El XIX fue extremadamente paradójico. Fue un tiempo responsable de muchas imágenes que hemos heredado hasta hoy. La sociedad decimonónica hizo gala de un manifiesto culto a la imagen y, con ello, dejó su impronta en numerosas representaciones. Tanto es así que la pintura conoció un desarrollo espectacular, con la ampliación de la clientela hacia las clases burguesas, la creación del mercado del arte y de un gran número de museos y el retrato se convirtió en género artístico dominante. Son varias las circunstancias que, en un relativamente corto espacio de tiempo, concurrieron en las áreas geográficas más prósperas y desarrolladas de la iconosfera europea, y es ineludible referirse a ellas para conseguir tener una idea aproximada de las causas de la aparición de este mito. Estas circunstancias fueron de tipo sociopolítico y cultural y condujeron a que en el ámbito de las letras y las artes se desarrollase toda una iconografía consecuencia de un concepto más fantasioso que real, de una imagen potente y destructora de mujer producto, sobre todo, de la misoginia y el deseo masculino. Hay que añadir la obra de muchos miembros de los movimientos esteticistas y simbolista, quienes, con la especial colaboración del decadente finisecular, participarán en el campo artístico, en el gusto y la moda, en la construcción de una peculiar imagen femenina que, en el campo de las artes y las letras, dará forma y palabra a aquel tipo de mujer que tanto desasosiego y temor causará y se extenderá por toda Europa: el icono de la femme fatale. Un cambio de paradigma femenino se impuso en las primeras décadas del siglo XX a través de unas propuestas artísticas impregnadas por los cánones de la publicidad y las ilustraciones de moda. De este modo, la mujer fatal de fin de siglo y la “Eva moderna” de los años veinte se acababan dando la mano, tanto si estaban vestidas como si se mostraban desnudas.
El siglo XIX fue decisivo para las mujeres, ellas fueron las protagonistas de esa mirada a la sociedad contemporánea Los múltiples rostros de estas mujeres conforman una galería de poderosas imágenes femeninas en la nueva exposición del Museo Carmen Thyssen Málaga. A través de más de setenta obras de géneros, formatos y estilos diversos, de artistas españoles, franceses y alemanes de la primera mitad del siglo XX, encontraremos una visión global de lo femenino, de la belleza, el desnudo, la creación artística, la moda y la intelectualidad.
La iconografía de Venus yacente ha tenido una larga trayectoria a lo largo de los siglos. Desde la conocida Venus de Desde, pintada por Giorgione, exquisita obra de línea y contorno, pasando por las de Tiziano, hasta llegar a la Maja desnuda de Goya, una mujer real, despojada de todo argumento mitológico, median varios siglos de evolución pictórica. Si el arte español en el pasado había tenido escasez de desnudos, dada la fuerte presencia de la Iglesia, a pesar de la más que honrosas excepción de Velázquez y Goya, a finales del siglo XIX se llenó de ellos. En el panorama nacional de los primeros años del siglo XX, surge un tipo de desnudo femenino con fuerte carga erótica y atributos castizos, vinculadas a un regionalismo con visos de modernidad, pero siempre dentro de la tradición por el gusto de la época y del mercado. En numerosas ocasiones el espejo aparece en el entorno de Venus, la diosa de la belleza, como es el caso de Velázquez o Rubens. Un objeto de alto valor alegórico que Tiziano utiliza demostrando que la belleza puede ser captada, unido al significado transitorio del tiempo, adquiere otro sentido en la intimidad del cuarto de una vulgar prostituta. Durante el siglo XIX el retrato se populariza, y al igual que el espejo, antes sólo propiedad de unos privilegiados, se encuentra ya presente en todas las clases sociales. Se trata de un asunto esencial para el desarrollo de la pintura moderna, pues permite abordar el desnudo femenino al margen de las tradicionales academias o la pintura mitológica. Esa unión da como resultado en París algunas de las obras maestras del arte moderno y de vanguardia: desde la Olympia de Manet (1863) hasta Las señoritas de Avignon de Picasso (1907).
Los artistas presentes en la exposición, como Von Stuck, Anglada-Camarasa o Egusquiza, representan desnudos cargados de erotismo sin hacer referencias a mujeres reales. Con el inicio del siglo XX el desarrollo de las vanguardias, en cambio, además de las versiones modernas de esos referentes clásicos (Picasso o Smith), las nuevas malditas tendrán otros rostros: el de las musas de los artistas (en Van Dongen), de actrices y bailarinas, como Sarah Bernhardt, de excéntricas y auténticas mujeres fatales de la bohemia o la alta sociedad, como la marquesa Casati, de lánguidas burguesas entregadas al doce dar niente en la obra de Francesc Masriera, o de prostitutas. En definitiva, nos encontramos ante evocaciones mundanas del poder destructor del deseo. Por su parte, el arte español aportará su propia visión de la belleza despiadada y corrupta a través sobre todo de un tipo propio, la maja, desnuda y de sexualidad imponente en Zuloaga o Romero de Torres, o misteriosas, peligrosas e hipnóticas bajo la mantilla en Federico Beltrán Masses.
Ellas, las creadoras que también participaron en esa visión propia, se encuentran representadas en esta exposición. Todas las mujeres abordaron el discurso y proyectaron a partir de sus obras o de sus actitudes la visión de una mujer distinta, deseosa de encontrar un nuevo espacio y dominarlo, y de ser protagonista activa de su vida y su tiempo. Durante la primera mitad del siglo XX, se incorporan a la galería artística de mujeres, una serie de profesionales que cuestionan el statu quo y la tradicional idea de mujer-objeto, desde la diseñadora de moda Coco Chanel, a las pintoras Olga Sacharoff o Maruja Mallo. Gracias a su talento y coraje, y a través de iconografías y expresiones multiformes alcanzaron una inusitada dimensión pública.
Desafiantes y cautivadores, los retratos femeninos presentes en esta exposición retan al observador a un intenso cruce de miradas mostrando la riqueza y complejidad del universo femenino, una orgullosa y redefinida identidad, que sigue hoy de plena actualidad.


