Retrospectiva de Manuel Arcón

 

Manuel Arcón es un prestigioso escultor aragonés que bien merecía ya esta antológica, en la que se pasa revista a su larga carrera. Dada su avanzada edad, como indica Alberto Gómez Ascaso en su texto para el catálogo de esta exposición, tuvo la suerte o la desgracia de nacer en una época en que todavía se aprendía a ser artista a la antigua usanza, formándose como discípulo en el taller de algún maestro donde se adquirían las destrezas del oficio. En su caso pasó primero por el taller zaragozano de Félix Burriel y luego, gracias a una beca del Ayuntamiento de Zaragoza, fue uno de los muchos colaboradores del taller de Enrique Monjo Garriga en Barcelona, especializado en imaginería religiosa. Nos lo cuenta muy pormenorizadamente Rafael Ordoñez en su documentadísimo texto del catálogo que, por cierto, incluye muchos pormenores e imágenes de esa vertiente devocional menos conocida en la trayectoria artística de Arcón, representada únicamente en la muestra por un expresionista Cristo crucificado de 1976 propiedad del artista. Mucho más notorio es hoy día su abundante trabajo para monumentos y esculturas en espacios públicos, que en la muestra se ha destacado de forma especial, dedicándose a esta faceta pública la primera sala, donde los visitantes se deleitan reconociendo las versiones preliminares de algunas populares estatuas que ornamentan las calles de Zaragoza, Huesca y Alcañiz. En la siguiente sala se han reunido las esculturas figurativas de formas redondas protagonizadas por serenas figuras preeminentemente femeninas, que han caracterizado a lo largo de muchos años gran parte de la producción más clasiquizante del artista, que en esta querencia noucentista se nos muestra buen continuador del mejor legado de Burriel y Monjo. Pero a mi juicio la aportación más personal de Arcón son las obras más tendentes a la abstracción, o que están a medio camino entre el expresionismo y el cubismo, siguiendo a maestros como Brancusi o Condoy, como el acurrucado Caín retorcido por el remordimiento que esculpió en piedra en 1995. Me parece muy feliz esta idea de agrupar las obras seleccionadas para la exposición en estas tres categorías estéticas; aunque en el catálogo se haya optado por ofrecernos su elenco en un estricto orden cronológico. De esta manera, en la exposición se arriesga a una presentación subjetiva, escogiendo determinadas obras según un criterio personal y entablando entre ellas originales agrupaciones estéticas, mientras que lo que quedará para la posteridad es un testimonio histórico-artístico más de rigor, en el que tras los textos introductorios e ilustrados con selectas imágenes complementarias, cada pieza de la exposición se documenta diacrónicamente con su foto y datos catalográficos respectivos, con el colofón habitual de los listados expositivos y bibliográficos. Lo que no me acaba de convencer es la exagerada coba que se da en esta publicación a un artista que, como todos, ha tenido obras muy buenas y otras menos logradas: bien claro está que una exposición antológica es un momento triunfal en el que todos debemos (con)celebrar los bien ganados éxitos de un escultor tan querido entre nosotros, por su entrañable carácter y su destacada valía artística, pero quizá no era necesario exaltar como aciertos todas sus realizaciones, pues hasta los mejores maestros tienen obras malogradas, y no hace falta caminar muy lejos del Museo Pablo Gargallo para toparse en otra plaza pública con un Monumento al cofrade que nos demuestra hasta qué punto Manuel Arcón tampoco es una excepción a esa regla. 

Museo Pablo Gargallo, Zaragoza

Número 33

Diciembre 2015
Jesús Pedro LORENTE
Secretario de AECA y Director de AACADigital
Fecha de recepción: 29/11/15
Fecha de aceptación: 30/11/15
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