Guillermo Juberías Gracia (Zaragoza, 1994) es Graduado en Historia del Arte y Máster en Estudios Avanzados en Historia del Artes por la Universidad de Zaragoza; miembro del grupo de investigación Observatorio Aragonés del Arte en la Esfera Pública; también es miembro y colaborador habitual de esta revista. En la actualidad, Juberías está realizando una tesis doctoral, dirigida por Jesús Pedro Lorente sobre la estela de Goya en la pintura de género desde Marcelino de Unceta a Zuloaga. Esta breve mención a su currículum, no es más que para poner en antecedentes al lector sobre este spin off de su tesis que a finales del año 2020 le publicó Rolde de Estudios aragoneses, titulado Entre la bohemia y el Salón. París y la Pintura de Género Aragonesa (1870-1914).
Este libro trata de manera amena y divulgativa la cuestión de los pintores que, en la segunda mitad del siglo XIX, dejaron Aragón para residir temporalmente en París. Para ello el libro aborda las biografías de seis pintores: Félix Pescador, Joaquín Pallares, Germán Valdecara González, María Luisa de la Riva, Mariano Alonso-Pérez Villagrasa, y Máximo Juderías Caballero, ordenados cronológicamente según su llegada a la capital francesa.
Un poco de historia.
A comienzos del siglo XIX, el país vecino acogió en los últimos años de sus vida a Francisco de Goya, el pintor aragonés más universal. El maestro de Fuendetodos llegó a Burdeos en la primavera de 1824, realizando una estancia en París en el verano de ese año. Curiosamente, en Francia, siguió tratando asuntos de género de inspiración española, concediendo especial atención a la tauromaquia, al universo de los majos y majas presentes en muchos dibujos franceses y la representación de oficios como se aprecia en La lechera (Ca. 1828).
En la segunda mitad del siglo XIX, las relaciones entre Francia y Aragón se intensificaron, haciéndose más frecuentes los viajes transfronterizos y surgiendo la idea de conectar por ferrocarril Zaragoza con el Mediodía francés, materializándose en la firma de varios convenios a comienzos del siglo XX y culminando en la conmemoración de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 y la inauguración de la estación internacional del Canfranc en 1928.
El modelo decimonónico de la Academia.
Los pintores aragoneses en la segunda mitad del siglo XIX iniciaban su formación artística en la Academia de San Luis o en las escuelas privadas zaragozanas, continuándola en Madrid. Posteriormente viajaron fuera de España (a Roma o París fundamentalmente), gracias al disfrute de una pensión, a la ayuda de sus familias o a un empeño personal. Intentaron asentarse con mayor o menor éxito en el ambiente artístico de estas capitales europeas, mientras iban pagando con obras de arte el disfrute de sus pensiones y mandando cuadros a las exposiciones nacionales. Finalmente, el aprendizaje adquirido en estas grandes ciudades les permitió regresar a España, para vivir en Madrid o Barcelona, pues Zaragoza seguía sin tener un mercado de arte lo suficiente activo como para acabar sus días viviendo de encargos. Francisco Pradilla se convirtió en el modelo a seguir para aquellos artistas que buscaron su fortuna fuera de nuestra ciudad.
Una nueva oportunidad.
El París que acogió a los artistas aragoneses en la segunda mitad del siglo XIX no sólo ejercía la capitalidad artística de Europa, sino que además, era la ciudad con los inventos científicos más novedosos y la capital del comercio mundial. En ella nacieron formulas de ocio y de consumo hasta entonces desconocidas que rápidamente fueron imitadas en el resto del mundo occidental. Una vez en París, estos artistas trataban de acceder al taller de alguno de los maestros académicos para asegurar su presencia en los salones oficiales y, de esta manera, asentar su fortuna comercial. El arte más practicado por los artistas aragoneses en París fue la pintura de género, explotando asuntos anecdóticos que, en ocasiones, tuvieron inspiración española como había sucedo con Goya, y otras veces se adaptaron a las modas del arte francés, en el que imperó la visión nostálgica sobre los siglos XVII y XVIII y las alegres vistas de bulevares parisinos de la Belle Époque.
De la lista de autores aragoneses que aparece en este libro, podemos dividirlos en dos grupos. Los que triunfaron: María Luisa de la Riva mantuvo una relación estrecha con la élite cultural parisina de finales de la centuria, logrando prestigiosas condecoraciones y formando parte de abundantes asociaciones de mujeres artistas, adoptando un rol activo en las iniciativas feministas de la época. Por su parte, Félix Pescador -el único de todos estos artistas, que acabó sus días en la capital francesa-, fue un adalid del retrato elegante y supo aprovechar las buenas relaciones que su familia poseía en España, aumentándolas en Francia, gracias a su labor artística, llegando a donar su lienzo más famoso El sueño del soldado, o parte de su colección de cerámica francesa y española. Pallarés –único artista que regresó a su tierra y murió en Zaragoza- supo adaptarse a las tendencias comerciales del cuadro de género, produciendo una cantidad ingente de obras de arte, muy bien adaptadas al gusto de la burguesía parisina de la época. Mariano Alonso-Pérez, del grupo de los aragoneses aquí investigados fue el que mayor fortuna tuvo, viviendo varias décadas en la capital francesa, residiendo en los mejores barrios. Vendió decenas de cuadros y comercializó con los derechos de reproducción de sus obras, llegando a ser uno de los artistas españoles más reproducidos a través del grabado. Su labor como ilustrador le llevó a diseñar portadas de Vogue o Le Fígaro Ilustré. También consiguió fama en la organización de espectáculos para importantes salas como el Folies Bergére. Junto a sus hijos Carlos y Mariano ideó un espectáculo llamado el “Autobólido”, consistente en un vehículo que, en el interior de un teatro, era lanzado al vacío recorriendo una parábola mortal.
Y en el segundo grupo están lo que artistas que lo intentaron, pero que no lograron triunfar: Germán Valdecara, quién después de haber logrado un reconocimiento considerable en España, tuvo el arrojo de probar suerte fuera de nuestras fronteras. Su desenlace no fue afortunado, muriendo en la pobreza y quedando en el más absoluto olvido historiográfico. Sin embargo, sus obras han seguido apareciendo en el mercado del arte durante las últimas décadas. Y Máximo Juderías Caballero, un artista que no consiguió dar a su pintura una evolución que le permitiese vivir dignamente tras la pérdida de su residencia parisina como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Viéndose obligado a regresar a España. Establecido en un pueblo de la provincia de Barcelona, falleció a mediados del siglo XX solo, pobre y olvidado por el mundo del arte, sin ser recuperado por los historiadores del arte hasta hace algunos años.
Si los artistas aragoneses mencionados en este libro dejaron poca huella en Aragón, ahora hay esperanzas de que su fortuna crítica y expositiva sea relanzada, como ha ocurrido ya con María Luisa de la Rivas. Sus cuadros de flores han vuelto a ser mostrados y admirados entre nosotros.


