Titulada Steve Gibson. Nullius in verba, del 2 de abril al 13 de mayo, el catálogo se acompaña en cada obra reproducida de cortas frases escritas por Daniel Nesquens, que son iluminadoras por su capacidad evocadora tan vinculadas con las esculturas.
Los que siguen la evolución escultórica de Steve Gibson, se habrán quedado muy sorprendidos ante lo exhibido, pues se aleja de sus parámetros artísticos. En realidad estamos ante el resultado de una idea basada en el homenaje al gran Miguel Servet, cuyos resultados pueden definirse como excepcionales. No es fácil partir de cero y desarrollar todo un conjunto de esculturas que se acoplaron al espacio de la Sala CAI Luzán, como si fuera una instalación con un atractivo y ondulante recorrido que permitía sentirte rodeado de esculturas y captarlas desde ángulos muy dispares. Recorrido acompañado de la muerte transformada en arte.
Cada escultura nace mediante un tubo que emerge desde un pequeño montículo de sal. Estamos ante un alto número de calaveras, una por escultura y de color blanco como la sal, en diversas posiciones para ofrecer la máxima variedad visual, que se acompaña por un absoluto dramatismo desde su naturalidad. Muerte transformada en vida cuando se observan las arterias que nacen desde cada calavera, las cuales trazan ondulantes formas mediante el cristal soplado que cae indolente y ágil, vivo, pues no olvidemos que su interior, a veces, está rojo como alusión a la sangre.
Tan fascinante exposición se acompaña por numerosos dibujos, tres de gran tamaño para acoplar una figura tamaño natural, que mantienen el rimo vital de las esculturas, con un apabullante dominio de la línea para reflejar las más dispares sensaciones. Queda por sugerir que Steve Gibson nos succiona ante un maravilloso canto escultórico perfil libertad gracias a la actitud vital, pura valentía, del siempre admirado Miguel Servet.


