshö (1726-1792), que estaba especializado en la producción de estampas teatrales. Este género de representaciones de actores, o yakusha-e, era uno de los más exitosos de las estampas ukiyo-e. Estas estampas estaban dirigidas a las clases medias de las ciudades, cuya máxima diversión era acudir a los teatros y pagar su entrada para ver a los actores de moda de los dramas del popular teatro kabuki. Los aficionados querían tener sus “pósters” en color de sus estrellas favoritas y los editores orientaron la producción de grabados ukiyo-e a este fin, que para los actores era también muy ventajoso, pues multiplicaba su fama. Pero el principal atractivo del grabado ukiyo-e fue la obtención de impresos en color, sin necesidad de pintarlos a mano. Sin duda la clave del éxito de Hokusai fue la profusión de libros y manuales que hizo el artista japonés a lo largo de su vida, que se siguieron editando ininterrumpidamente, aunque no siempre con el mismo nombre. En 1819, Hokusai cambia de nuevo el nombre, antes se había hecho llamar SóriyTaito. Ahora lo cambiaba de nuevo por el de Iitsu, que significa “otra vez uno”, que no sería su último nombre; firmó sus últimas pinturas con el estrambótico nombre de Gakyö Röjin Manji, literalmente “el viejo loco por la pintura”.

 

La esencia de la vida y la naturaleza

La naturaleza es el gran tema del arte japonés, pero en el ukiyo-e, hasta Hokusai, era un género menor que se había hecho un hueco en el negocio de las estampas gracias a vistas de lugares famosos o meisho. La gran novedad de Treinta y seis vistas del monte Fuji fue convertir a esta montaña en la protagonista única de una gran serie. Estas vistas se iban alternando con una diferente ambientación atmosférica y lumínica de las diferentes estaciones del año, situaciones climáticas u horas del día. No se trata del itinerario de una peregrinación. En realidad, el autor buscaba en su planteamiento sorprender al espectador, alternando vistas ya muy afamadas con nuevas composiciones novedosas e impactantes. En todas estas vistas son raros los paisajes puros, pues Hokusai tiende a incorporar a sus diseños escenas de la vida cotidiana de lugareños y viajeros. Gracias al uso de la composición en diagonal que imprimen profundidad, creatividad e imaginación a las escenas, Hokusai fue pronto elevado a la categoría de los grandes genios europeos como Miguel Ángel, Rembrandt o Goya. Aunque la serie lleva por título Treinta y seis vistas del monte Fuji, por el éxito de ventas de esta obra Nishimuraya Yohachi, el editor de Hokusai, acordó la ampliación, realizando diez estampas más para la serie, con las mismas características y con el mismo título, al que tampoco se le añadió ningún subtítulo. Por esta razón la serie tiene, a pesar del título, no 36, sino 46 estampas en total.

 

Un hito de la Historia del Arte universal

La gran ola de Kanagawa, es la más famosa de las obras de arte de Japón, hasta llegar a convertirse en un icono del País del Sol Naciente. En esta obra el autor llega a la culminación de su arte, con un estilo propio e inconfundible, cuando ya en su madurez se ha convertido en un gran genio, no sólo del arte japonés, sino del arte universal. La amenazante ola, junto al monte Fuji, casi parece una valiente interpretación del tai-kyokuzu, esto es, la representación de los principios taoístas del yin y el yang que rigen el universo y lo relacionan en la unidad de conceptos opuestos como lo lleno y lo vació, la fuerza y la debilidad… etc. La fuerza de la naturaleza queda reflejada en otras importantes estampas que forman parte de esta insuperable serie. La Tormenta bajo la cumbre, junto con La gran ola yFuji rojo, forman el triunvirato de las Treinta y seis vistas del monte Fuji. Tampoco debemos olvidarnos de otras excepcionales estampas como: Entre las montañas, provincia de Tótömi o la estampa El paso de Mishima, provincia de Kai,  una de las más simpáticas e inolvidables, por su equilibrio y aparente sencillez, que consigue unir un episodio anecdótico con un extraordinario paisaje de una manera creativa y original.

Hokusai, en sus estampas, eleva el día a día de la vida de sus conciudadanos a la categoría de obra de arte.