Salvador Dalí siempre ha sido uno de esos artistas que han despertado fascinación. Una figura polifacética dotada de un rico y extravagante universo interior, plasmado con auténtica maestría a través de diversas manifestaciones artísticas a lo largo de su extensa trayectoria. Algunas de sus creaciones se han convertido en auténticos referentes culturales, piezas mediáticas y transgresoras que traspasan fronteras geográficas y temporales. Una producción singular con la que consiguió pasar a formar parte fundamental de la historia del arte del siglo XX. Sin embargo, todavía continúa siendo necesario profundizar en ciertas facetas más desconocidas del genio de Figueras.
Con motivo del 120 aniversario del nacimiento del pintor (1904-1989), el Ayuntamiento de Zaragoza ha organizado en el Centro de Historias una exposición que recoge una selección de su obra gráfica original. Su comisaria es Antonella Montinaro, directora de exposiciones de GACMA,[1] y a través de la muestra, compuesta por 32 piezas cronológicamente situadas en la década de los setenta y comienzos de los ochenta, ha establecido un recorrido estructurado en distintos bloques temáticos. Un viaje a través de las obsesiones y los deseos más arraigados en el artista plasmados en esta ocasión en un soporte, el papel, poco habitual en las exhibiciones dedicadas a su producción.
Tras la presentación biográfica y artística de Salvador Dalí, el discurso museográfico continúa haciendo hincapié en la importancia de su esposa y musa, Gala. Apartado que se completa con el definido como “erotismo daliniano”, en el que se invita al visitante a profundizar en las implicaciones estéticas y simbólicas del sexo y el amor en sus creaciones. Se ejemplifica utilizando la serie Les amoreux, en la que se representa a parejas históricas o vinculadas con la religión que muestran tres elementos en común: la apariencia asexual, la crueldad fría ausente de sentimiento y una cierta escatología. Sin embargo, uno de los apartados de mayor interés es el dedicado a la fascinación que el pintor sentía por Don Quijote. Como le señaló su padre, es una obra en la que tus facultades podrán sobresalir extraordinariamente, una figura con la que el propio Dalí compartió fantasías y sueños, así como el amor ciego por una mujer. El personaje de Cervantes queda envuelto junto a Sancho Panza del surrealismo y el delirio del creador catalán, grabados en los que la locura juega un papel fundamental, tanto la artística como la literaria. En otro de los capítulos de la muestra la explicación del método paranoico-crítico[2] convive con el interés que despertaron en Dalí el misticismo y la religión, sobre todo en una etapa más madura. El ejemplo presentado en esta ocasión para tratar este aspecto es el grabado a punta seca titulado El jinete apocalíptico (1974).
La exposición se completa con un audiovisual y una serie de libros, entre los que se incluye un catálogo razonado de la obra gráfica de Salvador Dalí. El planteamiento general resulta sencillo pero correcto, una propuesta modesta que sirve para proponer al espectador una línea de trabajo diferente, pero también arrolladora, de uno de los artistas más paradigmáticos de la historia del arte universal.