Winner, L. Tecnología autónoma. La técnica incontrolada como objeto de pensamiento político. Barcelona. Editorial Gustavo Gili. 1979, 383 páginas (1ª edición inglesa 1977).
¿Por qué una reseña bibliográfica de un libro rescatado de las estanterías del pasado? Precisamente porque las novedades nos abruman; porque no existe tiempo material para leer todas las novedades y cuando por un libro pasa ¿un año? ¿unos meses? ya se aparca y se olvida. Este puede ser una buena oportunidad para traer lecturas que nunca han pasado de actualidad.
El título fija desde el principio el discurso del autor: la tecnología resulta capital en el pensamiento político. No sólo en la revolución industrial, sino en el ocio, en los desastres ecológicos o en la guerra. Las consecuencias se revelan profundas, para lo cual se necesita planificación y la planificación es en definitiva hacer política.
La tecnología se vivencia como una opresión, ya que se palpa la prioridad del sistema sobre el individuo. Sin embargo el autor la convierte en una oportunidad única para filosofar, para descubrir hacia dónde podemos o debemos encaminarnos. Como mínimo, hemos de orientarnos en la maraña del hecho tecnológico, si no nos queremos disociar de la realidad, que incluye un fabuloso catálogo de procesos desde los muy complejos hasta los cotidianos (aparatos, técnicas, organización social, redes de comunicación, etc.), con los que estamos abocados a convivir.
Autonomía o dominio.
La tecnología se vuelve autónoma, se autodirige y se torna omnívora y agresiva contra la vida. Entonces el ser humano desea restablecer su control y su voluntad sobre ella. La vieja aspiración consistente en que la máquina lo liberaría del trabajo no se ha cumplido. El error se fundamentó en tres aspectos: a) que el hombre sabe bien lo que hace. b) que las cosas están bajo su control. c) que la tecnología es neutral, un medio para un fín. Y todo esto, por desgracia, dista mucho de ser cierto.
Fue la sociedad, a partir de la Revolución Industrial, la que se adaptó a los cambios y no la máquina a aquélla. Ya entonces se pensaba que, si la aceleración era exponencial, ¿cómo no esperar una aniquilación termodinámica? Nefastos augurios del calentamiento global. Parece como si la industrialización fuese un sistema autógeno donde, además, el ser humano se interesase en acelerar este proceso, poniéndose a su servicio. Los optimistas teorizan sobre la integración hombre y máquina: el cyborg, hasta que, como dice Arthur Clarke, los componentes orgánicos del propio hombre sean un estorbo. ¿Es que estamos inventando nuesto sucesor? se pregunta. Sabemos de nuestra finitud y acariciamos la idea de crear algo duradero e inteligente. Tan es así, que llegamos a creer que la tecnología en sí es el verdadero motor de los cambios y las sociedades y sus instituciones las siguen de lejos. Eso es lo que se ha llamado determinismo tecnológico, donde no pocas veces se verifican cambios tecnológicos inesperados, y a veces para mal, irreversibles.
El origen del error.
Codicia y deseo de poder son inherentes al género humano y la tecnología puesta a su servicio posee resultados inciertos. Sin embargo, tal vez ésta pueda ensalzar también las virtudes más dignas del ser humano. Se logró en el Renacimiento y con la emancipación de la esclavitud. Los valores son fundamentales para el manejo tecnológico: razón, virtud, justicia… No fueron pocos los que protestaron contra los cambios proponiendo ciudades utópicas, desde el primitivista Rousseau hasta el optimismo futurista, que llega hoy en forma de casas adosadas.
Tecnocracia.
La tecnocracia se define como la dirección política a través del conocimiento científico. Esto en principio parece lo más racional. Bacon escribió así la Nueva Atlántida, una mezcla de la Utopía y de tecnocracia, donde todos serían elegidos por su competencia intelectual. No hay moral, sino eficacia. Y en esto se lleva lo mejor el ingeniero y lo peor la propia democracia. La tecnocracia es antagónica a la libertad: la programación se impone sobre la voluntad de las personas, la ideología uniforme frente a la contingencia de lo cambiante. La tecnocracia se basa en la supremacía del conocimiento sobre la propiedad privada. Y como hoy el hombre común (y también el político) son ignorantes de los cambios científicos, los tecnócratas se convierten en un verdadero grupo de poder, subvirtiendo la democracia en aristocracia. La tecnoestructura no sólo requiere grandes sumas de capital, sino inflexibles compromisos con los recursos. Pero lo peor es que termina desvinculándose del pulso real, de la lógica de prioridades y necesidades de la gente.
Artificio y orden.
La técnica aspira a liberar al hombre del trabajo, pero no asegura que éste conquiste su propia liberación como persona. Lo que ocurre en realidad es que se libera para esclavizarse con otra cosa. Esto es la paradoja de volverse poderoso y pagar por ello una servidumbre. La esperanza de la humanidad por la técnica es en realidad el genuino deseo de volverse el señor y no el esclavo. Sin embargo, la sociedad se ha estructurado de tal forma al orden tecnológico, que todo lo que sea salirse de ahí es una invitación al caos. Igualmente, el individuo queda atrapado en un tejido de relaciones, que llegan a ser patológicas: impotencia y extrema dependencia.
La máquina no libera, sencillamente une al trabajador a la máquina. Lo lamentable para el autor es que, en aras del progreso, se selecciona sólo una parte del ser humano deseable a la producción y no al contrario. Es tiempo de aspirar a que la técnica potencie los sentimientos originales de quien participe en ella. Sólo entonces la técnica deja de deshumanizarnos.
El ser humano vive en un mundo de imperfecciones creadas por él mismo. Para Marcuse se ha creado un sistema social que no permite oposición, que extirpa lo que va contra él; por eso acuña el término hombre unidimensional de la sociedad tecnológica. La técnica se basa en una aspiración no revisada de la cultura burguesa: la racionalidad y el bienestar. Pero esto no nos lleva, como creemos, en línea recta a un fin preestablecido. En realidad ocurre lo que el autor nombra como adaptación inversa de los hombres a las posibilidades de las máquinas. Las demandas hacia la persona han aumentado, volviéndose intolerables para los que no tienen aptitudes técnicas. Así el autor trae una cita de Keniston: La alegría, la fantasía, el esparcimiento, la creatividad, el sentimiento y la síntesis pasan a ocupar un lugar secundario respecto de la resolución de problemas, el control cognoscitivo, el trabajo, la medición, la racionalidad y el análisis. Los fines se vuelven instrumentales: el deseo de comunicarse equivale a tener teléfono, el de desplazarse a tener coche, la seguridad no es algo propio del ser sino de una caja de caudales…
La política tecnológica.
La política tecnológica desea transformar objetos y coordinar energías en una estructura coherente. En la medida que el ser humano ha pasado a vivir de esta manera tecnificada, depende de dicha política. Como tal, se debe saber quién gobierna y qué gobierna. La tesis que se respira en el libro es que ahora el medio (la tecnología) se ha convertido en un fín. Por eso se necesita planificar: para mover las estructuras necesarias hacia lo que se desea. La racionalidad es tan aplastante que se vuelve perversa. El autor se pregunta por qué no se cae en la cuenta en que además de evolucionar (adelante, positivo) y retroceder (negativo, regresivo) exiten muchas tendencias hacia dónde ir, no siempre ligadas a la idea de progreso.
Un libro, al fín, interesante y de actualidad, por el que no le pesan los 30 años desde su publicación.


