Hasta el 13 de octubre podemos visitar la exposición Salvador Victoria. Retorna un pintor, en el IAACC Pablo Serrano de Zaragoza. La muestra reúne 60 de las 74 obras del pintor de Rubielos de Mora que su viuda, Marie-Claire Decay, ha donado al instituto aragonés dependiente del Gobierno de Aragón.
El título hace mención al periodo al que pertenecen las obras seleccionadas por Decay, que arranca en el año que Victoria regresa de París, donde vivió casi una década que le forjó como pintor y le valió el reconocimiento internacional. Durante ese periodo participó en la XXX Bienal de Venecia de 1960, en la II Biennale de París de 1961 y expuso en importantes galerías europeas como la Arthur Tooth Gallery de Londres en 1963.
El abanico temporal de las obras de la muestra llega hasta 1994, el año de su fallecimiento, y recoge prácticamente todas las técnicas que desarrolló a lo largo de su prolífica carrera: 23 cuadros (óleos sobre lienzo la mayoría, algunos de gran formato), 20 composiciones realizadas con gouache o collage y 17 ejemplares de obra gráfica entre serigrafías, litografías y aguafuertes.
Un atractivo conjunto de la obra del pintor que nos permite seguir su evolución y la coherencia argumental de su discurso plástico.
La muestra se complementa con una selección de documentos de su archivo personal, formada por fotografías, catálogos, carteles de exposiciones y correspondencia, que se expone en dos amplias vitrinas para la consulta de los interesados, entre los que podemos contemplar algunas de las cartas que intercambió con su amigo y paisano Pablo Serrano.
El recorrido expositivo, diseñado por Alfonso de la Torre, está dividido en tres bloques: Espacio construido (1974-1980), Camino de la suspensión (1981-1987) y Espacio suspendido (1988-1994).
La selección hace hincapié en el periodo de madurez del artista. En ella nos encontramos obras notables como un tríptico de 1965 perteneciente a la serie denominada relieves poéticos, en la que Victoria trabaja con cartulinas recortadas, plegadas y encoladas sobre tabla, utilizando óleo y temple con una paleta reducida a los colores térreos. Una línea de trabajo que abrió su pintura a un espacialismo en el que Victoria se dedica a construir más que a pintar sus cuadros, recurriendo a la superposición de cartones, telas, cartulinas y acetatos, sustituyendo en ocasiones el pincel por el cúter.
Su producción de los años 70 está representada por dos composiciones pertenecientes a la etapa que él mismo denominó geometría simétrica, en la que ya aparece la esfera, y que dará paso a finales de los 70 y primeros años de los 80 a la incorporación de cintas diagonales que rompen la fría simetría de las obras anteriores, representadas en esta muestra por cuatro obras, con claras reminiscencias constructivistas en la línea de la serie Composición Z de 1924 del pintor húngaro Moholy-Nagy.
Desde mediados de los 80 se va consolidando el lenguaje que más caracteriza la pintura de Victoria: un juego armónico de esferas que supera el hieratismo de aquellas primeras que utilizó en las composiciones de la década anterior, pasando a constituir el núcleo significante en torno al cual se estructura el resto de los elementos.
Las esferas se convierten en el elemento central de la composición. Se pueblan de fundidos y veladuras, vibran y se quiebran, se superponen, se elevan, se abren mostrando nuevas esferas en su interior, nos atraen y nos atrapan, invitándonos a participar del misterio de la evanescencia de sus formas. Victoria incorpora también enérgicos trazos gestuales y grafismos que recupera de sus cuadros de los años 60 en su efervescente etapa parisina.
Con el comienzo de la década de los 90, poco a poco, cuadro a cuadro, va suavizando el color dominante de sus composiciones, alejándose del tenebrismo propio del tachismo informalista de París. El cromatismo de sus obras evoluciona hacia un blanco níveo, deslumbrante, cegador, como el resplandor de una hierofanía, tal como podemos comprobar en las telas de esta muestra fechadas entre 1991 y 1994, año del fallecimiento del pintor y, en especial, en dos soberbios cuadros de gran formato que nos hace pensar si ese destello de luz no era ya un presagio del final del camino.
El catálogo de la exposición, que incluye dos textos firmados por Alfonso de la Torre y el autor de estas líneas, bien podría haberse editado en un tamaño algo mayor que el formato misal elegido, ya que impide apreciar la magnitud de las obras y en especial las que se reproducen a doble página, que quedan cercenadas por la profundidad inaccesible del cosido central de la publicación. Un error de principiante de algunos diseñadores gráficos que, lamentablemente, vemos que continúa produciéndose.
Con esta importante y generosa donación, Marie-Claire Decay enriquece los fondos del IAACC Pablo Serrano con un valioso conjunto de obras de uno de los protagonistas de la integración de la pintura española en las vanguardias internacionales de la segunda mitad del siglo XX y uno de los artistas contemporáneos clave de Aragón.


