A pesar de que el invierno ya se ha instalado plenamente en nuestro país, la Fundación Mapfre, ha apostado, en estas fechas, por conmemorar el «Centenario de Sorolla», con un proyecto expositivo que nos muestra la visión artística del pintor en su representación del trabajo en el mar y del veraneo en las costas mediterránea y cantábrica, a través de una reducida pero cuidada selección de obras. Los veranos de Sorolla, que así se titula la exposición, está formada por 40 obras: 15 de mediano y gran formato, y 25 de pequeño formato. La mayoría de las obras provienen del Museo Sorolla y la Fundación Museo Sorolla.
Joaquín Sorolla, nacido en Valencia en 1863, pertenece a una generación de pintores que empieza a contemplar el mar con otros ojos y, por tanto, lo representa a través de una nueva mirada. Demostrando un temprano interés por el tema, así como la influencia del clima artístico valenciano del momento. El artista, con tan solo dieciocho años, presenta tres marinas a la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881. Dado que su participación pasa prácticamente inadvertida, se dedica después varios años a la creación de composiciones de tema social e histórico, más del gusto oficial. De este modo, obtiene sus primeros reconocimientos nacionales con las obras Dos de Mayo (Museo Nacional del Prado), con la que concurre de nuevo a la convocatoria de Madrid en 1884 y obtiene una segunda medalla, y El Palleter, declarando la guerra a Napoleón (Diputación de Valencia, en depósito Palau de la Generalitat), que le vale una beca de pensionado en Roma.
Sin olvidar las enseñanzas de Velázquez y el diálogo con la fotografía, el valenciano configura su ideario plástico, basado en una pintura al aire libre en la que se integran las figuras, la atención a los temas de la realidad cotidiana, con marineros, pescadores, boyeros o campesinos como protagonistas, y una virtuosa técnica en la que los efectos de la luz y el color dominan la composición. Destacan, entre otras, su participación en el Salón de París de 1895 con La vuelta de la pesa (1894, Musée d`Orsay, París), por la que obtiene una segunda medalla de oro de segunda clase, así como en la exposición Universal de París de 1900, donde consigue el Grand Prix por el conjunto de obras presentadas, en especial por ¡Triste herencia! (Colección Bancaja). Ya iniciado el siglo XX, su trabajo se presenta en grandes exposiciones individuales en París (1906), Berlín, Düsseldorf y Colonia (1907), Londres (1908), Nueva York, Búfalo y Boston (1909), y Chicago y San Luis (1911). En su trayectoria global, junto a las escenas en la playa, destacará su labor como retratista, los paisajes o la pintura de jardines. Con este bagaje y su firme intención de abrirse camino en el ámbito internacional, Sorolla muestra su obra en distintas exposiciones en España y el extranjero que impulsan de manera definitiva su carrera.
El nacimiento de las vacaciones de verano en España
Con la revolución industrial, las ciudades habían resultado sobrepobladas y se habían convertido en lugares insalubre. Es el momento en que se producen importantes cambios urbanísticos, como los derribos de las antiguas murallas o la creación de grandes avenidas que permitieran la expansión de estos núcleos o una mejor circulación del aire. El descanso estival surge en España hacia mediados del siglo XIX, y se desarrolla especialmente a orillas del Cantábrico, en ciudades como Santander o San Sebastián, donde los baños en sus frías aguas se empezaban a recomendar como tratamiento terapéutico. San Sebastián destacaba como capital del veraneo elegante desde que en 1887 la reina María Cristina la eligiera como lugar de descanso. Atraídos por la presencia de la corte, numerosas familias de la alta sociedad española se establecen igualmente en la localidad para disfrutar del descanso estival. Poco a poco, estos núcleos urbanos se van acondicionando para acoger a los nuevos veraneantes, a quienes también se les ofrece una gran variedad de actividades de entretenimiento. De este modo, el descanso estival deja progresivamente de tener como finalidad el baño terapéutico para configurarse en torno al ocio y la sociabilidad. Sorolla se convierte en cronista de toda una época al reflejar de primera mano los usos y costumbres de la sociedad de entre siglos.
El artista valenciano participa de la nueva moda del veraneo y se desplaza a Biarritz, Zarauz o San Sebastián, capitales del moderno descanso estival europeo.
Entre la tradición y la modernidad
La primera de las estancias veraniegas de Sorolla tuvo lugar en su Valencia natal, en concreto en Jávea, en 1905. Aquí, encontramos composiciones que captan el gozo de la población local, con niños desnudos, niñas con ligeras batas o nadadores en pleno contacto con la naturaleza. Nadadora, Jávea (Museo Sorolla, Madrid) es el título de una de las obras más destacadas de ese verano de 1905; Sorolla pinta una figura femenina, que se ha identificado con su esposa Clotilde, vestida con una larga túnica blanca y nadando entre unas aguas coloreadas de amarillo intenso por el sol del atardecer. El pintor capta un momento de ocio típicamente moderno que corresponde al nacimiento de este deporte acuático. La pincelada totalmente libre y vigorosa, de un tono vibrante, hace que el dibujo desaparezca a favor del protagonismo de las manchas de color, que diluyen los contornos de la figura en uno de los más expresivos ejemplos de fusión entre el hombre y la naturaleza.
Biarritz, localidad del sur de Francia, será el lugar elegido donde se instala en el verano de 1906 con su familia tras el clamoroso éxito de su exposición de la Galerie Georges Petit de París. De este momento destaca Bajo el toldo, Biarritz (Museo Sorolla, Madrid), óleo en el que representa a su mujer Clotilde y a su hija María en un apacible rato a la orilla del mar. En estas obras contemplamos una «manera de estar» en la playa totalmente diferente a la del Mediterráneo: las figuras, vestidas con trajes largos y protegidas del sol por los toldos y sombreros, se distraen con la lectura, la pintura o la conversación en una playa que es una prolongación del escenario de las relaciones sociales, lejos de ese contacto tan directo con el medio natural que supone el baño.
Las estancias estivales en Valencia en 1908, 1909 y 1910 se pueden también relacionar con las exposiciones que Sorolla preparaba en esos momentos, y muy especialmente con las de Estados Unidos de 1909 y 1911, en el momento de mayor éxito y popularidad de su carrera. En estas campañas, el valenciano se centra en la captación plástica del movimiento y el dominio absoluto del color y de los efectos de la luz del Mediterráneo sobre las figuras y el paisaje. En Niñas en el mar (Museo Sorolla, Madrid), que el pintor presenta en sus muestras de 1911 en Chicago y San Luis. Dos niñas cogidas de la mano y vistas de espaldas se disponen a entrar en el agua vestidas con sus sencillas batas rosa y blanca, que contrastan con el intenso azul del mar como fondo. La línea del horizonte desaparece al ser tomada la vista desde un ángulo superior, lo que otorga a la escena un efecto de gran espontaneidad que nos remite a la mirada fotográfica, que tan importante fue en la iconografía que consolidó el valenciano en su pintura.
Escenas de esparcimiento
Durante la primera parte del verano de 1910, el pintor acude junto a su familia a Zarauz con la intención de preparar sus exposiciones individuales de Chicago y San Luis del año siguiente. En las obras realizadas durante esta estancia, el artista refleja de nuevo las costumbres propias de ese veraneo distinguido en un conjunto de composiciones en las que representa a su familia bajo los característicos toldos abiertos de la playa o paseando por la orilla del mar. Entre ellas destaca María en la playa de Zarauz (colección particular), con su hija mayor protagonizando ese paseo elegante.
A partir de 1911, momento de máxima popularidad de la ciudad como centro del veraneo, Sorolla pasa varios periodos estivales en San Sebastián junto a los suyos. En este año, el artista firma el contrato con la Hispanic Society of America para la realización de los murales de la Visión de España, y sus estancias en la capital donostiarra están marcadas en buena medida por los trabajos destinados a este encargo, lo que supone una menor dedicación a la pintura de escenas de playa. En este contexto, son especialmente abundantes sus apuntes o «notas de color», pinturas de pequeño formato en las que Sorolla plasma de la manera más directa sus impresiones del natural y que le resultan especialmente adecuadas para la captación rápida de todas sus ideas ante la inestabilidad de la luz debido a lo cambiante del tiempo. Aunque hay considerables excepciones como La siesta o Paisaje de San Sebastián (Museo Sorolla, Madrid), durante estos veranos la producción del artista se centra en la creación de obras de pequeño formato, con las que puede liberarse del encargo de la Hispanic y pintar lo que verdaderamente le apetece y le procura descanso.
Durante sus últimas estancias en San Sebastián en 1917 y 1918, antes de enfermar y tener que abandonar la pintura, son interesantes el conjunto de obras que representan el rompeolas de la ciudad, clara manifestación del proceso de acondicionamiento de los litorales urbanos para la creación de paseos y miradores. En Paseo del rompeolas de San Sebastián en un día de tormenta (colección particular), el pintor plasma con un estilo muy abocetado, al borde de la abstracción, un oscuro día de temporal y fuerte oleaje en la ciudad. La inmensidad del mar se impone ante el ser humano y evoca la dimensión sublime de un paisaje romántico, aunque ahora el escenario desde el que se observa el elemento natural sea obra del hombre.
El cansancio físico por el encargo de la Hispanic Society of America le obliga en 1915 y 1916 a interrumpir este trabajo por recomendación médica. Durante los periodos estivales de esos años, el pintor vuelve a su Valencia natal, donde se consagra a los temas que más feliz le hacen, las escenas de trabajo y ocio en el mar bañadas por el sol y la luz del Mediterráneo como Pescadora valenciana con cestos (Colección Abelló) o Sacando la barca (colección particular). En esta última etapa de su vida, el pintor se abandona a estos asuntos como metáfora de alivio y desahogo. La exposición muestra Niños buscando mariscos (Colección Banco Santander), óleo realizado en Ibiza en 1919, Sorolla aquí se deleita en la representación del juego de unos niños entre los acantilados, como ya hiciera en Jávea en 1905. Esta obra es la síntesis del verano mediterráneo en su expresión de vitalidad y conexión con el medio natural. El marcado punto de vista en picado, tan relacionado con la fotografía, el dominio de la captación de los cuerpos infantiles bajo el sol o la sombra, la descomposición formal de la pintura en grandes pinceladas que no restan un ápice de expresividad a la obra, los reflejos de la luz en el agua o el imponente protagonismo de las rocas que enmarcan la composición muestran el trabajo de un artista plenamente moderno. Es su último verano antes de enfermar y dejar los pinceles para siempre. Sorolla se deja seducir por la pintura que tanto amaba, como si presintiera que esas serían sus últimas pinceladas junto al mar y bajo la luz del Mediterráneo.


