Postnaturaleza: géneros artísticos y bioestética en tiempos de postverdad

Ya nada es lo que era, tampoco la naturaleza. Se ha puesto de moda decir que estamos en una nueva época geológica, la era del “Antropoceno”, porque vivimos en un mundo que ha sido transformado por los humanos (no siempre para bien; el calentamiento climático y los terribles huracanes nos lo confirman). Quizá por eso mismo ahora más que nunca la naturaleza es protagonista del arte, y especialmente del arte tecnológico, cuya visión del tema, entre irónica y distópica, queda muy bien expresada por el conejito de plástico con caballera punk que figura en el cartel de esta exposición y en las demás actividades programadas sobre Bio-Estética. No sé quién es el autor ni al visitar la sala se encontrará nada relacionado con esta icónica imagen: quizá haya sido una manera de evitar tener que elegir concretamente alguna obra de esta muestra colectiva, lo cual hubiera dado mayor protagonismo sobre los demás a uno de los muy variados artistas representados. Son casi todos ellos nombres conocidos e incluso autores consagrados como importantes referentes del arte actual, empezando por Marina Núñez, nada menos, cuya videoproyección, datada en 2010, nos da la bienvenida a la sala presentándonos una visión onírica y siniestra. Nada que ver con los hermosos ojos seductores que tanto encanto dieron a su exposición del año pasado en la Sala Alcalá 31 de Madrid, aunque también tengan ojos esas masas amorfas que se reproducen en un paisaje de pesadilla. Impresiona, y más todavía si cuando dejas de mirar te percatas de que la imagen se empieza a mover e incluso sale de la puerta que la enmarcaba… Pero eso me pasó a mí porque cuando entré había unos técnicos trasteando con el cañón por la parte de atrás y tuvieron la deferencia de esperar a moverlo cuando yo empezaba a darme la vuelta.

No es ese tipo de interrelación del personal de mantenimiento con el espectador lo que en las instituciones artísticas suele plantearse museográficamente según los dictados de la “estética relacional” de Nicolas Bourriaud, pero tampoco hubiera sido extraño que cada espectador se viera sorprendido por una reacción mecánica al visitar esta sala de Etopia, donde siempre suele haber tantos dispositivos interactivos. De hecho, hay muchos y muy diferentes en esta exposición, empezando con el Proyecto Biosfera que el argentino Joaquín Fargas desarrolla desde 2007, presentando pequeños ecosistemas naturales encerrados en recipientes transparentes a través de los cuales les llega la luz y el calor que, al variar según los horarios y visitas de la sala de exposiciones, influye sutilmente en su desarrollo. Y culminando con la instalación del colectivo Quimera Rosa, Rebeca Paz y Roy, quienes han montado al final de la exposición una cabina donde el público puede entrar a un escenario de “ciencia ficción”, evocando el lugar de trabajo de un fenecido grupo de investigadores en el año 2024 que tratarían de salvar al mundo conectándose con las redes de comunicación subterránea de raíces y hongos: el visitante es invitado a tocar, oler y comer (!), aunque en ese caos yo no me atreví a hacer nada, me limité a llevarme unas fotocopias de escritos que supuestamente serían algunos de los correos electrónicos intercambiados por el malogrado equipo científico, recuperados de la basura. Son sobre todo mensajes de cariño entre estas últimas personas de la futura humanidad, (que por cierto serían mujeres y lesbianas: un guiño muy políticamente correcto ) algo picantes pero muy bien redactados, pues hay párrafos que hasta merecerían figurar en una antología de la poesía actual. Entre medio, la instalación del francés Laurent Mignonneau y la austríaca Christa Sommerer, prestigiosos profesores de arte y diseño en Linz, es potencialmente la que más interacciona con el espectador, siempre que uno sea consciente de su funcionamiento, que a mí me pasó desapercibido. Deberían colocar un letrero que avisase: “Póngase delante y espere a que en el monitor aparezca el contorno de su retrato”. La gracia está en que esa silueta la dibuja un enjambre de moscas, pero cuando yo estuve mirándolas moverse en la pantalla, el apático guarda uniformado que me vigilaba no me advirtió de que me estuviera quieto, así que sólo al consultar internet en casa me he enterado de lo que me perdí (volveré con mis hijos). Otro divertido juego de ordenador nos propone al lado la barcelonesa Joana Moll, que a través de iconos de arbolitos representa en directo cada segundo la cantidad de CO2 que está siendo emitida por los aparatos de todo el mundo conectados a internet (¿incluyendo este mismo dispositivo?). Por su parte, la también barcelonesa Empar Buxeda nos sitúa ante un microscopio u otros complicados aparatos que van visibilizando la mutación de un gusano de laboratorio. Una idea que casa muy bien con trabajos centrados respectivamente en los cambios en anfibios y plantas sobre los que están trabajando dos reputados “bioartistas” en Norteamérica, Brandon Ballengée y Allison Kudla, bien explicados en el folleto de mano (aunque el texto sobre la segunda no han llegado a traducirlo del inglés).

Lo que falla en el folleto de mano es la artificiosa agrupación de todos los contenidos bajo epígrafes que remedan los géneros artísticos clásicos. El postulado de su nueva vigencia, si es que alguna vez habían caducado, viene defendiéndose desde los años ochenta y en esta exposición no está mal traído, si se ve como un toque socarrón, inserto de tanto en tanto para proponernos una erudita reflexión histórico-artística, sin pretender clasificar todo taxonómicamente dentro de tales compartimentos estancos. Pero aunque en el montaje expositivo eso se ha tomado con flexibilidad, en el folleto todo se estructura férreamente bajo esos epígrafes tan inapropiados. Resulta muy forzado incluir en la sección “Paisaje(s)” el vídeo de la performance de la guatemalteca Regina José Galindo dejándose marcar su cuerpo desnudo por un cirujano plástico para una posible operación estética, o los rostros reconstruidos por la norteamericana Heather Dewy-Hagborg a partir del ADN identificado en muestras de pelo, chicles, colillas u otros restos biológicos encontrados en espacios públicos, que parecería más coherente incluir en la seción “Retrato(s). En ella se encuadra en cambio un vídeo del italo-americano Marco Brambilla que está lleno de referencias a narrativas histórico-artísticas, desde el Bosco a Siqueiros, por lo que más bien se podría relacionar con la pintura de historia(s). Y al género (post)religioso se hubiera podido adscribir el dibujo de la escalera de Jacob que Dalí dedicó a su amigo Severo Ochoa y sus estudios genéticos. Por otro lado, las fotos de una hormiga catalana inventada por Joan Fontcuberta son apropiadísimas para esta exposición sobre Postnaturaleza/Postverdad pero hubieran podido estar en cualquier sección, mientras que la pieza conceptual de Perejaume (en sí misma muy interesante) nada tiene que ver con las nuevas tecnologías, ni en el fondo ni en la forma. No trato de enmendar la plana al comisario, Daniel López del Rincón, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Barcelona y reconocido experto en estos temas; simplemente discuto el planteamiento general del argumento discursivo, que en mi opinión hubiera quedado mejor usando como pauta los excelentes títulos secundarios que propone (“La naturaleza como artificio”, “Identidades fabricadas”, “El tiempo de la naturaleza”). Por último, un tirón de orejas que no sólo le planteo a él, sino también a los responsables de Etopia: me parece muy bien la nutrida representación catalana en esta exposición, pues ahora más que nunca hay que tender puentes culturales con nuestros vecinos del Este; pero no hubiera estado de más alguna obra de artistas aragoneses. Por ejemplo el colectivo OPN Studio,  formado por Susana Ballesteros y Jano Montañés, muy volcados en cuestiones de identidad y robótica, como demostraron a principios de este año en su exposición en el Museo Wurth de La Rioja.