“Poner buena cara” es una expresión que, en la era de las redes sociales, ha adquirido más actualidad y sentido que nunca. Lo que se esconde tras la apariencia, la “baldad de la mentira” en palabras del barroco Bartolomé Leonardo de Argensola, aquello que enmascaramos en el acto de mostrarnos a los demás y los velos que tamizan la realidad en sus complejas e inabarcables facetas se revela en la exposición La màscara no menteix mai del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.
Con el objetivo de “trazar un recorrido a través de los usos políticos de la máscara en la modernidad”, la muestra conduce al visitante a través un arco temporal, 9000 años, que daría vértigo a cualquier historiador. La propuesta se inicia con la réplica de una máscara funeraria del neolítico, algo ajeno al entendimiento del espectador más profano. Pero ¿cuál es el golpe de efecto? El CCCB pone su maquinaria en marcha con la cuidada museografía que lo caracteriza y confronta la falsa pieza arqueológica con una mascarilla quirúrgica (sí, elevada ya a la categoría de objeto expositivo), un pasamontañas o un antifaz, fácilmente reconocibles para los ojos inexpertos. A partir de aquí siete salas temáticas organizan el recorrido con un mismo argumento: la ocultación tras la máscara y sus implicaciones. El racismo, la delincuencia, la mentira, el control, el activismo, la búsqueda de la identidad o la sanación son algunos de los temas abordados.
La exposición nos coloca cara a cara con lo más inhumano del mundo reciente, la historia del Ku Klux Klan contada a través de su vestimenta. El traje de la barbarie y el odio, que procede de los festivales carnavalescos, al amparo de la literatura y el cine se convirtió en el uniforme necesario para cometer crímenes contra la población afroamericana. La documentación presentada ayuda a entender el éxito del grupo y la mentalidad estadounidense heredera de la Guerra de Secesión. El Klan fue capaz de organizar manifestaciones masivas frente al Capitolio de Washington o convertir El nacimiento de una nación de David W. Griffith en el mayor proyecto audiovisual del cine mudo.
La fascinación por lo desconocido y lo no evidente es el punto en común de las salas dedicadas a los dadaístas del café Voltaire y a Fantômas y los surrealistas. El grupo de Zúrich utilizó (en ocasiones malinterpretó) las máscaras del arte africano en su veladas para parodiar el salvajismo de la Primera Guerra Mundial. Europa fue durante décadas un continente de amputados como explicitan los trajes antigás de los soldados y los paneles dedicados a Anna Coleman, una escultora natural de Filadelfia que trabajó en la fabricación de prótesis faciales para los heridos, abonando auxilio en un campo sembrado de atrocidades.
Además, en el itinerario se explica la construcción de la mentira de Léo Taxil, los vínculos del satanismo con la masonería, y la contra-mentira del franquismo, que alzó a los miembros de la logia a infames enemigos de la patria. También podemos ver un montaje con antifaces de lucha libre mejicana y como la fuerza del ring fue canalizada por Superbarrio Gómez, justiciero social muy popular en los años 80.
Finalmente hallamos el Colegio Invisible del siglo XVII, los vasos comunicantes que, como la web actual, impulsaron el desarrollo científico moderno, o el activismo contemporáneo de Anonymus y Pussy Riot. Según María Aliójina, una de las fundadoras del grupo feminista y pro-LGTB, sus compañeras utilizaron el balaclava de colores como emblema del anonimato, pero tras ser forzosamente desenmascaradas por el gobierno de Putin, lo reconvirtieron en símbolo de resistencia y en objeto de merchandising para pagar la propaganda y los juicios políticos.
El discurso culmina, como no podía ser de otra manera, con una mascarilla, la omnipresente, aquella que hasta hace pocos meses era desconocida para la mayoría y que, en realidad, tiene una larga tradición en las máscaras picudas de los médicos de la peste bubónica. Y así descubrimos que la historia es cíclica porque a cada tiempo y a cada persona le corresponde su máscara.