Hasta el pasado 8 de junio, hemos tenido la oportunidad de contemplar la exposición en el Palacio de la Aljafería. Un conjunto de 28 fotografías, todas ellas a color, tomadas durante 2011 en el estudio-vivienda del célebre fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo (1902-2002), en el distrito de Coyoacán (México D.F.).
Se trata ésta de una muestra, hasta cierto punto, inédita por cuanto nos ofrece una faceta temática bastante desconocida del autor, cuya trayectoria se ha fundamentado a lo largo de numerosas series en el género del desnudo en blanco y negro (como reconocemos ya en sus Formas o Evasiones, ambas de 1975). Imágenes de interior para las que el empleo de la luz se ha erigido en un recurso primordial a la hora de resaltar las superficies y texturas de la piel, como auténticos territorios para la exploración, por medio de la definición de sugerentes modelados que potenciaban las líneas y formas. Precisamente el fotógrafo mexicano fue un extenso cultivador de este género del desnudo, dentro de una amplísimo recorrido creativo que le llevó, además, a registrar con su cámara visiones variadas de su país, trascendiendo la presunta objetividad asociada al reportaje documental para ofrecer una mirada personal y subjetiva de cuanto le rodeaba.
Las fotografías de Navarro forman un conjunto coherente, casi al modo de bodegones desde el punto de vista compositivo, donde prima el detalle, la mostración de los objetos bajo una nitidez, igualmente poco habitual en su quehacer artístico, y que tienen, de nuevo, en el color a uno de sus más firmes aliados para recrear una especie de saturación sensualista, aunque también haya lugar para la austeridad en la concisión de las imágenes 5 y 6 (porciones de papel), en las que destacan la textura, las combinaciones de líneas y el desenfoque.
Muchos son los objetos que capta la cámara, a veces, configurando una verdadera amalgama (como sucede en la número 23), los cuales nos ilustran sobre algunos de los intereses primordiales de Álvarez Bravo: máscaras y cerámicas de tradición artesanal precolombina, que nos sitúan, a su vez, ante un artista preocupado por ser fiel a sus raíces, pero que supo conjugar esta tradición, su marcada identidad, con la modernidad, el retrato realista con la fantasía evocadora, tal como había hecho su amigo el escritor y también fotógrafo Juan Rulfo.
Libros, recortes de periódicos, y, por supuesto, fotografías, objetos que son porciones de vida y presencia sugerida de quien habitó este espacio hasta 2002. En efecto, si existe un leit-motiv en las imágenes presentadas es la idea del espacio nunca vacío, siempre habitado por una suerte de halo, de fuerte personalidad que se rodeó de materiales diversos; éste es uno de los rasgos característicos del coleccionista: la pervivencia de su memoria en los objetos que poseyó. Esta presencia toma cuerpo igualmente en una imagen (número 16) que muestra dos sencillas sillas, junto a la ventana, lugar, a buen seguro, de largas conversaciones entre amigos.
En todas estas fotografías, se condensa la noción del tiempo detenido, pero no bajo una consideración estática, sino bajo un sentido de plenitud, de consciencia de la labor creadora hasta los últimos momentos de vida, como encarnó a la perfección el propio Álvarez Bravo, que estuvo fotografiando hasta poco antes de morir, con más de noventa años de edad. “Hay tiempo, hay tiempo”, reza una nota en la primera imagen de la exposición.
Finalmente, cabe decir que en este repertorio de fotografías parece combinarse la mirada subjetiva del propio fotógrafo mexicano, como si fuera él el que observara a través de la ventana de su estudio al exterior de su jardín (número 22), junto con la de Rafael Navarro, atento a los objetos que formaron parte de su cotidianidad. Una aproximación desde el respeto y consideración a uno de los maestros más significativos de la fotografía del siglo XX, aunque todavía no lo suficientemente conocido y reivindicado.


