Treinta años de éxito artístico a las afueras del barrio de San José de Zaragoza: el Mesón La Topera 1982-2012

 

En estos difíciles momentos que nos ha tocado vivir, estamos acostumbrados a valorar los espacios expositivos a partir de sus posibilidades de supervivencia. Yo no soy de los que creen que la voluntad es suficiente en términos populares para que se produzca un cambio si no viene ayudada, -por lo pronto-, por un mecanismo lógico o económico. Sin embargo y contra cualquier expectativa, el mesón La Topera ha contradicho esta presunción. Ha logrado el apoyo de toda una comunidad de artistas, críticos y comisarios de arte, y ha demostrado que ésta está más unida de lo que muchas noticias tristemente quieren hacer ver. El arte de la ciudad, cada vez más falto de espacios expositivos fácticos y de una cobertura por parte de medios, se alía con los pequeños negocios, en este país evidentemente con la hostelería, para asegurar juntos sus desarrollos. Y ha sido precisamente este mesón, quizás junto con otro histórico como el Bar Bonanza, el que ha demostrado poder prolongar su empeño en el apoyo de las artes plásticas y de la fotografía mediante la organización de exposiciones. Al fin y al cabo, y tal y como advierte el comisario de esta exposición Manuel Pérez-Lizano Forns, en una breve pero cuidada presentación en forma de marca-páginas, “la trayectoria expositiva de muchos artistas comienza en las paredes de bares y mesones, lo cual adquiere indiscutible importancia en el recuerdo de sus primeros balbuceos, sobre todo con la decisión de atreverse a exponer la primera obra que marca para siempre su futuro creativo”.     

No obstante, esta apreciación va más allá de la exposición, pues no hay que olvidar que La Topera ha dedicado su espacio a exposiciones desde no hace muchos años a pesar de su treinta aniversario. Debe haber algo más porque, tal y como asegura la fenomenología estética, es la vivencia lo que corre por las venas solidificadas de las obras plásticas. Y estas vivencias muchas veces comienzan en el sagrado espacio de un bar. Esto lo conocemos bien los asiduos y amantes del alterne, de la efimeridad de la ciudad baudelariana transfigurada en la democracia benjaminiana de la reproductividad, porque aquellos que buscan la singularidad del momento, quizás en el fondo se estén inmiscuyendo en la reproducción del mismo ansiados de su propia constatación y validez. Y sin querer por mi parte poner en entredicho las constataciones científicas que afirman que la creatividad se reduce bajo los efectos del alcohol o de otras sustancias que alteran la percepción de la realidad, es fácil afirmar que sobre el hormigueo de una barra se produzcan los primeros indicios de esta actividad, en primer lugar por la seguridad de sí mismo que produce el alcohol en sus primeras combustiones en sangre, y luego porque no se trata sólo de alcohol. En un mesón se hace y se consume mucho más. Sin ir más lejos, uno de los tres gestores de La Topera –Germán Díez- extiende esta creatividad a la preparación de una cocina “distinta” si nos hacemos eco del adjetivo empleado por Manuel Pérez-Lizano, el cual se me antoja muy adecuado. A fin de cuentas, lo artístico, en tanto que actividad creativa y constructiva que nace en la contemplación analítica de la realidad, se fundamenta en la exclusividad, en la ruptura de una continuidad en opinión de los formalistas rusos. No es de extrañar que Alfred Jarry haya denominado la ciencia de Ubu, -la suya propia, la Patafísica-, la “ciencia de las exclusividades”. Con ello la alzaba como la máxima expresión de la poesía, la más acabada y extendida expresión del arte, la ruptura y la muerte de sí mismo, de su cerco restringido, siempre necesitado de su disolución en la realidad de la que surgen para, como una pompa de jabón, eclosionar de nuevo sobre la materia. En la Topera el arte se sirve con cuchara y tenedor para ser engullida. Ya no se trata de bohemia decadente, sino de fisiología, de cómo establecer lo mecánico de un ciclo cerrado sobre las necesidades orgánicas, de la alquímica relación entre la existencia y el consumo. El arte, ante su actual inutilidad, siempre es presentado como un sacrificio mesiánico y no como una estructuración del ego –social o individual-, siendo que la creatividad siempre nace, en un primer momento, de una relajación de los esfínteres, los cuales establecen la energía alterna al necesitar de la contracción de los mismos para su equilibrio existencial. Por esta razón, aquellos que confiamos en la barra como mesa de trabajo, hemos asimilado el sistema de producción en cadena que define nuestra contemporaneidad, y hemos dejado que sustituya la decadente concepción de alma con el fin de afirmar la fisicidad de la carne, ahora aliada de la máquina. Como prueba de todo ello, también encontramos alquímica la diversidad productiva procedente de un único rincón, de una constante situación, la de la sacralidad de la barra que define el presbiterio, lo que predetermina dos puntos de vista contrapuestos: el del ceremoniante y el del feligrés. Quizás por esta razón los gestores de La Topera decidieron, con el fin de aproximar estas dos posturas opuestas, ubicar el espacio expositivo en la pared situada frente a la barra, porque si el cliente tiene ante sí el iconostasio del fondo de la misma, ellos disfrutan de la expresión derivada. De este modo, cerrando el ciclo en un nuevo circuito retro-nutritivo, han ubicado para sí mismos el arte cosechado. El consumidor debe girarse para contemplarlos. El camarero no. Y esto no impide que expongan con asiduidad la producción de Germán Díez en un alarde de objetivación, artista que comenzó su carrera a mediados de la década de 1980 en el seno del grupo Somatén Albano, y quien no ha dudado en participar con su propia obra en este homenaje.

A los ojos de un imaginismo materialista propio del mismísimo Gaston Bachelard, las obras se yuxtaponen como los encuentros en un bar. Adoptan la  forma de retablo, de iconostasio, de relicario. Materializan la propia estructura de su interior como si se tratase de un ente creativo inmenso y supraindividual. Al fin y al cabo, ya hemos visto cómo el negocio hostelero parte de una codificación y simbolización de la frontalidad tan próxima a la pintura, al icono, a pesar de la variedad de las situaciones vividas en un espacio tan reducido, hasta el punto de poder definirlo como un condensador de situaciones, lo que encuentra su expresión más acorde en la variedad disciplinar e interdisciplinar de lo exhibido por los artistas participantes de este singular cumpleaños: las obras objetuales de Germán Díez y Pedro Bericat, el “optical gestual” de Luis Marcos, el fotocollage al que Ignacio Mayayo se ha entregado desde la década pasada como extensión de su producción dibujística al participar de una misma concepción; los collages de Víctor Manuel de Luis Arnal, Pascual Loriente o Paco García Barcos; la poesía visual de Pierre d la –maestro indiscutible en Aragón en esta modalidad junto con otros exponentes como Isidro Ferrer, también presente en la muestra-, de Antonio Chipriana (más conocido por su accionismo), de Tomás Gimeno, de Paco Medel o de José Luis Cano curiosamente; el estilo naif de Rayo de Luna –famosa en los círculos de Caligrama-Pata gallo en los ochenta-, la fotografía de José Luis Sanmartín, La iconografía de Ángel Laín –propia en esta ocasión de un Pierre Molinier-, la geometría de Edrix Cruzado, el organicismo de Cristina Beltrán, la gestualidad casi automática de Pedro Sanz, y una serie de hibridaciones que encuentra resolución en la aportaciones de representantes ya consagrados del arte contemporáneo aragonés como Sergio Abraín, Pascual Blanco, Paco Simón, Paco Rallo, Valtueña, Miguel Ángel Arrudi, Vicente Villarrocha, el grabador Pepe Bofarull, el diseñador gráfico Manuel Estradera, los escultores Alberto Ibáñez y Ricardo Calero, etc., hasta artistas más jóvenes como Dionisio Platel o  José Luis Lomillos.    

            Con todo ello, la Topera ha roto la frontalidad de las relaciones empresario-cliente creando un nuevo ciclo cerrado pero infinito, porque ha ampliado su espacio al contraponer al clásico espejo que amplía el espacio tras la barra, otro situado enfrente de la misma. 

Número 21

Diciembre 2012
Manuel Sánchez Oms
Miembro de AECA y de la junta directiva de la AACA
Fecha de recepción: 31/12/12
Fecha de aceptación: 31/12/12
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