Todo proceso traumático requiere de un periodo de transición antes de volver a la normalidad. Si es que hablar de normalidad, por más que se insista en ello, es posible siquiera. Tras meses de encierro, temores y pérdidas, La Casa Amarilla ofrece un espacio casi vacío para acompañar en el duelo. Abrir palabra por palabra el páramo, reúne un pequeño número de obras de María Gimeno y Louisa Holecz con la voluntad de “reflexionar sobre el miedo a la enfermedad y sus consecuencias en todos los ámbitos privados y colectivos”.
“Mi mortaja”, llama María Gimeno a la obra que da título a la exposición. Y esto mucho antes de sospechar siquiera que se vería tan dolorosamente acompañada en ese espacio. A lo largo del año 2013, Gimeno bordó la fecha diaria sobre un paño de lino con la imagen de El entierro del conde Orgaz, de El Greco. Elegía el color del hilo en función de su estado de ánimo y lo llevaba sobre el lugar donde este aparecía en la pintura. Desde entonces, ha vuelto sobre la tela de forma intermitente. Primero, para bordar la Égloga III de Garcilaso, después, para añadir los versos de Ida Vitale que acabaron por dar título al proyecto. Y entonces llegó el estado de alarma y el confinamiento, y las cifras de fallecidos comenzaron a agolparse en la parte inferior del lienzo. “Observo mi relación con el número de muertos, paso del horror a la costumbre”, escribe la artista. Todos lo hicimos.
Inevitable buscar en la tela el camino que sube hacia la gloria, por dónde ascendía el alma del conde. “Libre mi alma de su estrecha roca / por el Estigio lago conducida, / celebrándose irá, y aquel sonido / hará parar las aguas del olvido”, escribió Garcilaso. No hay lugar para el triunfo o la gesta. No es un Tapiz de Bayeux, por más que visualmente lo remita. Al final del proceso se coló un último verso, esta vez de Wislawa Szymborska: “Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria”.
La anterior exposición de Louisa Holecz en La Casa Amarilla, Inscape, fue interrumpida por la pandemia. Representaba en sus pinturas una naturaleza que era a la vez parte de un proceso interior y exterior. Dos mundos que son en realidad uno. Cuando la sala pudo visitarse de nuevo, esos mismos paisajes arbóreos, de una técnica tan precisa como libre, capaz de generar una profundidad casi mareante, habían cambiado. Nuestros paisajes interiores, nuestra relación con la naturaleza, es otra. O eso nos decimos.
Para esta nueva exposición, Holecz retoma su trabajo como bordadora e interviene con la aguja sobre libros. Estos, como el propio trabajo con el hilo, la vinculan a su familia. Las precisas puntadas componen tramas, casi telarañas. Pequeñas heridas que rasgan al tiempo que enlazan. Y de nuevo aparece el recuerdo y el duelo. Un pequeño “monolito” negro se sitúa ante el paño de Gimeno.
La Casa Amarilla, como alguna otra galería, reabrió antes de que lo hicieran las instituciones públicas dedicadas al arte. Y ha buscado crear un espacio para el diálogo en torno a la cultura. Cómo se ha vivido la experiencia de estos últimos meses y qué nos espera a partir de ahora. Que se hable de poesía, música, cine, docencia, teatro y políticas. Cerrará el ciclo la propia Gimeno retirando "su mortaja".


