No es casualidad que hoy en día los mejores museos de todo el mundo se enorgullezcan de poseer entre sus colecciones obras preciadas, ni que al público no le importe hacer largas colas para poder apreciar sus retrospectivas. Renoir es, como decía Michel Hoog, “uno de los pocos pintores que el gran publico conoce, reconoce y del que disfruta”. Desde el desastre del Sedan, pasando por el tratado de Versalles, hasta llegar a la Primera Guerra Mundial, Renoir retrata en la memoria solo la parte que mas le gustaba la felicidad de los hombres, los niños, las mujeres, a las que elevo al Olimpo de una nueva feminidad, los paisajes endémicos iluminados con una técnica afortunada, figuras graciosas, niños jugando, flores y frutos, personas paseando por jardines primaverales. Renoir acentúo llevando mas allá los limites del impresionismo con los artistas clásicos, añadiendo unas ganas de vivir, en cada uno de sus cuadros, que no se encuentran ni en Rubens, Tiziano o Delacroix, modelos preferidos a los que llego a igualar.
Ahora, tenemos la oportunidad, por segunda vez, de volver a ver la obra de Renoir en España, recuérdese que la primera fue a comienzos del 2010 cuya exposición se titulaba Impresionismo. Un nuevo Renacimiento, donde pudimos ver obras imprescindibles del maestro provenientes del Museo parisino D´Orsay. Para esta ocasión, podremos ver la colección privada de Robert Sterling Clark (1877-1956), nieto de uno de los fundadores de la mítica marca de coser Singer, que conquistaría los hogares de la floreciente clase media americana gracias a su eficacia y a la venta a plazos, quien se dedicaría junto a su esposa Francine, a satisfacer una pasión desmedida por el arte, que le llevaría a poseer una de las colecciones de arte decorativo y pintura de todos los tiempos, que incluía obras desde Piero, pasando por Chinlandaio, Goya, Turner o los treinta y dos renoirs que se exhiben en el Museo del Prado.
Con el paso del tiempo, y la vivencia por parte de Sterling Clark de las dos guerras mundiales, y el temor a que una tercera acabase sustrayendo una colección como la suya, inauguró en mayo de 1955 el Sterling and Francine Clark Art Institute, en la pequeña ciudad de Williamstown, Massachusetts, algo mas que un museo que alberga la colección privada de pintura americana y europea así como estampas, dibujos, plata inglesa y porcelana, es un centro de investigación artística que por sus notables exposiciones, su gran biblioteca y su comunidad académica hacen del lugar, un referente para el mundo del arte. Las obras que veremos en la pinacoteca madrileña, pertenecen a las décadas de 1870 y principios de 1880, y está formada por retratos, bodegones y paisajes. Entre los bodegones, destacaremos Peonías, se trata de una de las composiciones más esplendorosas de Renoir. El ramo ocupa prácticamente la totalidad del lienzo, ejemplo vivido del modo en que gustaba al artista llenar los lienzos hasta los márgenes y evitar todo espacio abierto o vacío. Las flores están cortadas de izquierda a derecha, los profundos tonos azules del fondo, empujan el ramo hacia delante, mientras que las intensas sombras azuladas que cruzan el mantel, creando una luminosa base fría, que contrasta con los rojos y verdes. Frutero con frutas contrasta claramente con Cebollas, óleo pintado en Italia.
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Muchacha con abanico. (1879). Colec. Sterling and Francine Clarck Art Institute
A diferencia de la animada e informal composición de las cebollas, las manzanas se muestran al visitante sobre una mesa frontal, donde la mayor parte de la fruta, apilada en un gran frutero azul, recuerda claramente a los bodegones de Cezanne como Frutero, manzanas y pan. Renoir tuvo la oportunidad de ver este y otros bodegones de su amigo Cezanne en su estudio durante el periodo de 1882. En lo que respecta a paisajes, destacaremos dos grandes óleos realizados con motivo de su viaje a Italia, durante 1881-82, para estudiar la obra de los viejos maestros, y en particular la obra de Rafael (1438-1520). Bahía de Nápoles, atardecer tiene una pincelada menos espesa, mas regular y menos enérgica. Fue pintado a finales de noviembre de 1881, alrededor de un mes después de Venecia, Palacio Ducal, es uno de los lienzos mas acabados, la pincelada es animada y colorista, los edificios aparecen sugeridos con manchas coloreadas. El azul del cielo es el color predominante, en contraste con los tonos crema, amarillo y el delicado naranja, que definen las iluminadas fachadas. Renoir es, como se ve en esta exposición, un excelente paisajista y bodegonista, pero es en la piel de sus retratos donde despliega con mayor sutileza una paleta de colores en inédita armonía. De entre los retratos destacamos Muchacha con abanico, sin duda una de las pinturas más atractivas y extrañas, la retratada, Jeanne Samaray (1857-1890), conocida actriz de la comedia francesa, especializada en papeles de sirvienta y criada coqueta, aparece colocada muy por debajo en el lienzo, destacando el ramo de crisantemos así como el rostro de la muchacha. El abanico japonés que lleva la figura, alude directamente al interés por las artes decorativas japonesas que habían experimentado los artistas durante la Exposición Universal de Paris de 1878, aunque Renoir afirmaría posteriormente que el arte japonés le desagradaba, mucho mas relevante seria este periodo en la obra de amigos como Degas y sobre todo en Monet. Palco en el teatro revela una historia aparentemente sencilla, oculta, que a través del análisis con infrarrojos y rayos X han dado resultado. El lienzo era originariamente era un retrato de las hijas de Edmond Turquet, por entonces subsecretario de Estado de Bellas Artes, pero Turquet no le gusto y lo rechazó. Parece probable que tras en rechazo de Turquet, Renoir lo retocara y lo vendiese como una pintura de genero, así lo demuestran los rayos X, revelando que en su estado original, la pintura representase un interior domestico, y no un teatro, también desapareció un retrato masculino, posiblemente Turquet, donde ahora hay un pilar y una cortina, así mismo el pintor añadió un segundo rostro mas sobrio y convencional. En la pintura actualmente, aparecen dos figuras bien diferenciadas tanto en indumentaria como en lenguaje corporal, de tal forma que no hay comunicación entre estas dos figuras, que parecen estar en mundos diferentes. La figura de mas edad, luce un traje de noche, largo y mira confiadamente al espectador, mientras sujeta una partitura con la mano derecha enguantada, mientras que la joven a su izquierda, aparece de perfil, vistiendo un sencillo traje blanco, mirando hacia abajo con timidez o modestia. No podemos dejar pasar la oportunidad de destacar sus dos únicos autorretratos que figuran en la muestra, uno, de menos tamaño, fechado en 1875, el otro, realizado veinticuatro años mas tarde, donde las arrugas del rostro están suavizadas. El lienzo esta dominado por marrones y grises en ocasiones más calidos y modelados. Al igual que en el primer autorretrato citado, el artista aparece representado como un burgués respetable, sin indicación ninguna sobre su profesión. La diferencia mas visible sea en la expresión del rostro mas tranquila, pensativa, como cansado ya de representar esa vida alegre que antaño le consagró, quizá haciendo alusión a la fragilidad humana, a su propia fragilidad que inmediatamente después de concluir este lienzo, sufriría a través de un agudo ataque de reuma, preludio de la artritis que lo iba a dejar invalido en los últimos años de su vida.
Pasión por Renoir. La colección del Sterling and Francine Clark Art Institute
Museo Nacional del Prado, Madrid
19 de octubre 2010 – 6 de febrero de 2011



