Tirar del hilo: la urdimbre del arte y lo humano

ARTIUM, el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo de Vitoria-Gasteiz, acoge actualmente un ambicioso proyecto bajo el lema genérico Tirar del hilo. Se trata de una apuesta muy fuerte por parte de dicho centro, de ahí que la misma ocupe varias salas durante casi un año, lo que da idea de la magnitud del proyecto. Sin ir más lejos, añadiremos que en él se engloban tres exposiciones de primerísimo nivel, a saber: Alma de entraña, Montaje de atracciones y La imagen especular. El conjunto que configuran alcanza una calidad difícil de igualar dentro de nuestras fronteras, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta que, aun habiéndose recurrido a los fondos que posee el museo, nos encontramos ante una de las mejores colecciones públicas de arte contemporáneo existentes en el territorio nacional. Anotaremos también que esta relevante exposición –o proyecto, como subrayan sus tres comisarios- coincide con los diez primeros años de ARTIUM, de ahí que pueda afirmarse rotundamente que la celebración de tal efeméride se conmemora, al menos en el plano estético, a lo grande.

Una particularidad que se hace obligado destacar es que las tres exposiciones inician su recorrido con la obra de Jorge Oteiza Homenaje a Velázquez[1](1958). La misma supone una pieza fundamental del “propósito experimental” que el creador guipuzcoano desarrolló (teorizando y relacionando en él el vacio y la  materia, el espacio de lo sagrado y de lo humano, la estética y la lingüística, y el compromiso del artista con su contexto). Un origen común para tres recorridos diferentes que, articulados a través del amplio legado que compone la Colección ARTIUM, dibujará una descriptiva cartografía del arte contemporáneo (y, con ello, un fiel reflejo del hombre actual, marcado, precisamente, por la “ruptura del hilo” que venía tejiendo la idea de continuidad histórica característica de la modernidad).      

Hecha la anterior apreciación, nos centraremos ahora en Montaje de atracciones, uno de los tres pilares que sustentan el corpus de la muestra y que se definirá por adoptar o interpretar el cine como referencia clave para establecer un paralelismo entre el montaje expositivo y el montaje fílmico. Con ello se pretende desarrollar un relato desde el cual se aborde una revisión de la colección ARTIUM en su vertiente sociopolítica[2](con todo lo contradictorio y complejo que ello puede suponer, según admite su comisaria, Blanca de la Torre).  No obstante, asumiendo el fin que tuvieron las vanguardias históricas, el enfoque desde la perspectiva anotada no puede ser planteado actualmente sin cierta dosis de escepticismo e ironía. De este modo, aunque se recurre a la figura de Eisenstein como paradigma del creador que entiende el cine “como una construcción intelectual y dialéctica (…) menos como representación que como discurso articulado”, se acabará por aceptar la práctica artística, no sin cierta resignación y sarcasmo, como parte de esa industria del entretenimiento que tanto peso tiene en una sociedad como la nuestra (por algo llamada del espectáculo por Guy Debord). En la línea del cineasta de origen letón descubrimos nuevamente la presencia de Oteiza, pero esta vez para contemplar el material de archivo de su inacabada incursión cinematográfica Acteón[3], (un proyecto cuyos planteamientos le acercarían a Brecht y al propio Eisenstein toda vez que buscó “sacar al espectador de su ensimismamiento y pasividad”.

Una vez dejado atrás la “pieza” de Oteiza, encontramos una sucesión de obras que reflexionan sobre la propia imposibilidad de representación de lo socio-político, recurriéndose a un discurso de micropolíticas cuya finalidad es crear un escenario adecuado de investigación estética. Objetivo nada reprochable una vez asumida la incapacidad del arte para moldear la realidad, de ahí que dar cuenta del relato distópico que el ser humano va escribiendo desde su cinismo y pesimismo no sea poca cosa. Atendiendo a unas problemáticas universales en un mundo cada vez más homogéneo y también más desorientado, encontraremos proyecciones y obras que aludirán a conflictos identitarios, violencia sexista, explotación, terrorismo, etc. (apoyándose para ello en piezas de Alfredo Jaar, Rogelio López Cuenca, Carles Pazos o Francesc Torres, entre otros). En definitiva, se construye un discurso mediante el cual se pretende lograr que el espectador distinga “lo que ocurre de lo que se le explica”, aunque, mucho me temo que, en estos tiempos que corren, ello es prácticamente una quimera, (si bien estaría encantado de errar en mi pronóstico y constatar que el soplo de lucidez que la exposición aporta permanece en el público cuando, al abandonar el museo, toda vez que en el exterior nuestro devenir cotidiano, a veces alienante y siempre salpicado de urgencias, no suele ayudar al replanteamiento crítico de aquello que nos rodea y constituye).

El segundo pilar que sostiene la sólida apuesta de ARTIUM lleva por título Alma de entraña, y si anteriormente el objeto de atención atendía al exterior, al contexto que nos circunscribe y condiciona, esta vez tratará de un viaje al interior de la persona. El ser humano, desde una mirada introspectiva, busca responder a las preguntas que se hace sobre sí mismo. Aquí, Daniel Castillejo ha diseñado, en un montaje generoso con diferentes autores, estilos y generaciones, un itinerario para que el público realice un viaje por los distintos conceptos que se plantean sobre nuestro universo interior desde variadas poéticas. Partiendo, como venimos señalando, de la pieza Homenaje a Velázquez (1958), se inicia el itinerario expositivo en el espacio denominado -como no podía ser de otro modo- El Útero. Simbólicamente, la matriz, que es “el inicio de todo”, también lo es del recorrido que se ha diseñado al efecto, de ahí que Castillejo nos invite a “tirar del hilo” desde ese punto de partida para descubrir nuevas obras que representarán el nacimiento y adquisición del entendimiento y de la conciencia del ser humano desde la no-existencia, (lo cual nos hace recordar aquí la idea platónica de poiesis entendida como “causa de la conversión de no-ser a ser”).

Iniciado el periplo por la sala que acoge la exposición, se irán sucediendo diversos ámbitos a los que, premeditadamente, se les han asignado unos reveladores y concisos títulos. De esta manera, en El salto se aborda la adquisición de conciencia por el hombre. En El doble se reflexiona sobre la aparición del otro y la diferencia, mientras que en Lo líquido se alude al fluido vital. Les seguirán El adentro (sentido y entraña), La relación (familia y socialización), La cabeza, La confusión (ambas incidirán en los vínculos y la mediatización) y, por último, La pregunta, abordando la abstracción, el signo y la trascendencia. Una travesía que invita a la autorreflexión pero también al disfrute visual, pudiendo contemplarse obras muy diversas que dialogan entre sí y, obviamente, con el propio espectador. En este caso, por dar un listado resumido de los artistas que se pueden contemplar, citaremos a Elssie Ansareo, Pepe Espaliú, Joan Fonctcuberta, Luis Gordillo, Juan Muñoz, Jaume Plensa, Francisco Ruiz de Infante, Eulàlia Valldosera y Joana Vasconcelos.[4]

A través de este granado arsenal se entiende que la pretensión subyacente no ha sido otra que la de esbozar una metáfora de la propia capacidad del ser humano de generar argumentos “para la supervivencia en el torbellino vital, para seguir adelante hasta el fin”. Aspiración loable y que, como sabemos, es motor y meta de todo individuo, pero la misma no garantiza que se logre dotar de sentido a nuestra existencia ni dilucidemos con ello hacía dónde nos dirigimos. Sea como fuere, lo cierto es que el arte, o, mejor dicho, el artista, especialmente sensible a lo que se ha entendido por “filosofía de la trascendencia” (materializándose ello en su práctica creativa), se entrega a su obra para dar cuenta de lo más genuino y universal del hombre: sus miedos, sus deseos, sus dudas, sus sueños… Todo lo cual desemboca en aceptar que quizá el arte no tenga más razón de ser que buscar una respuesta a los enigmas de la existencia humana, debiendo aceptar, con amargo heroísmo, la imposibilidad de tal misión.[5]

Planteadas diferentes cuestiones de gran calado a raíz de la revisión de las dos exposiciones descritas, nos queda por abordar el tercer bloque que estructura la terna. En esta ocasión, el recorrido que se presenta ha sido proyectado por Enrique Martínez Goikoetxea, respondiendo al sugerente título de La imagen especular, lo cual permite intuir que la propuesta se inspira en un enfoque autorreferencial del proceso artístico.  De ese modo, resultará lógico encontrar un predominio de obras abstractas en la exposición. No olvidemos que también se parte del “oteiziano” Homenaje a Velázquez para que, tirando del hilo, descubramos un entramado de citas, referencias y manifiestos que nos revelarán lo que fue la trama del arte español a lo largo del último siglo. Un largo periodo en el que se evidencia que la abstracción fue la principal herramienta de renovación, y, muy especialmente, durante la dictadura. Con todo, para numerosas voces, semejante postura de “ensimismamiento” –parafraseando a Rubert de Ventós- implicaría un proceso que desligaba al arte de la realidad del mundo, quedando  desprovisto el mismo de toda ideología. Habrá que anotar aquí que, en sentido estricto, dicho arte no llegó a ser tan aséptico como pudiera parecer a simple vista. A fin de cuentas, el arte por el arte significó un espacio de libertad creativa en un periodo marcado por un fuerte encorsetamiento social y cultural, lo que no es poco. Es más, tal y como evidencian algunas obras expuestas, aunque inciden en la relevancia del medio y del propio lenguaje artístico, no camuflan su actitud crítica y analítica tanto hacia el arte como a su repercusión en la vida.    

Avanzando cronológicamente, comprobamos que en los años setenta los creadores, aun manteniendo el valor del lenguaje, comenzarán a señalar las grietas de la objetividad moderna, “añadiendo capas de subjetividad en su análisis”. En esa línea, en las últimas décadas del siglo pasado la crisis de discursos y valores traería consigo una mirada ácida y crítica al objeto, abriéndose un debate prácticamente ontológico sobre el arte, es decir, sobre su razón de ser, que llevará a replantear y cuestionar los mecanismos que dotan de “artisticidad” al objeto[6], no escapando a ese debate la propia función de los autores. No obstante, aunque también habrá cierto poso de melancolía en este tipo de reflexiones, lo cierto es que las mismas no serían abordadas sin cierta dosis de ironía y parodia (viniendo a confirmar todo ello, a fin de cuentas, la homologación de nuestros artistas con los discursos imperantes en la escena internacional). Asimismo, fueron numerosos los creadores que optaron por fijar su mirada en la propia historia del arte, bien desde una postura de clara evocación y adoración, como desde un posicionamiento frontalmente opuesto y desmitificador. Este registro, sumado al planteamiento anteriormente descrito, sumerge de lleno a los artistas de fin de siglo en la postmodernidad. De este modo, podemos afirmar que el resquebrajamiento del discurso moderno se vio reflejado en el campo del arte a través del eclecticismo, el apropiacionismo y la citación.

Todo ello quedará patente recorriendo la exposición, entremezclándose a su vez en el espectador sensaciones que van desde el reconocimiento hasta la sospecha, tal y como ha buscado transmitir Martínez Goikoetxea. Una ambivalencia que, a mi modesto entender, describe el estado en el que se encuentra actualmente el ser humano toda vez que las certezas se han volatilizado dejando paso a la distopía en un milenio que, todavía balbuceante, nos seduce y sobrecoge por igual. En definitiva, la sensación global que desprende en conjunto el proyecto, pero muy especialmente esta última parte, no hace sino confirmar que el arte, aun partiendo de la autorreferencia, acaba siendo, ineludiblemente, imagen especular del ser humano y de su tiempo.

Por último, y prácticamente a modo de anexo, incidiremos en algunas de las obras expuestas en la muestra, las cuales configuran una certera revisión de la evolución del arte español desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Dicho esto, comprobamos que en La imagen especular se exhiben piezas de nombres que han escrito páginas cruciales en la historia del arte, como, por ejemplo, Picasso, Tápies, Canogar, Palazuelo… (y, obviamente, Oteiza).  Por derecho propio, incluiremos aquí a Antonio Saura  y a Pablo Serrano, (quien con una escultura en hierro forjado de 1957 sitúa el punto de partida cronológico de la muestra). Algo menos lejano en el tiempo es el trabajo de autores que destacaron en los ochenta, como Miquel Barceló, Txomin Badiola o Carmen Calvo. Por el destacable número de obra expuesta, habrá que citar al equipo conformado por Mª Luisa Fernández y J.L Moraza –C.V.A.- y las fotografías de M.A. Gaüeca (con vinculación vasca en los dos casos). Las propuestas más recientes responden a autores como Ángela de la Cruz, Alberto Peral, Paco Polán, Santiago Sierra y Daniel Verbis, por citar solo algunos nombres. Y si la presencia de artistas vascos es notable, como es lógico, por otro lado -añadiéndose Amondarain, Cortázar, Morquillas, Sáez… a los casos apuntados anteriormente-, no pasaremos por alto la presencia del binomio aragonés Almalé-Bondia[7], poniendo con ello el punto final a estas líneas escritas sobre el generoso proyecto que nos ofrece ARTIUM.  

[1]Ello ha sido posible gracias a la colaboración de la Fundación Museo Jorge Oteiza, la cual ha prestado dos estudios de dicha pieza que se suman aquí a la adquirida en 1984 por ARTIUM.

[2]Habrá que aclarar que dentro del proyecto global en el que se inserta, Montaje de atracciones se centra en la exterioridad, es decir, en la función del arte respecto del mundo que nos rodea (afirmando De la Torre que, si por un lado, el contexto nos determina inexorablemente, por otra parte, el artista tiene capacidad de expresarse críticamente ante el escenario socio-político y dar cuenta a su vez de ello).

[3]Acteón no será mi primera película, sino mi última escultura” (Oteiza en Zunzunegi, 2011: 16).  

[4]Aunque gran parte de la Colección ARTIUM está compuesta por representantes del arte contemporáneo español, el centro posee obra de varios artistas internacionales de gran prestigio, caso de Vasconcelos (París, 1971), Jaar (Santiago de Chile, 1956) o Beuys (Krefeld, 1921-Düsseldorf, 1986, presente con la litografía de 1972 La rivoluzione siamo Noi), por citar unos ejemplos significativos.

[5] Algo que, en palabras de Pedro Manterola (1995: 22), lleva a todo “artista asumergirse en su obra en una mezcla de disfrute y sufrimiento, fruto de la incertidumbre, la inseguridad y los peligros que su forma retórica de vivir le depara”.

[6]Lo cual me lleva a destacar, en una mirada más amplia, el constante replanteamiento que el arte ha experimentado a lo largo del siglo pasado, recordando la grieta abierta por Marcel Duchamp, el impacto del pensamiento de W. Benjamin sobre la “pérdida de aura” de la obra de arte, o el replanteamiento de las prácticas artísticas llevado a cabo por autores conceptuales como Beuys o Kosuth, entre muchos otros.    

[7]Presentes con una de fotografía de 2010 de gran formato, cabe añadir que Saura tiene cuatro obras expuestas al tiempo que Serrano, con Ordenación del caos, completa la terna aragonesa del evento.