Tras la reciente clausura de la exposición dedicada a la artista Isabel Quintanilla, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, nos brinda la oportunidad de redescubrir la obra de otra artista madrileña, Rosario de Velasco (Madrid, 1904 – Barcelona, 1991), una de las artistas españolas más importantes de las primeras décadas del siglo XX. Esta muestra reúne una selección de más de medio centenar de obras entre las que también se encuentra su trabajo como ilustradora para libros y revistas. Quince obras procedentes de diferentes museos como Adán y Eva (1932)y Sin título (El cuarto de los niños) (1932-1933) en el Museo Reina Sofía; Carnaval en el Centre Pompidou en París; La matanza de los inocentes (1936) en el Museo de Bellas Artes de Valencia; Maragatos (1934)en el Museo del Traje de Madrid; o Bodegón con peces (1930) en el Museo Ibáñez de Olula del Río, entre otros. El resto de la obra expuesta son cuadros, en muchas ocasiones, rescatados de las sombras, de paredes anónimas y colecciones privadas por los comisarios de la muestra, Toya Viudes de Velasco y Miguel Lusarreta, y su campaña en redes sociales y medios de comunicación.Pensativa (1935)y Bodegón con peces (Ca. 1930) en colecciones privadas; Cosas (1932); Mujer con toalla (1934); Niñas con muñeca (1937); y el retrato de Lilí Álvarez (1938),tras localizar también por redes a uno de sus familiares. Y así encontramos Gitanos, presentada en 1935 a la Exposición de Pintura del Carnegie Institute de Pittsburgh,y Maternidad, con la que estuvo en la Bienal de Venecia en 1936, dos obras emblemáticas a las que se había perdido la pista desde que en 1999 se subastaran en Madrid. Poco a poco fue apareciendo más obra, como el presumible dibujo preparatorio de Carnaval (1936), cuadro actualmente en el Centre Pompidou, los dibujos originales de libros como Cuentos para soñar, de María Teresa León (1927), o Cuentos a mis nietos, de Carmen Karr (1932), o Bodegón con peces, perteneciente a una colección particular, o muchos de los retratos que Rosario de Velasco había hecho por encargo.
Una trayectoria de éxito
Rosario de Velasco destacó muy pronto como una alumna aventajada de Fernando Álvarez de Sotomayor, director del Prado, académico de San Fernando y un conocido representante de la llamada «pintura regionalista», centrada en tipos y costumbres de las diferentes regiones de España, una especie de estilo arqueo-etnográfico que alcanza una de sus máximas representaciones en los paneles de Sorolla para la Hispanic Society de Nueva York. Con él aprendería a dominar el dibujo tan presente en algunos artistas españoles y que es deudor de la enseñanza academicista. Esa formación clásica, ese dominio de la línea, iba a ser una de las cualidades sobresalientes en su pintura. Expone ya como pintora profesional desde 1924, cuando participa en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de ese año con Vieja segoviana y El chico del cacharro. En 1931 se inscribe en la Asociación Española de Pintores y Escultores y participa en el XI Salón de Otoño de Madrid con la obra El baño. En 1932 participa en la Exposición Nacional de Bellas Artes, obteniendo una segunda medalla con la obra Adán y Eva. Logró también un segundo premio en el Concurso Nacional de Pintura de 1934 con Maragatos, que conserva el Museo del Traje de Madrid; participó también en exposiciones internacionales tan importantes como la Exposición de Arte Moderno Español de Copenhague, comisariada por el crítico Manuel Abril en 1932, la del Carnegie Institute de Pittsburgh en 1935 o la dedicada al arte español contemporáneo en el museo del Jeu de Paume de París en 1936. Estuvo presente en varias ediciones de la Bienal de Venecia y participó con notable éxito en importantes exposiciones colectivas.
En 1936, para realizar un retrato familiar en casa del editor Gustavo Gili, viaja a Barcelona y es detenida y recluida en la Cárcel Modelo, donde estuvo a punto de ser fusilada. Con la ayuda del que después sería su marido, el médico Xavier Farrerons, huye a pie a Burgos y a San Sebastián y, terminado el conflicto bélico, se instala definitivamente en Barcelona. Realizó varios murales en distintos lugares, como el Santuario de Nuestra Señora de las Nieves, en Espinosa de los Monteros (Burgos, hacia 1937), en el Palacio de San Boal de Salamanca, en la iglesia de San Miguel de Vitoria (1941) y en la Capilla de la residencia femenina Teresa de Cepeda en Madrid (1942).
En pleno franquismo se invita a Rosario de Velasco, una artista para algunos muy próxima desde muy pronto a Pilar Primo de Rivera y afín al régimen, a participar en la Bienal de Venecia de 1942. Es probable que parte del éxito se debiera a la «españolidad» que el poder ha exportado de España sin tregua desde la invención del Patronato Nacional de Turismo y sin muchas diferencias ideológicas. En 1944 Eugeni D’Ors la selecciona para participar en el II Salón de los Once celebrado en la madrileña Galería Biosca, en el marco de la Academia Breve de Crítica de Arte. Hasta su muerte en 1991, Rosario colaboró con las más importantes galerías de arte, aunque manteniéndose siempre al margen de las corrientes artísticas del momento.
Reescribiendo la historia
Como la mayoría de sus compañeras de generación, a las que ya conocemos popularmente como las Sinsombrero, la obra de Rosario de Velasco ha tenido que sortear un velo de desmemoria que la quiso borrar del relato establecido del arte y de la historia. A veces se tiene la impresión de que durante largo tiempo el cuadro conservado en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Un hombre y una mujer en el campo o Adán y Eva (1932) se ha citado como la única obra de la artista, tal y como ocurrió durante largo tiempo con Un mundo de Ángeles Santos, de 1929 (también en el Reina Sofía). Es lo que podríamos llamar «el síndrome de las artistas de un único cuadro». Esta circunstancia nos llevaría a preguntarnos ¿dónde sitúa la historia a una artista que dedica su carrera a los retratos, los bodegones, las escenas de género, las escenas de niños, incluso al paisaje, que, al tiempo colabora con revistas y también ilustra libros?. En un mundo como el arte, dominado por hombres, muchas artistas alcanzaron fama y respeto en algún instante de la historia y acabaron siendo olvidadas, excluidas sin motivos reales; quizás, las mujeres que se quedaron en España durante el franquismo arrastraron durante décadas cierta falta de interés que caló hondo también entre las teóricas de género: las filiaciones políticas, las amistades franquistas o un matrimonio que le aseguraba una vida burguesa, se convierten en motivos para ser censuradas u olvidadas. No olvidemos que las figurativas han sido las últimas en ser recuperadas. Quizá, una posible explicación al olvido de la obra de Rosario de Velasco sea debida a los ligeros cambios que realiza a lo largo de su carrera: cultivando, tras la Guerra Civil, una figuración hasta cierto punto impregnada de un realismo mágico que algunas miradas no supieron o no quisieron apreciar en su justa medida. Sea como fuere, las pinturas se visibilizan dependiendo de los relatos en los cuales se insertan, si bien es importante pensar desde el pasado además del presente.