En el Centro de Historias de Zaragoza, desde el 11 de septiembre, se puede admirar la muy magnífica exposición de un alto número de artistas entre diseñadores, pintores, ceramistas, escultores e instaladores, sin obviar algunos embarcados en fecundas tareas interdisciplinares. Gustavo Vega Mansilla, con el sugerente título ¿Poesía visual en Aragón o las ranas tiñen de verde el sol del atardecer, escribe un prólogo de referencia al mostrar lo más cercano a la historia de la poesía visual en Aragón, mientras que Paula Gonzalo Les prologa a cada artista mediante una gozosa e imaginativa prosa poética, como norma en su sitio eludiendo exageraciones. A título de curiosidad, por otro lado, señalamos que el artista de mayor edad es Ricardo Calero, nacido en 1955, y el de menor edad Carla Nicolás, nacida en 1981, con el aliciente que una gran mayoría nació en los sesenta y algunos en los setenta, lo cual significa que estamos ante un variado arco que abarca un par de generaciones. Suficiente para sugerir que la poesía visual aragonesa lleva bastantes años con alto nivel. Me recuerda, en otro contexto, a los numerosos artistas aragoneses que han realizado libros únicos, de los que hay auténticas joyas.
En la exposición, con 19 artistas, cada participante tiene bastantes obras, mientras que en el catálogo se reproducen menor número, lo cual significa que damos diversas opiniones de forma muy breve partiendo del catálogo. Mariángeles Cuartero Vicién, 1974, tiene una cruz latina con mariposa que aletea cual signo de vida y muerte, así como una mano que sujeta la carta con remite y el azúcar que cae indolente sobre una taza de café; Edu Barbero, 1961, muestra una granada de mano transformada en corazón y un acordeón con El Guernica de Picasso, como ejemplos de apostar por la vida y rechazar la violencia; Isidro Ferrer, 1963, transforma un hueso en un instrumento musical y la eterna navaja de afeitar en un corto con seis fotogramas; David Adiego, 1977, atrapa el pasado con dos figuras masculinas unidas por una pitón, quizá como símbolo de un mismo pensamiento negativo; Charo de la Varga, 1966, ironiza con un sujetador y con varias herramientas tipo martillo, alicates, anzuelo,…; Carla Nicolás, 1981, transforma un rollo de cámara en una carta escrita a mano; José Orna, 1971, transforma el Toro de Osborne, joya del diseño español, en una crítica taurina y evoca los tiempos del presidente Kennedy con una intención que desconocemos; Óscar Sanmartín, 1972, pone ruedas a un zapato y en otra obra reproduce un antiguo plano de Hamsterdam sin sentido lógico; Miguel Ángel Gil Andaluz, 1966, muestra un pan de hogaza y una mesa de alambres con jarrón y frutas sobre un cristal, aunque ahora recordamos sus excelentes esculturas abstractas geométricas y sugerencias de crítica social; Roberto Coromina, 1965, evoca el pasado pictórico europeo y en otra obra la abstracción geométrica sintoniza con su extraordinaria exhibición en la zaragozana galería A del Arte; Pierre d. la, 1969, ironiza con el signo de interrogación y un sombrero apoyándose, similar a la serie de hojas blancas con dispares temas tipo candado o pipa; Nacho Bolea, 1966, presenta una obra de 2000, ignoramos la razón, y otra de 2014 basada en un revólver con jinete sobre el cañón; José Luis Yus B., 1959, respira sobriedad y refinamiento con ese Tócame sobre la escritura para ciegos; el equipo integrado por Gerardo García, 1966, y Serafina Balasch, 1967, atrapa la vida con la imaginativa obra Dame tus sueños, de 2004, muy por encima a la sencillez del paisaje muy visto en otros autores, de 2014; Helena Santolaya, 1957, una histórica, juega con la ironía desde la imaginación, basta ver El Banquete, de 2014; Ricardo Calero, 1955, cuelga un frágil muñeco cabeza abajo sobre el mar, sin olvidar las toallas como otra obra para perfilar un significado que se nos escapa, sobre todo cuando se lee la palabra Nunca; Susana Blasco, 1972, nos atrapa con la pipa y la pompa de jabón, sin obviar los lápices que transforma en múltiples formas; Miguel Ángel Ortiz Albero, 1968, recurre al pasado para transformarlo en presente; y, para concluir, Gema Rupérez Alonso, 1982, transforma la realidad en hermosas propuestas formales con el color como otro diáfano protagonista, basta ver Pasamanos, de 2011, y KGB, de 2014.