Sensibilidad y belleza oriental en el Centro Joaquín Roncal de Zaragoza

Desde su origen en el año 2005 la labor de la Fundación CAI-ASC se ha venido caracterizando por una apuesta eficaz y comprometida con el arte tanto aragonés como nacional e internacional gracias a la organización de diferentes cursos, conferencias y exposiciones en las salas del Centro Joaquín Roncal de Zaragoza, reflejando y alimentando las actuales necesidades culturales de nuestra ciudad.
ANÓNIMO: Tonkotsu con netsuke,
siglo XVIII.

En este sentido, sobresale, sin duda, la muestra titulada Cerezos, lirios, crisantemos y pinos. La belleza de las estaciones en el arte japonés que se celebró en dicho lugar durante la pasada época estival desde el 11 de julio al 14 de agosto y que fue comisariada por Elena Barlés y David Almazán, dos de los mayores expertos en arte japonés de nuestro país, que han convertido Zaragoza en un foco de referencia absoluta para japonólogos y público general interesado en la cultura nipona, debido al profundo conocimiento que poseen de sus manifestaciones artísticas y a su apasionada y continuada dedicación.

En esta ocasión, y como no podía ser de otro modo, el resultado de su esfuerzo ha sido una magnífica exposición que ha reunido un total de 86 piezas de gran calidad, incluyendo pinturas, estampas Ukiyo-e, lacas, marfiles y cerámicas que, aunque abarcan una amplia cronología, en la mayoría de los casos, se pueden datar en los periodos Edo (1615-1868) y Meiji (1868-1912).
 
UTAGAWA HIROSHIGE: Lluvia sobre el gran puente de Atake, 1857.
 
Estas delicadas obras pertenecen en su práctica totalidad a la Colección de Arte Oriental Federico Torralba, antiguo catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza que ha logrado reunir una valiosísima biblioteca de aproximadamente 2000 volúmenes y más de 1000 piezas de arte asiático que han sido catalogadas, estudiadas y depositadas en el Museo de Zaragoza a partir de la creación de la Fundación Torralba-Fortún en el año 2002. En este sentido, debemos remarcar la increíble labor de investigación, promoción y difusión de la cultura japonesa que esta institución está llevando a cabo en distintos ámbitos, sobresaliendo, entre otros, el marcado interés por acercar sus fondos al mayor número posible de personas.
Como resultado de dicha filosofía ha visto la luz esta interesante muestra que tiene como hilo conductor las distintas representaciones de cada una de las estaciones del año interpretadas en el arte japonés: los perennes pinos y bambúes  típicos de Año Nuevo; las delicadas flores del cerezo que recubren el paisaje en  primavera; los violáceos lirios propios del verano; las hojas del arce que tiñen de rojo el otoño o la blancura infinita de la fría nieve invernal. Motivos decorativos, todos ellos, que son fruto de un arraigado sentimiento de respeto y admiración por la naturaleza y de la necesidad que posee el pueblo nipón de contemplarla e interpretarla en todas sus variantes, tanto en su profunda sencillez como su máxima grandeza.
Asimismo, la exposición se completó con una interesante escultura realizada por Tadanori Yamaguchi (Nagoya, 1970), artista afincado en nuestro país desde 1997 y que evocaba los jardines secos japoneses, pero adaptando algunos aspectos propios de la estética y espiritualidad japonesa al lenguaje artístico y pensamiento actuales con unos resultados sumamente atractivos y que nos permiten entender también cómo esa comentada vinculación con la naturaleza típica del pueblo japonés llega incluso hasta nuestros días.
Por todo ello, podemos decir que el éxito y el interés de este evento, evidenciado también por la gran afluencia de visitantes que ha recibido, recaen en tres factores. En primer lugar, en la calidad y belleza indiscutible de las piezas seleccionadas, entre las que destacan un tonkotsu datado en el siglo XVIII decorado con lirios en laca con incrustaciones de nácar y con polvo de oro, así como otros inrô con sus correspondientes netsuke y algunas estampas realizadas por grandes maestros de la escuela Ukiyo-e como, por ejemplo, Utagawa Hiroshige o Katsushika Hokusai.    

En segundo lugar, sobresale el planteamiento tan poético, delicado y sensible con que se ha proyectado el discurso expositivo y que nace de un profundo estudio y captación de los valores estéticos tradicionales japoneses. Y en tercer lugar, aunque estrechamente vinculado con lo anterior, debemos subrayar la sugerente y elegante disposición de las diferentes secciones, así como de cada una de las piezas, tarea nada fácil si tenemos en cuenta las peculiaridades de las obras y las limitaciones espaciales de la sala y que se debe principalmente a la participación de Fernando Lasheras y Jesús Cisneros. 

Asimismo, tampoco debemos pasar por alto el lujoso y completo catálogo editado con motivo de la exposición en el que se incluyen valiosas aportaciones sobre pintura, estampas, libros ilustrados, lacas, marfiles, cerámicas y porcelanas de Japón, así como, por supuesto, un análisis detallado y magníficamente ilustrado de cada una de las piezas mostradas.
En definitiva, exposiciones tan cuidadas como la que acabamos de comentar deben ser motivo de celebración y felicitación ya que no sólo suponen una espléndida oportunidad para acercarnos bajo el máximo rigor a otras latitudes artísticas diferentes de las que estamos acostumbrados, sino que también ayudan a situar Zaragoza en una posición destacada en lo que a programación cultural a nivel nacional se refiere.