En el extraordinario Instituto Goya de Zaragoza, donde fueron alumnos Luis Buñuel, Ramón J. Sender y María Zambrano, tal como nos indicaba el profesor Arturo Ansón, se inaugura la titulada Exposición Elena Gastón Nicolás, del 23 de mayo al 5 de junio. El catálogo refleja muy bien lo que puede verse, pero acompañado por un poema de Victoria Nicolás, su madre, y otro de Emilio Gastón, su padre.
Estamos ante una retrospectiva radical de la artista que debe tener alrededor de 50 años, más o menos, cosa rara, pues ese tipo de panorámicas casi siempre se hacen con mucha más edad. En la exposición hay demasiada abundancia de materiales, pues tenemos desde sus primeras balbuceantes líneas hasta sus primeros dibujos infantiles, pero montones. Abordemos la obra expuesta. Produce la impresión de que nunca se ha publicado una crítica sobre su obra, pues de darse habría sido muy útil para que enfocara su obra desde otras características sin dejar la imprescindible sinceridad artística. El grave problema que tiene Elena Gastón Nicolás es la infinita necesidad de llenar toda la superficie como sea, a la cañona que dicen algunos amigos míos de Puerto Rico. Necesidad nunca resuelta desde un ángulo artístico, pues todo estalla ante tal cúmulo de propuestas, colores y formas en un mismo cuadro. Nada respira ni encaja. Demasiada necesidad expresionista con el primer pensamiento llevado a la práctica creativa. Lo gordo es que tiene cualidades artísticas, como el expresionismo desde su intimidad y el sentido del color. En la exposición hay otra realidad muy diáfana. Los mejores cuadros, con diferencia, son cuando se controla y el tema principal se arropa mediante planos más o menos vacíos. Que no se olvide: la originalidad nunca está en el exceso gratuito. Elena Gastón Nicolás tiene tiempo para corregirse.