Quiero hacer omnipotente la influencia del clero, porque cuento con él para difundir esa sana filosofía que enseña al hombre que está aquí abajo a sufrir, y no esa otra que, por el contrario, le dice: ¡Disfruta!
Con las palabras del Sr. Thiers, (Adolphe), aludiendo al pensamiento adoctrinario imperante en la Francia de mediados del siglo XIX, hacemos referencia al libro que las acoge, El derecho a la pereza de Paul Lafargue, para abrir la reseña que esta vez nos ocupa.
Autorretrato de otro es el título de la exposición retrospectiva de uno de los grandes del patrimonio cultural japonés. El MNCARS la ha privilegiado con un amplísimo margen temporal, ya que desde abril al 8 de septiembre la hemos podido visitar en el Palacio Velázquez del Retiro, en Madrid. Compuesta mayoritariamente por pintura, el saturado público occidental no deja de sorprenderse ante su propia capacidad de volver a interesarse por posar los ojos sobre una simple imagen, y es que Ishida alberga la sencillez crítica de quien denuncia con lógicas severas, pero rehuyendo de la pueril persistencia de llamar la atención ante todo. No hay violencia, pero la agresión acude a recibirnos vestida de metáforas. No podemos hablar de secuestro, mas la falta de luz en los ojos de sus retratados, todos idénticos, todos anónimos, delata un silencio que lo dice todo. Tampoco podemos aventurarnos a describir escenas de reclutamiento militar obligatorio, al menos, hasta que nos zambullimos en una de grandes formatos que Ishida nos regala y donde se asevera la gigalítica presión social que legitima un sistema laboral aliado del sistema educativo, mecanizado hasta extremos aterradores. Todo está conectado, es el caso de Convenience Store Mother and Child, o Cinta transportadora de personas, ambas obras del mismo año (1996).
Sin intención de obviar ninguna circunstancia, y dado el carácter testimonial tan personal de la muestra que nos atañe con respecto al contexto del que nace, en contraste con el tiempo en el que ahora se expone, merece la pena pegar un salto a los juicios de valor que últimamente impregnan las exposiciones más internacionales. Es el caso proveniente de señaladas voces de la crítica de arte latinoamericana, que se muestran reticentes ante la utilidad simbólica de “ONG” que el arte va adoptando, cual moda, cuando se presenta con contenido de denuncia. “El arte no es una ONG” dicen. Lo único que puedo alegar al respecto es que mientras el móvil emocional sea sincero, y demuestre una óptima aplicabilidad en su transfiguración artística, da exactamente igual que una obra de arte sea una ONG o un pan con chorizo. Con cada vez mayor frecuencia, los artistas nos vemos implicados en movimientos sociales, porque sencillamente somos parte integrante de su tejido, y compartimos el impacto de las consecuencias de aquellos sucesos que nos perjudican. Si al arte se le cohíbe de reaccionar diciendo que para eso ya están las ONGs, quedaría privado de la libertad de creación que lo caracteriza para este y muchos otros temas más.
El caso de Ishida es una serie crítica, un grito de auxilio que nace en la segunda mitad del siglo XX en respuesta de un inconformismo no-radical hacia la imperancia de estrictos y selectos modos de vida para los japoneses y japonesas. Es la angustia hecha trauma de toda una generación, que vio sus esperanzas de empleabilidad decepcionadas por la crisis que golpeó al país del sol naciente en los 90. Aún a día de hoy, persiste esa confianza de estructurarlo todo en torno al trabajo, haciendo del ocio un mercado, creando pensamientos que inducen al consumo para saciar cualquier necesidad, y promoviendo la dependencia de la tecnología a extremos insospechados. Existe en todo este proceso una deshumanización del sujeto, que proyecta ironías hacia el beneficio común a costa de cualquier sacrificio individual. Heredero del comunismo chino, quien no sigue a las masas y cumple con sus exigencias, es apartado inmediatamente con la normalización del suicidio como vía de escape y en el ensombrecido, pero enorme número de personas sin hogar.
El trabajo de Ishida tuvo una trayectoria corta de diez años, pero es uno de los testimonios históricos más veraces sobre una época concreta en la que las grietas de un sistema perfecto lo surcaron de sur a norte. Algo que no nos deja indiferentes a nosotros los occidentales, confinados en nuestra burbuja europea semiperfecta, confiados de nuestra diferencia como constantes testigos pasivos, consolidados elitistas.
Con ello, finalizo esta crítica cerrándola en círculo, volviendo al principio, a la Francia del siglo XIX con el Sr. Thiers y teniendo que preguntarme a mi mismo a día de hoy si disfrutar, si escapar a la montaña a respirar algo llamado aire, si trabajar no más de 10 horas diarias, si pasarlo bien sin haber gastado ni un céntimo, si andar sin prisas por la calle, si rechazar ser competitivo con mis amigos, si volcar importancia a los sueños en vez de a los sistemas, si encontrar tiempo para jugar como un niño más en el parque, constituye o no un delito contra la sociedad en la que vivo.


