Premio Especial Ángel Azpeitia de la AACA 2024 a la muestra Francisco Rallo Lahoz. Infinita Belleza realizada en el Museo Pablo Gargallo

En este pasado año 2024 en que hemos conmemorado el centenario del nacimiento del escultor Francisco Rallo Lahoz (1924 Alcañiz, Teruel – 2007 Zaragoza), se ha realizado una gran exposición en el Museo Pablo Gargallo, exposición que recibe el Premio Especial Ángel Azpéitia 2024 de la AACA. Infinita Belleza, una cuidada muestra comisariada por la crítica de Arte Desirée Orús. Y que se ha podido llevar a cabo gracias al empeño y dedicación de su hijo, el también artista Paco Rallo Gómez, que recoge el premio junto a los nietos del escultor. Se trata de la obra menos conocida, y por otro lado, la obra más querida del artista, la obra más íntima, los autoencargos, como él los llamaba.

Francisco Rallo ha sido escultor toda su vida desde que tallaba en escayola sus propios juguetes de niño. Recibe formación como marmolista, lo que le aporta el conocimiento de las distintas piedras, su tratamiento y útiles. Estudia en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, se forma también en los procedimientos de fundición de metales y, sobre todo, recibe una sólida formación en el taller de su maestro, el escultor Félix Burriel Marín (1988 Zaragoza – 1976 Zaragoza), primero como aprendiz y más tarde como su empleado. Allí aprenderá todos los fundamentos de la escultura. En 1949 abre su propio taller que permanecerá hasta su fallecimiento.

Francisco Rallo realizó retablos, vírgenes con niños, pasos profesionales, bustos y relieves de diversidad de personajes: políticos, santos, toreros, cantantes, escritores… Todos conocemos la obra pública de Francisco Rallo, la vemos todos los días caminando por la ciudad: las musas del teatro principal, que podemos encontrar también en el teatro del Mercado; los relieves de la fuente de las artes escénicas en la plaza de Santo Domingo, junto al teatro del Mercado; en la plaza del Pilar, las fuentes de los niños con carpas y la gran bola del mundo; detrás de la Lonja, el caballito del fotógrafo Ángel Cordero; y especialmente su obra más emblemática, conocida y admirada, los leones del puente de Piedra, símbolo de Zaragoza.

Fue presidente de la Asociación de Artistas Plásticos Goya-Aragón durante diez años, posteriormente presidente honorario. Tras muchos años de continuo trabajo, en 1995 es nombrado académico de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.

Entrevistamos a Paco Rallo, su hijo, artista visual, conceptual, diseñador gráfico, el mejor conocedor de la obra del escultor, que trabajó como discípulo y colaborador en el taller de su padre durante veinte años:

 

Este premio reconoce la exposición Infinita Belleza, pero también toda una vida de trabajo de tu padre. ¿Qué ha significado para ti recibir este galardón junto con tus sobrinos?

Una grata sorpresa que nunca imaginé. Un gran reconocimiento y un honor para mi familia recibirlo de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte.

¿Cómo fue crecer en el taller de Francisco Rallo? ¿Cuál fue tu primer recuerdo relacionado con la escultura?

Fue una experiencia maravillosa el poder formarme como artista en el taller-estudio de mi padre durante veinte años (1969-1989). En paralelo, estaba con el grupo Forma (1972-1976), donde el clasicismo y la vanguardia convivían en mí al mismo tiempo. Trabajar junto a él era aprender todos los días; recuerdo nuestras conversaciones de amplios contenidos. Siempre nos respetamos mucho y creo que fui importante en su vida creativa. Ahora soy un estudioso de su obra. Tengo recuerdos de ir al taller con mi padre de muy pequeño.

Colaboraste con él en su taller durante más de veinte años. ¿Cómo era trabajar codo con codo con él? ¿Qué valores o enseñanzas destacarías de ese tiempo compartido?

Trabajar con él era aprender permanentemente. Cada trabajo era diferente, siempre con el atractivo de emprender una obra nueva, con su problemática de tamaño y material. Me enseñó el valor de hacer las cosas bien, empleando el tiempo que fuera necesario. Me instruyó en la utilización de las herramientas escultóricas. Por mi condición de pintor, apliqué pátinas al óleo en las imágenes de madera, alabastro o piedra, y a los tratamientos de diferentes colores al ácido sobre los bronces. Tuve una amplia formación, sin agobios y con mucha libertad.

Tu padre decía que era un escultor de emociones y sentimientos, y que creía más en el trabajo que en la inspiración ¿Te identificas con esa visión del arte?

Mi padre era un hombre muy trabajador, dedicaba muchas horas al día. La escultura lo requiere. Era muy disciplinado y constante. Cuando abrió su primer taller en 1949, en plena posguerra, vivir de la escultura era una heroicidad. Él vivió toda la vida de la escultura y sacó adelante a su familia.

Respecto a mi visión del arte, mi trabajo es más intelectual, ya que se basa en ideas visuales, plásticas o gráficas. Me interesan los soportes y los materiales. Me muevo más dentro del pensamiento abstracto-conceptual, buscando como mi padre la belleza, sea pintura, collage, objet trouvé, arte digital, efímero o instalaciones.

A pesar de su éxito en la escultura monumental, y de haber hecho de todo en su vida, retablos, escultura religiosa y funeraria, retratos… nunca dejó de hacer obra de pequeño formato. ¿Por qué crees que esta faceta era tan esencial para él?

Hacía sus obras sin ningún tipo de condicionamiento, desde su libertad creativa. Elegía un dibujo que había creado anteriormente y lo aplicaba al material que consideraba el más idóneo. Se sentía feliz realizando sus esculturas más personales. Le permitía tener obras para realizar su actividad expositiva y atender a coleccionistas.

La exposición Infinita Belleza muestra su obra más íntima, sus autoencargos ¿Por qué era importante para ti que esta faceta menos conocida saliera a la luz?

El término autoencargo es un concepto que surge en el mundo del diseño, en los años 90, es decir, cuando nadie y nada te condiciona a la hora de crear. Eres autor y cliente a la vez. Este término lo aplico yo a las esculturas más personales de mi padre. Para la comisaria y para mí, era importante mostrar en Zaragoza estas obras, muchas de ellas muy desconocidas para el gran público. La exposición ha cambiado la perspectiva historicista que se tenía del escultor, alcanzando una nueva dimensión del artista, así como afianzando su posicionamiento en la escultura aragonesa y española. Se expusieron obras que desbordaban autenticidad, sinceridad y honestidad, mostrando al mismo tiempo el dominio de técnicas y materiales que al fin y al cabo suponen un cúmulo de sabiduría.

¿Cómo fue el proceso de selección y montaje de las obras para la muestra en el Museo Pablo Gargallo? ¿Qué criterios seguisteis la comisaria, Desirée Orús, y tú?

La búsqueda de esculturas supuso un trabajo de tres años. La exposición reunió obras de 1944 a 2006. De esta manera se querían representar todas las décadas del escultor y a la vez los diversos materiales con los que trabajó, siempre dentro de unos parámetros marcados por una gran calidad y belleza. Se rastrearon instituciones públicas, privadas y museos. La dificultad se centró en la búsqueda de obras en colecciones privadas. Las esculturas las conocíamos, pero no sabíamos dónde estaban. Indagando con mucha paciencia, poco a poco las fuimos localizando. El montaje de la exposición fue diseñado por profesionales de reconocido prestigio. Se contó con los técnicos de cultura y las brigadas municipales, bajo la dirección de la comisaria Desirée Orús. Además, se editó un libro y catálogo de imprescindible referencia.

¿Hay alguna pieza de la exposición con un valor especialmente simbólico o emocional para tu padre? ¿Y para ti?

Mi padre estaría orgulloso de contemplar las esculturas seleccionadas. Yo tengo debilidad por las obras filiformes y las de líneas y curvas depuradas. Son la plenitud de una carrera escultórica brillante y corresponden al último periodo. Obras merecedoras de estar expuestas en cualquier museo de arte contemporáneo.

Tu padre tenía un dominio excepcional de los materiales, desde el mármol y toda clase de piedras y tipos de madera, hasta la escayola, y en ocasiones jugaba con la percepción del espectador. ¿Qué nos enseña eso sobre su manera de entender la escultura?

Comenzó a trabajar cuatro días antes de cumplir los catorce años. Pasó varios años en la Escuela de Artes y Oficios, dibujaba y modelaba con modelos, estuvo seis años con el maestro Félix Burriel (1888-1976), que le enseñó el oficio de escultor. No hay que olvidar que Burriel se había formado con grandes escultores en Madrid y en París. Mi padre se convirtió en su discípulo preferido. Le transfirió todos sus conocimientos. La escultura la entendía como él declaró: Soy figurativo y bastante clásico. Forma parte de mi sentir estético y de mi formación el idealizar siempre la belleza. Dentro de esa tónica existen en mi obra muy diferentes maneras de expresar esa estética.

¿Cómo influye la formación clásica que recibió de Félix Burriel en toda su trayectoria? ¿Crees que ese tipo de aprendizaje artesanal se ha perdido hoy?

A todo discípulo le influye su maestro. Estilísticamente, tuvo influencias de Burriel, pero se fue distanciando más y más. Félix Burriel le transmitió un oficio ancestral que él aprendió con grandes maestros escultores como Mateo Inurria (1867-1924), Paul Landowski (1875-1961) o Antoine Bourdelle (1861-1929). Con la generación de escultores españoles a la que perteneció mi padre, se pierde la tradición del oficio de escultor y su transmisión de maestro-discípulo. Otros tiempos se imponen con otros planteamientos y materiales. Los escultores-diseñadores actuales, tienen más que ver con las nuevas tecnologías, que son las nuevas artesanías.

Los temas de su obra —maternidades, atletas, mitología, deidades— revelan una visión del cuerpo y del espíritu. ¿Qué crees que buscaba transmitir con estos motivos?

Educado en el clasicismo y siendo lector de mitología grecorromana y de otras culturas, buscaba la belleza de los cuerpos. Esta belleza la encontraba en la mirada y el estudio en libros, revistas, museos de bellas artes y arqueológicos, en las retransmisiones deportivas, se inspiraba realizando dibujos de los movimientos de los atletas, nadadores, gimnastas. Se interesó por la belleza de las tribus africanas de los Nuba de Kau o los Dinka. Siempre buscó la perfección de las formas volumétricas en la línea y la curva. Sus obras transmiten emociones a través de la elegancia de los materiales y su resolución final.

Los Leones del Puente de Piedra son su obra más icónica, símbolo de Zaragoza. ¿Cómo vivió él ese encargo tan emblemático? ¿Qué significó para él y para ti, con el que colaborabas en aquel momento?

Lo vivió con emoción y mucha preocupación, fue un encargo de gran responsabilidad. Él sabía que pasaría a la posteridad con esta obra, quizás no es la más importante, pero sí la más reconocida de la ciudad. Los leones de bronce son de grandes dimensiones. Trabajó el proyecto con el arquitecto José Manuel Pérez Latorre. Les preocupaba acertar con las proporciones adecuadas e hicieron muchas pruebas en diferentes escalas. Cuando llegaron a determinar las dimensiones, éstas fueron las definitivas.

¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en la obra de Francisco Rallo? Muchos críticos destacan la delicadeza, el equilibrio y la elegancia como constantes.

Estudió a los místicos, la vida de los santos que le aportaron el perfil psicológico a la hora de realizar sus imágenes, pero también practicó yoga durante cuarenta años. Adquirió un gran equilibrio físico, mental y espiritual. Su obra es hermosa, delicada, elegante, serena. El escultor dejó un legado de intensa espiritualidad, especialmente en sus imágenes religiosas que son tan divinas como humanas.

Tu padre también fue presidente de la Asociación Profesional de Artistas Plásticos Goya durante una década. ¿Cómo recuerdas su labor en esa etapa de gestión artística y cultural?

Fue elegido por unanimidad presidente en una amplia asamblea de artistas. Ejerció una presidencia compartida con las juntas directivas de 1981 a 1991. La Asociación se convirtió en referente nacional donde se miraban otras asociaciones. De las reuniones asociativas que se hacían en Zaragoza, Barcelona, Madrid o Valencia, surgió VEGAP (Visual Entidad de Gestión de Artistas Plásticos, 1990). Se fundó para la defensa de los derechos de autor, los derechos morales y los derechos de reproducción de los artistas. Francisco Rallo Lahoz es uno de sus fundadores.

La exposición ha tenido una gran acogida. ¿Crees que el centenario ha servido para redescubrir al artista, especialmente entre las nuevas generaciones?

Estoy absolutamente convencido de que así ha sido. La última vez que se vio su obra en Zaragoza, fue en la exposición antológica Francisco Rallo Lahoz. Medio siglo de escultura en el Palacio de Sástago en 2001. Era necesario celebrar su centenario y acercar a las generaciones más jóvenes y al público en general su obra más desconocida.

Muchos escultores aragoneses han participado en la muestra homenaje. ¿Qué importancia tiene para ti esa red de afecto y colaboración artística?

Cuando se habla del escultor Francisco Rallo Lahoz, todo resulta más fácil, le tienen respeto y admiración. La exposición que organicé a petición de la Asociación de Artistas Plásticos Goya-Aragón, fue convocar a los escultores y todos dieron su conformidad. La muestra fue muy visitada y creo que resultó un estupendo homenaje.

Para terminar, ¿qué crees que diría tu padre si viera hoy todo este reconocimiento y la exposición Infinita Belleza?

Estaría muy feliz de ver el cariño y el reconocimiento que se le tiene, orgulloso de contemplar sus obras. Como dijo: Procuro hacer mis obras con toda sinceridad y honradez, con el deseo de dejar un trabajo digno. La exposición Infinita Belleza lo ha demostrado.