Self-Evidence. Fotografías de Woodman, Arbus y Mapplethorpe.

Entre los muchos alicientes que posee la ciudad de Edimburgo se encuentran los maravillosos museos y sus magníficas colecciones que albergan obras maestras de grandes artistas mundiales de todas épocas.

Dentro de ellos se encuentra la Scottish National Portrait Gallery, que cuenta con un interesante programa llamado “Artist Rooms”, una colección de más de 1600 obras de arte moderno y contemporáneo pertenecientes a 42 artistas internacionales que se ofrece, desde 2008 de manera itinerante a lo largo del Reino Unido en colaboración con la Tate, las Galerías Nacionales de Escocia y la Ferens Art Gallery.

En esta ocasión, la muestra exhibe obras de tres grandes fotógrafos estadounidenses: Francesca Woodman, Diane Arbus y Robert Mapplethorpe. Con el foco puesto en la búsqueda de la identidad propia, la exposición explora las conexiones entre estos tres artistas cuyas obras fueron revolucionarias, innovadoras y, a veces, controvertidas. Los tres tuvieron bastantes cosas en común: llegaron a la madurez artística en los 70, principalmente trabajaron en Nueva York o alrededores. Los tres tuvieron una prematura muerte trágica: Woodman y Arbus se suicidaron y Mapplethorpe murió por los efectos de la enfermedad del SIDA. Los tres exploraron a través de la cámara la representación de la propia personalidad mediante su propia multiplicidad, jugando con el auto-escrutinio o el escrutinio de los otros, ocultando evidencias y descubriendo ausencias.

La exposición comienza con la sección dedicada a Francesca Woodman, de la que se muestran fotografías de las series realizadas en Rhode Island y en Roma. Nacida en Denver, Colorado, en 1958, empezó a interesarse por la fotografía con 13 años, dejando una sustancial obra fotográfica cuando se suicidó a los 22. Francesca Woodman, interesada en el Surrealismo y en el Simbolismo,  explora los temas del género y del yo, representando el cuerpo en relación con el espacio que le rodea.

A menudo es ella misma el objeto de sus fotografías, aunque no a la manera ortodoxa de los autorretratos, ya que a veces se esconde o su imagen se desvanece en su propio movimiento debido a las largas exposiciones, como en su famosa Space, Providence, Rhode Island. Mediante esta fotografía, Woodman explora diferentes formas de ocultarse, lo que nos recuerda que toda fotografía es una distorsión de la realidad. No se trata pues de autorretratos a la manera convencional, sino que explora las posibilidades de representación en lugar de revelar la identidad del autor.

Estas posibilidades las amplifica Woodman mediante el empleo del espejo en sus fotografías. Lejos de ser un instrumento que ayuda al artista en el proceso del autorretrato, como históricamente hicieron los pintores, el uso del espejo por Woodman nos ofrece una apariencia del modelo como si la viera otra persona, cuestionando así el yo que captura la cámara.

La siguiente sala ofrece fotografías de otra de las grandes e influyentes artistas de la fotografía del siglo XX, Diane Arbus. Nacida en Nueva York en 1923, se dedicaba a la fotografía de moda -colaboraba con revistas como Glamour o Vogue– antes de comenzar su carrera artística en los últimos años 50. Trabajó en numerosas localizaciones alrededor de Nueva York, usando como era habitual en la tradición americana de la “street photography”, una cámara de 35mm. En los 60 empezó a usar una cámara de medio formato y desarrolló su peculiar retrato frontal de formato cuadrado. A menudo colocando a sus modelos en el centro de la imagen, intensificando la interacción entre retratado y fotógrafa, retrató a gente procedente de cualquier estrato social, aunque es sobre todo conocida por sus poderosas imágenes de las personas que están en los límites o fuera de los márgenes de la sociedad -transexuales, nudistas, discapacitados mentales, gigantes, enanos, etc. Su fotografía se caracteriza por un estilo valiente y directo, honesto, que fue seguido por muchos fotógrafos y artistas contemporáneos, por su franqueza en el retrato y su habilidad para encontrar lo familiar en lo extraño, y descubrir lo inusual en lo cotidiano. Se suicidó en 1971.

En la exposición se muestran diez de sus fotografías, ninguna de ellas autorretrato, que ofrecen la mirada con la que la artista ve y retrata a sus modelos, o cómo ella percibe a los demás, al otro. Estas fotografías pertenecen al porfolio titulado A Box of Ten Photographs (1969-1971), elaborado por la propia Diane Arbus y, así, se puede contemplar como una muestra de su expresión creativa y cómo deseaba ser vista como fotógrafa.

La visita finaliza con la sección dedicada a Robert Mapplethorpe, con fotografías realizadas justo antes y después de que se le diagnosticara la enfermedad del SIDA y que son las únicas de la exposición que pueden considerarse autorretratos en el sentido convencional.

Mapplethorpe llevó los límites de la fotografía un poco más allá, tanto por la temática como por su técnica, un sensible tratamiento de temas controvertidos en un formato grande, a gran escala, en un cuidadísimo blanco y negro. Su obra trata un abanico de temas, incluyendo retratos de personalidades, desnudos masculinos y femeninos, autorretratos y bodegones de flores. Su obra más controvertida documenta el ambiente del  sadomasoquismo underground de finales de los 60 y principios de los 70 en Nueva York.

En la exposición, los autorretratos de Mapplethorpe están ordenados cronológicamente y en ellos se observan los cambios que genera el paso del tiempo. Aunque en un principio los autorretratos parezcan ser bastante directos y fáciles de interpretar, al contrario que los de las dos anteriores fotógrafas, lo cierto es que la genialidad de Mapplethorpe nos permite disfrutar de las posibilidades de la fotografía en relación a la representación de la identidad propia o ajena. Dos autorretratos de los 80 muestran diferentes aspectos de su identidad sexual: la masculinidad ataviada de cuero portando un cigarro en la boca, y la vulnerabilidad que muestra el joven Mapplethorpe con el torso desnudo, con los labios y los ojos pintados. Pero sin duda, el autorretrato que más fascina al espectador es el último que realizó poco antes de morir en 1988, en el que aparece sentado con un bastón con la efigie de una calavera, un autorretrato en el que la imagen exterior del retratado refleja un estado interior que anticipa el fin cercano.

La exposición se cierra con una invitación a los jóvenes fotógrafos y estudiantes a considerar las imágenes vistas en esta muestra en relación con el estado actual de la identidad personal en la era del selfie y de las redes sociales.