Si el ocho de febrero presentaba Ignacio Gili Guillén su exposición Por la Senda de la Vida” en el Hotel Tryp de Zaragoza, comisariada por Manuel Medrano, mas tarde inaugura con la misma línea creativa en la galería Pilar Ginés. Artista con perfil muy definido que tiene varios problemas a resolver. Veamos en el campo pictórico. Ni se duda sobre su impecable composición, pero se ha afincado en una misma escasa gama de colores que reitera en sus expresivas abstracciones para definir un ámbito oculto que aflora con espectacular intensidad, su gran virtud, la cual se estropea por tanto afán en mostrar unas intensas texturas que recargan cada composición. Ambos rasgos no consigue fusionarlos por el doble exceso. Si añadimos el limitado color todo indica que debe decidir, sin duda en el sentido de suavizar las texturas. Dicho expresionismo, mediante la supresión de elementos formales, adquiere máximo nivel en las esculturas figurativas, con el hombre como gran protagonista. Todo adquiere una especie de trascendencia forzada como si estuviéramos en situación agónica del puro combate o en la solemne quietud. A sumar las irregularidades en la superficie para multiplicar lo expresivo. Si añadimos el brillo, más que innecesario, cabe sugerir que debe encontrar un tipo de moderación sin anular tanta necesidad volcánica. Tras lo indicado ni se duda de sus cualidades, pero debe buscar un especial equilibrio entre pensamiento y resultado artístico.
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El uno de marzo, galería Itxaso, se inauguró la exposición “Cyber”, pintura, grabados y collages, de Raúl Egido Val, artista nacido en Zaragoza el año 1986 y con su primera exposición individual en 2009, con 23 años. Estamos ante uno de los jóvenes artistas zaragozanos que emergen a dentelladas por número y calidad, en su caso bajo la condición de autodidacto con estudios parciales en la Escuela de Arte.
Además de enigmáticos rostros femeninos que arrastran por su atractivo, la línea dominante es un expresionismo abstracto de estallante color que combina con total perfección. Dicho expresionismo peca en exceso cuando se abalanza sobre la superficie plana y no sabe el momento preciso de cuando acabar la obra, razón de tanto trazo acumulado sin destino pictórico coherente. Aquí se acaban los problemas. El febril movimiento, cual anarquía sin domesticar, obedece a múltiples trazos gestuales flotantes y dispares planos irregulares, siempre en el punto preciso para mostrar ese impactante ámbito que simboliza un cambiante caos enlazado con la condición humana. A sumar la proliferación de numerosos espacios, de mayor o menor tamaño, que son clave para que lo expresivo vía gestual navegue por doquier, en una suerte de imparable dinamismo que nutre nuestra mirada de un lado a otro, como si percibiéramos un suculento baile sin final.
Salvo excepciones, como aquellas obras basadas en el exceso sin control, el alto número de obras con magnífica altura permanece fiel al ímpetu artístico de Egido Val. Basta con citar Utopía, Prótesis voladora o Kiss 228. Le podemos sugerir que ni soñando abandone la combinación de obras figurativas, rostros femeninos o lo que vea oportuno, con otras expresionistas abstractas en estado puro, pues nunca se estorban al tener en la zona expresiva el gran punto de unión.
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Durante febrero colgó sus cuadros en la galería Cristina Marín el pintor Aurelio Vallespín Muniesa, para nosotros una auténtica sorpresa, pues su primera exposición fue, el año 2007, en el Centro Cultural Ibercaja Actur sin que pudiéramos asistir por desconocimiento. Este pintor, Zaragoza, 1972, es Doctor en Arquitectura desde 2003. Pese a tan escasa presencia en cuanto a exposiciones individuales, que seguro repite por su auténtica vocación, le definimos como un pintor extraordinario con un mundo propio intransferible. En el catálogo para la exposición en la galería Cristina Marín, con texto de la galerista, nos encontramos con la más que positiva sorpresa de un impecable cuerpo teórico del propio artista, de modo que es factible captar su pensamiento relacionado con el Arte y con su obra. El pintor divide su prólogo en varios capítulos, que corresponden a Habitando el plano pictórico, título de la exposición, Tiempo de contemplación, Sinestesia, Uniformidad, Monocromía, La pintura como proceso y La planeidad, con un cuerpo teórico en sintonía con cada título, sin olvidar citas, más o menos amplias, de muy variados e importantes autores para indicar lo que el artista define como el proceso de ejecución de las obras en la exposición. Asimismo, la propia exhibición se comenta en los apartados Sobre la colocación de la pintura y Sobre la contemplación de la pintura, de manera que desbroza lo señalado en cada título mediante datos técnicos y citas de autores como los muy conocidos Gilles Deleuze, Félix Guattari y Theodor Lipps. En las últimas líneas afirma:
Por tanto, en estas obras basadas en el tiempo de contemplación se da un paso más respecto a lo explicado por Lipps, ya que, en este momento de duda e incertidumbre generado por el motivo que sea, cuando el observador se encuentra totalmente entregado en la proyección sentimental, entonces, es cuando nos refugiamos en nuestro interior y somos nosotros, los observadores, los que nos proyectamos en la obra.
Vallespín Muniesa comenta que los títulos de los cuadros, siempre abstractos, son de carácter descriptivo. También aborda la técnica utilizada, de indiscutible complejidad, hasta el grado que la divide en tres series sin vínculo con épocas concretas en cuanto a su realización. La primera serie sobre lienzo tiene acrílicos con diferentes brillos, texturas con arena de sílice y geles acrílicos, con énfasis en el olor mediante el uso de especias como la canela, el curry y la pimienta negra, sin olvidar polvo de vidrio y sulfato cálcico. Color dominante azul de Prusia. La segunda serie está realizada sobre dm y cartón celular, así como ceras vírgenes y parafinas. El color proviene del azul de Prusia y del propio material. La tercera, y última serie, está realizada en dm con materiales como ceras y parafinas. El artista comenta que la diferencia fundamental se esta serie sobre la anterior radica en la estructura externa de la obra, que ya no viene fijada por el cartón; por ello, esta serie es más libre y consigue la estructura de una forma más propia del medio en el que se realiza, a través de encofrados que desarrollan la plasticidad del material.
Partimos de que todos los cuadros son rectangulares verticales a la base. En la primera serie predomina el color muy oscuro, propio del azul de Prusia, y las líneas verticales casi paralelas entre sí con dispares anchuras. A destacar las cambiantes texturas y el tono oscuro dominante, lo cual posibilita un hermoso y fecundo toque misterioso, distante, que penetra y aletea con singular variedad. Una variante de lo indicado es con la incorporación de la cera virgen sin el azul de Prusia. En las restantes obras los colores dominantes en cada cuadro son los propios del cartón o del azul de Prusia. El punto en común es el uso del cartón que configura muy numerosas células para trazar un fascinante y muy excepcional entramado con radical énfasis en la geometría, como si fueran diminutas viviendas, hasta inverosímiles rascacielos habitados por nadie. Emerge una especie de lejanía, como si fuera territorio a conquistar, capaz de impregnar la mirada sin posibilidad de retorno ante su envolvente eco múltiple. Tan escasos e intencionados recursos del color son más que suficientes para crear, sin duda, un ámbito personal mediante la racionalidad geométrica y una cambiante sensación intransferible. Mágico.